Celebración de una procesión de San Isidro Labrador, ante dos jóvenes, vecinos y sacerdotes. /A.P.
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Cien años se titula el tango del escritor y músico argentino Enrique Cadícamo: “Tronco añoso/tu corteza muestra altiva/como fieras cicatrices/ los grabados de cien tajos/de iniciales y de dobles corazones(…)”, inmortalizando su letra y música para la sociedad. Quizá no sean el paso de una hoja, pero, “el tiempo vuela”, como dice el acervo popular. Y sí, si nuestra particular máquina del tiempo, la trasladamos al año 1920 en Valseca, nos introducimos en un año convulso, intenso de aconteceres, siguiendo la prensa histórica.

En el año 1920, hace cien años, Valseca había superado los difíciles años de la gripe española, que tuvo especial incidencia en el pueblo. El índice poblacional se vio afectado en esos años precedentes de 1918 y el brote de 1919, en cuya labor incesante trabajó con desvelo el médico Gregorio Cardiel.

El devenir de la localidad se inició en enero con el nombramiento del nuevo secretario del Ayuntamiento, “nuestro activo corresponsal de la villa”, reseñaba el periódico ‘La Tierra de Segovia’, al que felicitaba. Y llegado el mes de febrero, el protagonismo fue para los Carnavales, con menos animación, por lo desapacible de los días. “Con muy pocos disfraces”, si bien lo más destacado fueron, “los bailes de piano, en el piso bajo de la Casa Consistorial”, subrayaba el rotativo, “en los que la gente joven derrochó alegría y buen humor, siendo bastantes las muchachas por cierto muy lindas que a ellos concurrieron”, apuntaba jovialmente.

En el mes de abril se fundó en Valseca un nuevo sindicato agrícola de la ACN, al mismo tiempo que en las localidades vecinas de Encinillas, Roda, Bernuy y Hontanares. En el aspecto más distinguido, ya en el mes de mayo, el reconocido boticario Julio García Gurruchaga pasó a formar parte de la Junta de Gobierno y Patronato de Farmacéuticos titulares por el Partido de Segovia.

Eran unos años en los que Valseca pasaba de los 600 habitantes, y eran muchos los nacimientos. Por este motivo se hacían muy corrientes los anuncios en los periódicos de la época, de “se necesita ama de cría”. Muchas unidades familiares pasaban de los cinco miembros.

Y cómo no, la prensa antigua, se hacía eco de la celebración de la romería de San Isidro Labrador, el patrón, “a la que si el tiempo lo permite, concurrirá como de costumbre mucha gente de Segovia”, recogía la gacetilla de la sección Ecos de Sociedad.

Llegado el mes de junio se celebró una “misa nueva”, que denominaba la tradición eclesiástica. Era una época en la que Valseca tuvo a muchos hijos entregados al sacerdocio. La presentación del nuevo presbítero Jesús del Real Callejo tuvo como padrinos de altar a los sacerdotes Lucio Gilarranz, párroco de Villacastín, a Antolín del Real y a doña Eusebia Cuadrado. Mientras que el sermón estuvo a cargo del cura de Ochando, Isidoro Hernangómez.

El verano y especialmente el mes de julio  se presentó crudo y furioso, debido al importante incendio que tuvo lugar en la casa de Paulino Agudo, y que se propagó a la del médico Gregorio Cardiel y a la de Teodoro Herranz. Una situación de gran alarma entre el vecindario. Según la crónica de ‘El Porvenir Segoviano’, “una chispa caída de un candil en una cuadra fue lo que originó el fuego, entrada la noche”. Además de los vecinos de Valseca y pueblos colindantes, que formaron una larga fila para abastecer de agua al bombín, acudió una brigada a caballo de la Guardia Civil, y el cuerpo de Bomberos de Segovia. Un mozo de Valseca a caballo fue el encargado de dar aviso al Gobernador Civil, Emilio Llasera, quien puso en funcionamiento el mencionado contingente. Se temía que el fuego se extendiera a todo el caserío, pero finalmente fue atajado, quedando quemadas las tres casas referidas. En el establo donde se originó quedó abrasado además de un caballo, varios perros y trigo. Para desalojar el  primer inmueble, se lanzó por la ventana el dinero, entre otros. La crónica curiosamente relata que desapareció un billete de cien pesetas, “que felizmente apareció horas más tarde”. 


El verano continuaría fogoso, como lo eran las tareas del campo, en un pueblo eminentemente agrícola. Una desgracia marcó la temporada de recolección. Un rapaciño (hijo de los gallegos que acudían a Castilla a segar), fallecía en las tareas de siega y gavillado como consecuencia de una insolación. Un duro palo para las cuadrillas gallegas y los vecinos. El joven segador fue enterrado en el cementerio de las Eras de Abajo, ante la consternación de todos cuantos llenaron la iglesia y le acompañaron al camposanto.

Pasados los meses de estío, que resultaron especialmente duros, también se dieron varias contingencias en el municipio. La primera, en noviembre, varias eran las quejas de algunos vecinos con el reparto del correo. El motivo, “el retraso con que se recibe la correspondencia”. El ‘Diario de Avisos’, recogía las causas, “obedece a que el peatón de dicho pueblo recoge una sola vez al día la correspondencia en la estación de Hontanares (…), si el peatón, viniera hasta Segovia, –dicen los vecinos– mediante un pequeño aumento en la retribución que percibe, se subsanarían esas deficiencias”.

 No fue un año especialmente bueno 1920. Y así, lo anunciaría su final. La techumbre de los nuevos lavaderos del Caño, recién construidos, se vinieron abajo. Y el Ayuntamiento realizó la correspondiente demanda. El Boletín de Segovia recogía el día 1 de diciembre la decisión en pleno, de autorizar la demanda contra Maximiano Bernedo (contratista), y Medarno Urueña (autor del proyecto).

Después las campanas de la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, voltearían y anunciarían un nuevo año, seguramente más templado y sosegado que el ruidoso 2020. Aunque cuidado con las campanas, pues en meses venideros, alcalde y vecindario temerían por su sonoridad. Un capricho de la Reina, en sus paseos  en calesa por las inmediaciones de Segovia, la haría enamorarse de su sonido proverbial. Y raudos, los vecinos y el alcalde, Gumersindo Agudo,  no quisieron ni pensar en el “vuelo” de la campana. Así que la bajaron del campanario y la ahumaron, para no despertar los deseos regios, cambiándola su tintineo. Pero esto ya corresponde a un nuevo año.