Y volvimos al ‘José María’

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Señor director:

El pasado día 24 de junio, día de San Juan, pudimos volver a ir a comer al restaurante José María. No fue una comida más, al menos para mí, y estoy seguro de que, para el resto de los comensales, volvernos a encontrar en un sitio tan excelente era, sin duda, causa de mucha emoción contenida.

Habían pasado tres largos meses, meses de calles desiertas, de calles silentes de ese silencio terrible que sólo se rompía, de vez en cuando, por las ambulancias o el paso de coches fúnebres. Parecía que el mundo, la vida y, por supuesto, la esperanza y la alegría se habían esfumado para siempre. Meses en los que, desgraciadamente, perdimos a muchos compatriotas y otros muchos perdieron sus trabajos y, por lo tanto, su futuro.

Por eso, volvernos a encontrar en el restaurante José María era más, era mucho más, que una simple comida. Entrar en José María, el día 24, no era sólo, y como siempre, degustar lo mejor de lo mejor de la gastronomía Segoviana; no era sólo paladear ese vino que se cultiva en tierras únicas e irrepetibles de la Ribera del Duero y que, José María, riega con amor, horas de esfuerzo y dedicación para convertirlo en uno de los mejores “caldos” del mundo. Entrar en el José María el día 24 era mucho más, era volver a la vida, volver a sentir la excelencia que reina siempre sobre la muerte, porque la excelencia, deja siempre una estela que no muere nunca; era volver a palpar el buen gusto, la delicadeza, las ganas de agradar, en una palabra, el cariño que siempre se pone en las cosas bien hechas; era volver a sonreír, volver a brindar con amigos. Por eso, el 24, lo que se vivió en Jose María era más que una buena comida era, sin duda, resucitar la ilusión de los que querían, pero no podían; de los luchadores que, a pesar de todo, salen al ruedo a dejarse la vida con la misma alegría de siempre, dando ejemplo de profesionalidad y, sobre todo, de responsabilidad por tantas familias que dependen de él y no quiere dejarles en la estacada.

Allí estaban, el propio José María, recibiendo a todos los que entrabamos, y la amable y encantadora Rocío y, como no, ese grupo de camareros que se desviven siempre por los demás, en los pequeños y grandes detalles y, también, el gran Galindo siempre con su sonrisa y delicadeza pendiente de todo. Detalles que han hecho de este lugar un emblema, un orgullo para Segovia y un ejemplo a seguir.

Había muchas caras conocidas y amigas por eso la alegría era aún mayor, Pedro Palomo, Andrés Ortega, Javier Núñez…

El 24 era volver a comprobar que en Segovia y en España, hay gente que continúa peleando, por generar riqueza, prestigio y prosperidad para la colectividad, que es sin duda, de las cosas más bellas y valiosas que puede hacer alguien por los demás.

El 24 era volver a recuperar la esperanza, comprobar que el buen hacer, la honestidad y los valores no habían muerto con la pandemia y el marco para comprobarlo era ideal y único.

Quiero terminar con mi agradecimiento a la familia José María por volvernos a hacer soñar, por devolvernos a la vida, a nuestra vida entre amigos, a nuestra vida entre sonrisas, a la ilusión y la alegría para celebrar los éxitos en el trabajo o los añorados encuentros, en definitiva, volver a celebrar nuestra existencia.

Gracias de corazón.

Goyo de Frutos