Victoriano Borreguero – ¿La Tercera República?

Es una mentira coral y distópica y juro que no lo creo -distopía es una sociedad ficticia indeseable en sí misma que suele ser introducida mediante una novela, ensayo, cómic, serie televisiva, videojuego o o película- pero cada día me alcanza el despropósito de que el actual presidente del Gobierno español tiene in péctore ese objetivo para conseguir que el actual Reino de España se convierta en la URDE -Unión de Repúblicas De España.

Como acaba de pontificar la ministra Meritxell Batet, una política española miembro del Partido de los Socialistas de Cataluña: “El acuerdo del Consejo de Ministros sobre Companys es una mayor reparación y reconocimiento de lo que logró en su momento. Fue la familia quien lo pidió. El Gobierno ha querido hacer esa reparación de forma más contundente”.

El Gobierno actual ha proclamado solemnemente el reconocimiento de la plena dignidad de aquel expresidente catalán, fusilado por el franquismo. El Consejo de Ministros de Barcelona ha aprobado cosas tan peregrinas como una declaración que rechaza y condena el Consejo de Guerra que condenó a muerte a Lluís Companys i Jover, un político y abogado español, de ideología catalanista y republicana, líder de Esquerra Republicana de Catalunya, ministro de Marina de España en 1933 y presidente de la Generalidad de Cataluña desde 1934 hasta 1940 y que fue fusilado por las tropas franquistas en 1940 en el castillo de Montjuich, una montaña de Barcelona de 173 metros sobre el nivel del mar, o cambiar el nombre del aeropuerto de El Prat por el de Josep Tarradellas, un político español, presidente de la Generalidad de Cataluña en el exilio desde 1954 hasta 1977, y de la Generalidad provisional desde esta fecha hasta 1980 -en 1986, gobernando en España Felipe González, se le concedió el título nobiliario de Marqués de Tarradellas.

Yo era un niño pero recuerdo perfectamente el día que murió Einstein. Era primavera y mi madre dijo a sus alumnos que había muerto un genio. En la perspectiva del tiempo, hasta que Albert Einstein con sandalias, una ligera camisa de algodón y el blanco pantalón doblado hasta la rodilla, el puro en la boca y un libro en la mano, descubrió la teoría de la relatividad, en el mundo no se había inventado nada más suculento que pulpo a feira, es un decir. Dicen que aquellas ecuaciones eran las que tenía Dios en su mente para crear este mundo nuestro, y que Dios no estaba jugando a los dados cuando hizo todo esto, sino que aplicaba ecuaciones matemáticas.

Vivió las dos grandes guerras y sufrió por el dolor humano y por la incapacidad de los políticos para anestesiarlo. El silencio y la palabra pueden decir lo que quieran, pero desde que Einstein se encontró de sopetón metido en la primera guerra mundial -vivía entonces en Berlín para más INRI- se dedicó en cuerpo y alma a la causa de proscribir la guerra. “Es importante para unir a las personas de bellos principios internacionales que ahora se esconden en rincones solitarios”, decía. Elaboró manifiestos, dio mítines, visitó a personalidades, participó en comisiones de paz. Si vis pacem para belllum, si quieres la paz prepara la guerra. Aunque fuera mal estudiante, sus ideas fueron absolutamente geniales; fue quizás el más sabio del siglo XX, y con Galileo y Newton, el trío de físicos más importante de la Historia. Se adhirió a mil campañas contra la guerra, pero como lo suyo era el puro en la boca nunca se hubiera unido a una campaña antitabaco. Reichinstein, otro gran intelectual y amigo entrañable, profesor de química de la universidad, que consideraba a Einstein como un segundo Sócrates, hallaba sumamente estimulantes las charlas con su amigo, pero la admiración se sentía perturbada por los repulsivos hábitos de Einstein como fumador. Quedábase como hipnotizado al verle llevar a la boca una colilla de puro, deshecha, mojada. En cierta ocasión, mientras charlaban por una callejuela a las afueras de Berlín, a Einstein se le cayó el cigarro al suelo. El cilindro pardo de tabaco quedó completamente empolvado. Einstein lo contempló un segundo, pareció como si estuviera a punto de pisotear la colilla, luego cambió de parecer y la recogió. Soplando para limpiar la punta de polvo, se la metió en la boca y siguió fumando.

Sólo usaba lo imprescindible y se alejaba de lo superfluo.

Valoraba tan poco el lujo y las comodidades que llegó a decir que la ropa interior no era necesaria: dejó de llevar pijamas y más tarde, calcetines: “¿Para qué sirven los calcetines? Sólo para hacer agujeros”, decía. En la ceremonia de recepción del premio Nóbel, vestía una vieja chaqueta y una raída corbata negra. “Si usted quiere, podemos mandarle a buscar un traje más de circunstancias”, le dijeron los de protocolo, y Einstein se arregló un poco las mangas con las puntas de los dedos: “Ya está bien. Podemos poner a mi espalda un letrero que diga: Este traje acaba de ser cepillado.”

Era el año 1923 era tan famoso ya, que de visita en Hollywood reunieron con el mismísimo Charlie Chaplin y, según cuentan, Einstein quería hablar acerca del arte de hacer comedias y películas, y Chaplin, del socialismo y de la crisis mundial.

Albert Einstein fue un físico alemán de origen judío, nacionalizado después suizo, austriaco y estadounidense, considerado el científico más importante, conocido y popular del siglo XX. Siempre creyó en la democracia y fue un pacifista activo: “Nuestros representantes dependen en último término de las decisiones tomadas en la plaza de la aldea; allí es adonde hemos de llevar los problemas…”, decía.

La reunión provocadora entre el presidente del Gobierno español y el president de la Generalitat tuvo algunos momentos estelares, como la incorporación de un maceta con una flor de pascua, de color rojo, para impedir que se vieran con claridad las imágenes con dos plantas de flores amarillas.

Atando cabos, si Sócrates bajaba al ágora -un espacio abierto, centro del comercio, un mercado de la cultura y la política en la vida social de los griegos que estaba rodeado por los edificios privados y públicos más importantes, a discutir los problemas-, ahora que nos hemos quedado sin plaza de aldea en el corazón y en el comportamiento, ¿qué será de nosotros?