Victoriano Borereguero – Guerras en la paz

Truenos y relámpagos, rebelión en la granja, relámpagos y truenos con guerras en la paz, “éstos son mis principios, si a usted no le gustan, tengo otros”, resumiría Groucho Marx -Nueva York 1860/Los Ángeles 1977 —conocido principalmente por ser uno de los miembros de los hermanos Marx: Chico, Harpo y Groucho; los otros dos hermanos más jóvenes (Gummo y Zeppo) no desarrollaron sus personajes de la misma manera y finalmente abandonarían la actuación para ejercer otros oficios; los cinco hermanos nunca aparecieron juntos en un escenario.

También manifestaba Groucho que “la política es el arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnostico falso y aplicar después los remedios equivocados —en el caso de una persona que yo me sé, todavía no se sabe qué le van a preguntar pero como es un precipitado se supone la respuesta.

“Si vis pacem, para bellum” es una máxima latina que conjetura “Si quieres la paz, prepara la guerra”. Aunque a veces se atribuye erróneamente a Julio César —Cayo Julio César fue un líder militar y político romano anterior a Cristo, asesinado en Roma un 15 de marzo—, en realidad deriva de un pasaje del escritor romano de temas militares Flavio Vegecio Renato, un escritor del Imperio romano del siglo IV. Nada se sabe de su vida excepto la breve definición que da él mismo: “Igitur qui desiderat pacem, praeparet bellum”.

La guerra y la paz no es solo una novela de León Tolstói —1828/1910— un literato ruso que comenzó a escribir esa novela histórica, bélica, filosófica y romántica sobre la invasión napoleónica de Rusia y el zarismo en una época de convalecencia del autor tras romperse el brazo al caerse del caballo en una partida de caza.

Aquí paz y después gloria, como las últimas palabras de la zarzuela El Soto de El Parral, al finalizar este escrito se entenderá. Cuando en el año 2062 regrese Halley, no estaré, y la paz y la gloria se disolverán con los residuos de mi cerebro.

Cuando aprendemos a leer —leer es renacer—, me complicamos la vida. Cuando dejeamos de leer, ni siquiera soms —leer es retoñar para vivir de nuevo. Mientras leemos, vivimos, y sentados en lo alto de la montaña observamos cómo luchan los tigres entre sí mientras Cerbero nos vigila.

El can Cerbero es el perro de Hades, un monstruo de tres cabezas con una serpiente en lugar de cola que guarda la puerta del Hades para que los muertos no puedan regresar y los vivos no podamos entrar hasta que nos llegue la hora asignada. Hades era hermano de Zeus, el padre de los dioses, y de Poseidón, el dios del mar y “Agitador de la Tierra”. Como en el reparto del mundo a Hades le tocó ser el señor de las regiones infernales, a ese lugar siempre en naufragio y nunca a la deriva se le llama “Hades” —el dios de los muertos, un dios sombrío y triste, un dios terrible, pero no un dios malo, reinaba sobre los muertos, a los que no permitía abandonar sus dominios.

También se denomina Hades al inframundo o morada de los muertos. Sus atributos son un cetro de dos puntas, que usaba como arma y con el que conducía las almas de los muertos hasta el mundo inferior y un casco que le dieron los Cíclopes y que hacía invisible a cualquiera que lo llevase y que a veces prestaba a dioses o a hombres. Otros atributos eran calavera, huesos, narciso y ciprés, llave del Hades y Cerbero, el perro de múltiples cabezas. Hades era hijo de Crono y Rea, hermano de Zeus y Poseidón, y cuando el mundo conocido fue dividido en tres partes, Zeus recibió el cielo, Hades el inframundo y Poseidón el mar.

Hasta el encuentro con el can Cerbero —el cancerbero—, los hombres y los países observaban los fuegos que ardían en al otro lado del río de su vida. No sé si por eso, alguien me ha enviado “El Libro de los Abrazos” de Eduardo Galeano donde todos somos “un mar de fueguitos y cada persona brilla con luz propia entre todas las demás”.

Para poder seguir leyendo —también por eso— nos gusta tener toda una vida por delante; la.vida, corta o larga, o se tiene por delante o no se tiene; el pasado es la nada disfrazada de recuerdos, y el mañana, la nada disfrazada de ilusiones. Mientras vivimos, navegamos por el mejor de los tiempos y por el peor de los tiempos. Por la edad de la sabiduría y también por la de la locura —mi evocación en esto de Samuel Langhorne Clemens, el escritor al que todos llaman “Mark Twain”. Hace ocho años celebramos su segundo centenario —nació en 1835, murió en 1910— y suele ser conocido por su novela Las Aventuras de Tom Sawyer; nació durante una de las visitas a la Tierra del cometa Halley y predijo que también “se iría con él”; murió al siguiente regreso del cometa: 74 años después.
El astrónomo británico Edmund Halley fue el primero en calcular la órbita de un cometa y descubrir la periodicidad de este cuerpo celeste, y atando algunos cabos sueltos, truenos, relámpagos, rebelión el la granja y aquí paz y después gloria, en 1986 fue la última vez que pasó y se hizo visible el cometa Halley y aún recuerdo que mientras a bordo de un avión viajaba de México a España los pasajeros escuchamos este aviso: “Señores pasajeros, les habla el comandante. Si consiguen mirar por las ventanas de esta aeronave verán el paso del cometa Halley y, según me comunican, no volverá a ser visible a hasta el año 2062”.