Zona franca, Alto del León

Un bastión icónico que hace las veces de frontera geográfica y climática con su monolito impertérrito que en garita petrificada advierte del cambio de jurisdicción, sin percatarnos a veces de cual repercusión tendría en tiempos de contienda, cuando coronar el Alto es entrar en tierra segoviana. Y es en estos días que también cobra especial significado al convertirse en el punto de conexión y trueque informal entre espinariegos y madrileños sorteando así el secuestro de un confinamiento necesario por la pandemia que aún nos azota.

Un centinela que separa dos territorios sometidos a las medidas impuestas en la lucha contra la Covid-19. Restricciones que impiden la libertad de movimiento como si fuésemos ciudadanos de la RDA queriendo cruzar a la Alemania Occidental, un muro creado para defender la salud, que está asfixiando la subsistencia de muchos cuyo sustento depende del tránsito de un lado y de otro. Un enclave que siempre fue estratégico y que bien podría renombrarse como una especie de zona franca particular donde espinariegos y madrileños estarían autorizados a realizar transacciones o entregarse dádivas fuera de las franjas de confinamiento, sin otra motivación que la de la subsistencia y/o la necesidad de volver a verse con sus familiares o vecinos, intercambiarse algún presente y de paso saludarse con el codo o con los ojos.

Un encuentro en el paraje limítrofe de dos provincias, que tratan de superar la fatídica trastada a uno y otro lado, hermanadas y protegidas por el eterno guardián.