Volver a sonreír

Han tenido que pasar casi cuatro semanas para atisbar los primeros gestos de sonrisa bajo sus mascarillas. No ha sido sencillo, después de tanto tiempo parados. El objetivo iba más allá de lo meramente deportivo. Había que resetear sus cerebros y buscar algún resquicio en el que pudiera colarse un interruptor que al pulsarse, les trasladara 12 meses atrás y comprobaran cómo ellos mismos eran capaces de sonreír, de disfrutar en el intento de controlar un balón que llegaba rodando hacia ellos.

Era descorazonador verles sentados en el banquillo, separados dos metros entre sí, pero a kilómetros de distancia entre sus mentes, con la cabeza agachada, como si no fueran capaces de descifrar qué estaba ocurriendo, o qué hacían allí, en un universo paralelo.

No empezábamos de cero, sino de menos cien. Llegaban con kilos y centímetros de más, el cerebro diciendo una cosa, y sus piernas y brazos pareciendo seguir órdenes distintas, al ritmo de una coreografía casi indescifrable.

Los conos caían, los balones se escapaban, los tropezones se multiplicaban, y ni siquiera las caídas más ridículas eran aprovechadas para que el más rápido soltara la carcajada más sonora. Todo eso se echaba de menos, pero también las discusiones por ese gol anulado “a mala leche” por el entrenador, el enfado del jugador al que no has puesto en el equipo de su amigo o las mil excusas, a cual más ingeniosa, que escuchabas cuando llegaban tarde.

Hay que aplaudir el esfuerzo, pero más que el nuestro, el suyo, el de cada niño y niña que han querido recuperar esas sensaciones que habían desaparecido. Después de tantos años como entrenador, pocas cosas me han hecho sentir más orgulloso que volver a ver ese brillo en sus ojos…y en el de sus padres y madres cuando les recogen en la puerta del pabellón. Ha merecido la pena, pero esto no termina aquí. Hay que seguir…y seguiremos.