Voltaire redivivo

El pasado domingo día 21, mi compadre —RAE, acepción cuarta— y compañero Eduardo Juárez la emprendía contra Voltaire y contra Quevedo. Bien hecho. Bienvenida cualquier arremetida con criterio y dicha, aunque sean más los adjetivos que los sustantivos los que apoyen el juicio que se vierte. El problema es que Juárez utilizó el mismo instrumento que enmienda en Voltaire: no dejar títere con cabeza, aunque sea desde una lectura personal —la de Eduardo— que en nada concuerda con la que realiza quien esto escribe. En fin. Cosas de letraheridos, dirán, y tendrán razón.

Me gusta Cándido y me gusta Zadig. Y Micromegas. Quizá aprecie más ‘Los Viajes de Gulliver’, de Jonathan Zwift, en los que se inspiró Cándido. Hablando de la época, los cuatro me llevaría a una torre ebúrnea —a semejanza de mi otro idolatrado: Montaigne—, o a una isla desierta, junto con ‘El sobrino de Rameau’, de Diderot.

Pero como ustedes comprobarán, no es el objeto de este escrito competir con el querido compadre Juárez, sino reclamar el legado de Voltaire hoy más que nunca, incluso su mala baba, su ácido criticismo contra las ideas preconcebidas, su radicalidad contra las verdades absolutas, contra el predominio de lo irracional frente a la razón. Voltaire es sin duda la figura más emblemática del Siglo de las Luces. Aquel que retomó la fe en el individuo y en la razón; que desde la polémica combatió el absolutismo político, el fanatismo religioso, la tortura, la pena de muerte, la superstición, la intolerancia. Fue el primer intelectual moderno, como Montaigne fue el primer ensayista, Cervantes el primer novelista, Baudelaire el primer maldito, Manet el primer pintor moderno o el descubrimiento de la fuerza del subconsciente, individual y colectivo, se deba a Freud.

Las emociones están sobrevaloradas en el proceso de conformación del conocimiento

Pero parece que su legado no goza de buen crédito hoy día. No nos quitamos el fanatismo de nuestro lado; ahora es un fanatismo laico, sustitutivo de la religión: los nacionalismos, los identitarismos —de género, de ideología—, los prejuicios sectarios que campan a sus anchas en un mundo en donde los lemas y el insulto fácil se alían con el pensamiento débil frente a cualquier atisbo de razonamiento. Las emociones están sobrevaloradas en el proceso de conformación del conocimiento. Más importante deviene la mal entendida empatía o simpatía que el interés colectivo. Los ánimos adquieren una sensibilidad supina ante la polémica y la tensión. Es preferible un mal pacto a una dialéctica. Los insultos más procaces en las redes sociales conviven con un buenismo generalizado. Se confunde el fanatismo con la firmeza. El diálogo prima como actitud —el mundo de las formas— antes que el contenido y la finalidad del propio diálogo —¿Diálogo? Sobre qué, con quién y para qué, me digo—. Es más importante poseer la verdad que la búsqueda de la verdad. Tener raíces por nación que intentar enraizarte.

Cuenta Fernando Savater en su libro ‘Voltaire contra los fanáticos’ que cuando Jomeini lanzó su fatwa contra Salman Rushdie por el simple hecho de publicar este un libro, ‘Versos satánicos’, en la manifestación londinense en apoyo al escritor se lució una pancarta: “Avisad a Voltaire”, decía.

Por desgracia, el arrinconamiento del pensamiento crítico, que toma como bases el conocimiento y el razonamiento, está haciendo emerger de manera predominante la identidad como indicador de razón colectiva. Incluso a escala legislativa. España es uno de los pocos países del mundo en que la pertenencia a un género —simplemente eso— ya es motivo de agravante en una pena o de que se rompa el principio de igualdad en la presunción de inocencia que consagra el artículo 14 de nuestra Constitución. Es terrible que por no compartir una identidad —piénsese en Cataluña—se pretenda adosar al disidente unas determinadas cualidades o —lo que es peor— se le niegue unos derechos precisos. Me recuerda esa coplilla malintencionada que corrió en el siglo XIX por las Españas: “El libre pensamiento/ proclamo en alta voz./ ¡Y muera el que no piense/ igual que pienso yo!”.

No puede entenderse la revolución norteamericana sin las tesis de Voltaire

A diferencia de otros filósofos de la época, Voltaire no solo se planteó la comprensión del mundo a través de la razón, sino también su propia transformación; llevar la teoría a la práctica; sacar las ideas de los libros para su uso inmediato en la armazón de la sociedad desde el individuo. No puede entenderse la revolución norteamericana sin las tesis de Voltaire. No debe entenderse una moral que dependa de la simple apuesta irracional y que desprecie las luces de la razón. La única fobia que se permitió, y de la que debemos hoy, en este tiempo, tomar nota fue contra el fanatismo, tuviera en su momento raíz teocrática o se hundiera —como ahora— en la raíz identitaria que nos machaca como seres individuales y racionales. Y por lo tanto, libres.