Ustedes, ustedas, ustedos

Las elecciones de mayo en Madrid marcaron un antes y un después. No me refiero a la tendencia política general. Quiero ahora traer a esta columna una especie de “¡Ya basta! ¡Hasta aquí hemos llegado!” que se ha escuchado en todo el país. Y no me refiero ahora a los votos que los partidos han ganado y han perdido. Tampoco a los dirigentes que podían haber hecho esto o aquello. Tengo en mente algo más radical no vinculado necesariamente a uno o dos partidos, sino a lo que el sentido común ciudadano está dispuesto a aceptar.

El punto de inflexión del personal se produjo ante los inefables e insistentes llamamientos de una autoridad política dirigidos a quienes la escuchaban, de modo inmediato y próximo en primer lugar, y al conjunto del país después (o a la vez): los famosos “niñas, niños y niñes”; “hija, hijo, hije”; “vosotras, vosotros y vosotres”; “ellas, ellos y elles”; y ya puestos y para cerrar este cúmulo de estupideces el “todas, todos y todes”.

Aquello provocó la mayor carcajada que se ha producido en la larga historia de las declaraciones estúpidas de nuestros más estúpidos representantes. Resultaba difícil valorar si aquella insistencia en repetir el chiste se dirigía a asegurar el voto de los partidarios del chascarrillo como reivindicación política, o existía algún oculto enigma, solo apto para iniciados, que preparaban el acceso al poder mediante esta contraseña.

No lograremos sacarnos a los idiotas de encima quitando la palabra del diccionario. Tampoco a los sinvergüenzas lamentablemente

No lograremos sacarnos a los idiotas de encima quitando la palabra del diccionario. Tampoco a los sinvergüenzas lamentablemente. En el colmo de esta afirmación hay una canción de Sabina, pero al revés. El diccionario no para las balas salvo, en las películas y en las poesías musicadas.

Es casi como en el viejo chiste: en la pizarra de la clase aparecieron tres palabras con mayúsculas: CACA PEDO CULO. Y una firma: MANO NEGRA. La maestra de párvulos pidió inútilmente que el autor se levantara y confesara su delito. No hubo resultado. Decidió poner fin a aquella rebelión mediante un acuerdo tácito. Apagaría la luz para que el autor borrara, sin que nadie lo viera, aquellos sucios términos. El aula quedó a oscuras. Se escucharon unos pasos rápidos; luego, un silencio y, por fin, nuevos pasos. Se encendió la luz y en el encerado pudo leerse: CACA PEDO CULO PIS: MANO NEGRA NO SE RINDE. Y en eso estamos ahora, pero al revés.

Lo divertido de todo esto es que las palabras de la lengua indoeuropea primordial (de la que descienden todas las actuales del continente) inicialmente carecían de género. Durante varios miles de años (hasta el 3000 antes de Cristo) al hablar de un rumiante vacuno el personal empleaba la misma palabra para el macho y la hembra. Como ahora hacemos con ballena, jirafa o murciélago que son restos de aquello y que a nadie le importa un bledo cuando son macho o hembra. Lo que empezó a hacer diferentes aquellas palabras fue la denominación de las hembras: porque no es igual para la vida de los humanos agricultores y ganaderos un gallo que una gallina, una vaca que un buey o una oveja que un carnero. En fin, que fue el femenino el primer género específico y diferenciador y que el plural masculino no es tal: es plural de unos y otros cuando la diferencia no es para tanto. Más que machista, el indoeuropeo y sus hijas lingüísticas son feministas, porque la diferencia y el interés las aportaron ellas.

La corrección lingüística ha decidido cambiar las palabras en vez de cambiar las cosas. Desde luego eso tiene ventajas como programa político. Es uno de los más asequibles si no se piensa mucho, porque si se le dedican unos minutos se cae enseguida en la cuenta de lo difícil que es lograr que la gente diga lo que tú quieres. Solo unos pocos lo han conseguido en la historia: durante doce años Hitler; por veintinueve Stalin, que al final casi de su vida reconoció que el idioma no era un arma de cambio revolucionario. No había que sustituir la lengua burguesa por una nueva. El idioma era un simple instrumento de comunicación que reflejaba aquellos cambios. En fin: que se podía hablar en la Unión Soviética como se hacía en la Rusia de los zares; eso sí: teniendo cuidado con lo que se decía, porque los dichos representaban hechos y por ellos se iba al Gulag.

La sensibilidad de un país no se cambia prohibiendo palabras. El respeto es algo más que un conjunto de términos malsonantes para determinadas sensibilidades. Los sentidos despectivos de muchas palabras ya se advierten en el diccionario con claridad: se avisan al lector. Ya se sabe; el que avisa es avisador. Allí no se engaña a nadie: el sentido perverso de zorra, o de negro, o de chino remite a situaciones actuales o pasadas.

Cada cual puede sentirse, saberse, dudarse o disfrutar la plena seguridad de ser lo que fuere sobre su identidad. La vida ya se encargará de buscar nombre a aquello. Lo más seguro es que acaben cuajando varios para cada situación y es más que probable que no todos tengan un sentido meramente descriptivo y aséptico, como ocurre ahora con la palabra ‘fascista’.

En fin, el personal está harto y ha dicho: ya basta. Ya está bien de gilipolleces. Con todo lo que esto supone. Porque en la tontería siempre hay un algo inevitable, que quita culpa al autor; pero amigo, la gilipollez tiene un fuerte componente de premeditación, de algo ganado a pulso: y eso sí que no. La reforma del país no la hace la Real Academia de la Lengua y ya se ha visto que tampoco la de la Historia. Vamos a hablar para entendernos todos y procuremos cambiar los hechos con programas políticos que se entiendan y ayuden a mejorar la vida de la mayor parte de las personas. ¡tonterías las justas y de las otras ni una más! Y ya vamos bastante pasados en esto.


(*) Catedrático de Universidad.