Universidad para la excelencia

Alguno se ha preguntado si en las universidades normales se pueden criar, entrenar, águilas, como señalaba una de mis últimas columnas. La pregunta está en realidad mal hecha, porque no hay universidad propiamente dicha si no se atiende a los mejores para la excelencia. Aquí el término excelencia no se emplea en el sentido superfluo y fluorescente en que lo hacen las gentes del márquetin, incluidos los que trabajan en las universidades y que si te descuidas las dirigen.

La excelencia se aplica sencillamente a aquello de calidad o bondad superior. Tan superior que lo hace digno de singular aprecio y estimación. Lo excelente, por tanto, es algo que sobresale por sus óptimas cualidades. En fin, lo mejor –o casi- en su género. Y en su espacio propio y concreto eso es lo que debe atender una universidad para serlo de verdad. Excelencia en sus estudiantes y, sobre todo, en sus profesores.

Hago esa diferenciación entre docentes y discentes porque los estudiantes entran y salen. Permanecen como colectivo, pero no individualmente. Además, entran por derecho si cumplen unas condiciones mínimas de talento. Algunos dicen que esos mínimos son cada vez más mínimos. Y quienes lo afirman se equivocan. Unas cosa es que haya cada vez más estudiantes universitarios (o que los haya habido desde hace cincuenta años) y otra que lleguen cada vez peor preparados. Si aplicáramos esa simpleza al profesorado habría que concluir lo mismo: que los profesores están cada vez peor preparados porque cada vez hay más. Lo que asombra es que esa estupidez o poco menos (o algo más) lo repita la gente con tanto entusiasmo.

Las quejas sobre la mala preparación de los nuevos estudiantes coincide con la creación de las universidades. Podría decirse que es uno de sus rasgos distintivos: ¡aparece en la documentación universitaria del siglo XIII! Y hay que decir que la queja es eminentemente profesoral, aunque no solo. Hace muchos años me sorprendí diciendo a mis estudiantes de primero en 1993: “¿Pero cómo no habéis leído a Freud?, pero vosotros ¿Qué habéis leído hasta ahora?”. Me paré a hacer memoria y comprobé que yo no había leído al psicoanalista hasta tercero de carrera y ellos se acababan de iniciar como universitarios. Y se lo dije: tenéis aún dos años para hacerlo. Y es que los profesores, a veces, pensamos que sabíamos lo que sabemos ahora desde que nacimos. Y pasa hasta con los de historia que deberían tenerlo muy presente.

Lo que distingue a un buen alumno, me refiero a un estudiante o a una universitaria con talento, es su inteligencia, su inquietud, su sensibilidad y su disposición. Un modo de ser y de sentirse incompleto; no solo con las respuestas que se le dan sino con las preguntas que nota que ni siquiera es capaz de expresar. Es una extraña mezcla de desconfianza de todo y de dejarse orientar en lecturas, en imágenes, en posibles enfoques distintos de los iniciales suyos. Luego, con mayor o menor fortuna, viene la constancia en seguir temas; el empeño en no ser especialista antes de tiempo; el descubrimiento de que no se puede saber todo de todo; el despertar de horizontes de actividad intelectual o creativa (los dos son igualmente importantes) que mueven a otro tipo de actividades de las que normalmente es difícil vivir, o que tienen malos y largos periodos de aprendizaje…

“Esa enorme atención de esos pocos profesores a esos pocos estudiantes es la cuna de la excelencia universitaria”

Estos estudiantes de talento indudable son, normalmente, muy pocos: uno o dos por cada grupo de cien o ciento cincuenta. Son ellos los que a veces escogen su mentor: un profesor que les ha llamado la atención por algo, que no tiene por qué ser un profesor “popular”. Otras veces son los profesores los que se interesan por ellos y procuran acercarse. Estos docentes que dedican su tiempo a atender a esos universitarios son igualmente escasos. Casi tanto como los estudiantes de talento. Pero saben (esos profesores) que entre esa minoría de selectos habrá uno de cada cien que podría ser un genio y que merece la pena el esfuerzo para que no se pierda. Porque serán algunos de ellos los que verdaderamente serán innovadores y facilitarán avances enormes a las sociedades. Saben (esos pocos profesores) que es una dedicación que siempre compensa y siempre la ignoran los engordadores de pollos, de esos que pasan por la universidad aunque la universidad no pase por ellos.

Es fácil descubrir a esos profesores. A su alrededor bulle un conjunto de apariencia caótica (cada uno es verdaderamente cada uno), un grupo muy distinto de personas orbita a su alrededor. Tampoco son un tropel: pocos, cuatro o cinco que cambian casi sin darse cuenta. En unos ve futuros grandes profesionales; en otros creadores literarios, audiovisuales, de artes plásticas… en otros futuros líderes con capacidad de arrastre, o buenos organizadores, o personas con un sentido práctico increíble. En unos pocos descubre futuros profesores universitarios. A estos últimos sabe que les espera lo peor: empiezan de doctores y pasan varios años luego como mártires en los infiernos de los departamentos de las universidades estatales o en universidades privadas.

Esa enorme atención de esos pocos profesores a esos pocos estudiantes es la cuna de la excelencia universitaria. Es un trato desigual para los desiguales por parte de los desiguales. Y que nadie se preocupe: todos y cada uno de ellos se sabe igual a todos los ciudadanos ante la ley y que su voto vale igual que el de los demás.