Una respuesta al suicidio

¿Hay una ‘epidemia’ de suicidios? ¿Es especialmente peligrosa la tendencia entre los adolescentes, casi niños? Cada vez que se publica la noticia de un suicidio de jóvenes –en pocos meses se ha producido el de dos parejas de gemelas en Sallent y en Oviedo– se disparan las alarmas, se buscan causas, responsables… Poco después, todos nos olvidamos del problema. Sobre todo, quienes tendrían que poner medios para analizarlo, para ofrecer medidas, para reforzar las estructuras educativas y sanitarias que contribuyan a reducirlo y para concienciar a la sociedad de una realidad silenciada. Hasta la próxima.

Los datos son alarmantes. El suicidio es la principal causa de muerte no natural, y creciendo desde la pandemia. En España, cuatro mil al año, once cada día, un 6,5 por ciento más desde 2018. Afecta sobre todo a los más mayores, también los más olvidados. Pero entre 2020 y 2022 se han registrado casi dos mil intentos de suicidio entre niños y adolescentes, según datos de la Fundación Anar, cuatro cada día. En 2023, ya van 22 suicidios de adolescentes. Sólo el 44 por ciento de los menores con conductas suicidas había recibido terapia en los últimos tres años. El aumento de las autolesiones y las prácticas suicidas es alarmante, más entre los chicos que entre las chicas. Y los profesionales dicen que no saben cómo pararlas. Una de cada tres personas que llama al teléfono 024, de ayuda y prevención, tiene menos de 30 años. Miles de llamadas al año de personas que buscan a alguien que los escuche.

Nunca hay una sola causa: el aislamiento y la soledad en la sociedad más conectada de la historia, el influjo de las redes sociales y de algunos infuencers, pero también trastornos de la personalidad y de conductas alimentarias, tener una imagen distorsionada de uno mismo, la conflictividad familiar, el acoso escolar, la dificultad de encontrar sentido a la vida… También hay responsabilidades en una sociedad que potencia una vida impersonal y que rechaza la frustración, que no enseña a gestionar las pérdidas o el fracaso. O en una cultura que promueve el absurdo, que ha eliminado valores fundamentales sin sustituirlos por otros y que no pone en valor la vida. Pero también, en ocasiones, el suicidio es el paso inmediato a una imagen de felicidad celebrando un cumpleaños o subiendo a las redes una foto con amigos. Y ni los padres ni los compañeros ni el centro escolar han sido capaces de detectar el desasosiego escondido en el cerebro de las víctimas ni luego son capaces de curar las profundas heridas o de contestar las preguntas que quedan en el aire.

La salud mental de la política es manifiestamente mejorable, pero la de los ciudadanos empieza a ser preocupante. Y cada suicidio, sobre todo de los más jóvenes, nos interpela a todos: familiares, amigos, compañeros, profesores, vecinos. Faltan recursos, planes nacionales –el Proyecto Survive, promovido por ocho hospitales públicos de cinco comunidades autónomas, es una esperanza, aunque insuficiente–, concienciación social, prevención, más profesionales sanitarios y docentes cualificados y datos más exactos. No es de recibo que alguien con síntomas depresivos pida cita médica, le atiendan en semanas y le vea un psicólogo cinco o seis meses después. Hay que hacer más visible el problema en los colegios y en los medios, pero con prudencia y sin explicitar en exceso los detalles. Pero, sobre todo, hace falta más escucha por parte de todos, más cercanía, más acompañamiento: Más abrazos. A veces, un abrazo cura y protege más que todos los medicamentos.