Una iglesia más pequeña y humilde

En su última visita a Malta, el día tres de abril, el papa se encontró con sus hermanos jesuitas en un dialogo intenso y fraternal. Preguntado por el futuro de la Iglesia respondió: “que Benedicto XVI fue un profeta de esta Iglesia del futuro, una Iglesia que se volverá más pequeña, que perderá muchos privilegios, será más humilde y auténtica y encontrará energía para lo esencial. Será una Iglesia más espiritual, más pobre y menos política: una Iglesia de los pequeños”. Francisco recalcó que Benedicto, desde obispo, lo había dicho: “Preparémonos a ser una Iglesia más pequeña”.

Durante los dos siglos primeros del cristianismo, la iglesia estaba formada por grupos pequeños en medio de una sociedad romana y griega, atea y politeísta: la mayor parte creían en ídolos, fetiches, en el emperador, reyes o jefes de Estado. Los ciudadanos adoraban a sus jefes. En ese mundo de ciudadanos esclavos de sus dioses a quienes servían con sus espectáculos, cultos y donaciones, existían grupos pequeños de cristianos. Estos se reunían en las casas para rezar y compartir lo poco o mucho que tenían. Eran libres de espíritu, pacifistas y comunitarios. No eran esclavos de nadie porque la verdad les hacía libres.

Da la impresión que el mapa de aquella época se ha trasladado a la sociedad actual. Observamos que existen muchos dioses: el dios de la guerra y venta de armas, el dios del vino y del consumo, el dios del turismo y del “láissez faire” (dejar pasar), el dios del pensamiento líquido, el dios de las bestias y de las cosas creadas, los dioses de los circos (los estadios de futbol, los mítines de los políticos). Las gentes siguen, como corderitos sin conciencia, tras de los que dominan el mundo sin saber que los poderes los esclavizan. Vivimos en un claro panteísmo politeísta.

En medio de este mundo, muchos cristianos se han unido a este vaivén de búsqueda de dioses y prefieren vivir bajo su amparo: los dioses de las manifestaciones públicas y grandes declaraciones, el dios de funerales, bodas y bautizos, el dios de las ceremonias y procesiones. También han ido cayendo durante las últimas décadas en la dependencia de ayuntamientos y del Estado, perdiendo así la propia autonomía y la libertad evangélica.

Vivimos en un momento en el que el Estado y las fuerzas internacionales están inundando toda la vida de los ciudadanos. Cada vez más, el Estado interviene en la vida privada de los ciudadanos. De esto no queda excluida la Iglesia: el Estado quiere apropiarse de las Iglesias y templos, quiere imponer la forma de ser religiosos.

Llegará un día, ya está ahí, en que las iglesias pertenezcan a los ayuntamientos, las procesiones serán dirigidas por los poderes de la ciudad, las cofradías serán asociaciones de incrédulos, las bodas, bautizos y primeras comuniones estarán al albor de comerciantes y promotores de espectáculos y, lo que es peor, los sacerdotes y agentes de pastoral servirán a las autoridades de la ciudad. Estas impondrán la hora de celebración de la misa, el día de la fiesta del patrón de la parroquia. Muchos cristianos se harán esclavos del poder.

El papa recuerda en Malta la realidad cambiante de la Iglesia: las migraciones, los jóvenes, el cambio climático, la Sinodalidad serán actividades de la iglesia a tener en cuenta. El Espíritu también nos hará ver que faltan muchas otras cosas: catequistas, laicos comprometidos, agentes de caridad, nuevos profetas, centros de oración. Esta es la dinámica espiritual del Sínodo: buscar lo esencial y dejar lo superficial.

Está cerca el tiempo en que la Iglesia en España viva en la humildad y el ocultamiento. Durante esta semana santa muchas iglesias estaban vacías y no por la pandemia pues los pueblos estaban llenos de habitantes. En los próximos años los católicos tendrán que reunirse en las casas a celebrar el culto.

La Iglesia debe buscar lo esencial: tiene delante de sus ojos un reto del que aún muchos cristianos no se han dado cuenta: ante la gran ignorancia religiosa existente y la pérdida de valores cristianos en la sociedad europea, descubrir la necesidad de evangelizar con la palabra y con las obras de caridad.

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(*) Catedrático emérito.