Una campaña sucia

Ha sido lamentable constatar por la sociedad la suciedad e incluso odio en que se ha desenvuelto la campaña (y precampaña) de las elecciones a la Comunidad de Madrid. Una campaña en la que en principio debería haber servido (si los partidos en liza hubieran sido lo suficientemente democráticos y respetuosos al marco legal que la ampara) para conocer el contenido de los programas de trabajo con que cada uno intentaría aportar al mejor funcionamiento de la institución madrileña, No solo no ha sido así sino que en el ardor de la batalla han salido a relucir navajas ensangrentadas y vainas (se supone) de balas que nunca deberían haber sido disparadas más que si acaso en el tiro al plato. Y, desde luego, donde han primado más –como se ha visto- las descalificaciones, insultos, agresiones, amenazas (incluso de muerte) que jamás habría podido pensarse en aquella declinación de posturas encontradas del 78 pero favorecedoras de un entendimiento y una conciliación que enmarcase la convivencia entre todos los españoles. Una convivencia ahora rota, destrozada, pisoteada y ultrajada en confrontaciones –cuando no en actos partidistas) nada edificantes y que no aportarán sin duda más que heridas que tardarán en cicatrizar. Otra vez. Y eso que se trataba de algo tan sencillo y tan focal como el devenir de una Comunidad. No de un país. Ni del planeta que bastante tiene con la pandemia que soporta y que los aspirantes a la presidencia de la comunidad han pasado cínicamente por alto para dedicarse más al descrédito. Del ajeno. Pero también subsidiariamente propio. Habrían de ser muy torpes para no intuir que con sus deleznables conductas han influído en el descrédito y falta de confianza entre la ciudadanía.

Como sabemos, el arranque de la convocatoria electoral empezó por mal camino. Recordemos las prisas (también la oportunidad) de la presidenta Díaz Ayuso ante las demoledoras y perversas intenciones que se la venían encima después de lo de Murcia. Pero aún así se esperaba que el discurso de los aspirantes fuera más o menos civilizado. Nunca en el marco de la burrez y de la baja estofa (como se ha demostrado). Tampoco se presumía (ni era necesario en principio) que los escaños madrileños despertaran otra cosa que sensatez y colaboración. Aun con los distintos programas de gobierno que se hubieran podido aportar y de los que desgraciadamente se nos ha privado. Pero la irrupción en el albero de no sé si apoderados o mozos de espada que han intentado influir de forma mendaz en esa previsible exposición de intenciones (de programas de gobierno) ha alterado sin duda alguna este proceso llevándolo por caminos procelosos y de falta de respeto que han derivado hacia una cierta náusea.

Cualquier otra reacción de perversidad y odio no podrán tener otra cosa que rechazo en una sociedad que quiere vivir en paz. Y que, hasta hace poco, parece que lo había conseguido

Con lo cual, bien descalificados para orgullo de los contendientes que, salvo alguna excepción, todos han dejado pelos en la gatera que tardarán en reponer. Es evidente que debajo de esas precipitadas elecciones subyacen otras preocupaciones políticas de más alcance que no tendrían por qué haberse intentado dirimir en la cita de Madrid, que venía a ser mucho más sencilla. Es pues evidente que como el resultado no va a satisfacer digamos los propósitos de los más sectarios el futuro más inmediato de algunos va a dejar mucho que desear. Sin que eso quiera decir que ni moral ni ética ni políticamente puedan justificarse reacciones indeseables sino resignarse con la nostalgia de algo que pudo haber sido y no fue. Nada más. Cualquier otra reacción de perversidad y odio no podrán tener otra cosa que rechazo en una sociedad que quiere vivir en paz. Y que, hasta hace poco, parece que lo había conseguido.

Es evidente que tenemos desgraciadamente otros temas más preocupantes, como es la salud, el paro, la economía, la subsistencia de muchas pequeñas empresas y autónomos, las colas del hambre sin resolver y, sobre todo, un futuro incierto respecto a la crisis que aún nos espera de contagios del Covid y de muertes imprevisibles que en India está mostrando una trágica cara y poco resplandor en el Ganges como no sea el que despiden las piras amontonadas en cualquier calle de la vieja Delhi. Y eso sí es una tragedia. No en obtener o no una silla en el parlamento de nuestro querido Madrid, hoy azotado por la desazón de unos inconformistas. Así nos va.