Un paseo nocturno

Después de varias semanas de comentarios referidos a las “acciones” municipales, con algunos toques a la política local y en ocasiones, incluso a la nacional, pienso que puede suponer para el paciente lector –y para mí, claro, como autor- un “descanso lectivo y mental“ al encaminarme hacia otra dirección. Se me ocurre invitar al lector a un paseo nocturno por espacios del llamado Casco Viejo –y además bien abandonado-, eligiendo una noche de Luna llena para mejor iluminar los rincones y callecitas elegidas para el recorrido…que quizá extrañe a algunos por desconocer al menos parte de él.

“Quedamos”, por ejemplo, a las 22 horas, frente al edificio de la Casa Consistorial y en el momento en que su viejo reloj lanza las diez campanadas.

Salimos de la Plaza Mayor por la calle del Cronista Lecea que recorremos poco para, al llegar a la plaza de la Rubia, enfilar un estrecho pasadizo (Travesía de la Rubia) que nos deja en la plaza de Guevara. La atravesamos y por otro callejón más estrecho y corto, desembocamos en la calle de San Agustín, en la que bordeamos el pequeño jardín que preside una escultura en recuerdo de nuestra Semana Santa, y enfilamos la calle de Malconsejo, que tantos recuerdos tiene para los aficionados a la historia y a la leyenda. Bajamos una pequeña pendiente para salir a la Cuesta de San Bartolomé, que vamos recorriendo hacia la izquierda contemplando un jardín y casas antiguas restauradas a más bajo nivel del que estamos mirando, hasta llegar al ábside de la ex iglesia de San Nicolás, hoy sede del Taller Municipal de Teatro. Por estrecha y pina escalinata ascendemos a la plaza de la Santísima Trinidad, que circundan la románica iglesia titular y el convento de las Madres Dominicas, con su fuerte torreón de Hércules, que se considera por algunos expertos el edificio más antiguo, o de los más antiguos, de la ciudad. Rebasado el convento y por la calle de Capuchinos, a la derecha, descendemos hasta otra ex iglesia, centro de cultura segoviana como Real Academia de Historia y Arte de San Quirce, junto a la que se encuentra el antiguo caserón adquirido por el Ministerio de Cultura e inaugurado en 1996 para sede del Archivo Histórico Provincial.

Es aconsejable bordear el ábside de la ex iglesia de San Quirce y bajar la leve cuesta que lleva a la plaza de Capuchinos, que preside el también antiguo convento y hoy convertido en hotel. Regresamos junto al Archivo Provincial para tomar a la derecha la estrecha calle de María Zambrano, que “nos deja” en la gran plaza de San Esteban, con su magnífica iglesia de altísima y esbelta torre y la gran fachada plateresca del Palacio Episcopal.

Salimos de esta plaza por la calle del Vallejo para empalmar enseguida con la de Velarde (antigua Canonjía Vieja), en cuya mitad podemos disfrutar del recoleto Jardín de Fromkes, desde el que se contempla una gran panorámica del Valle del Eresma, que si es día “que toca iluminar” los monumentos, nos dejará ver los conventos de San Vicente el Real y Monasterio de El Parral, y la iglesia de la Vera Cruz o de Los Templarios, así como la serpenteante y bien iluminada carretera que asciende a Zamarramala.

Atravesamos bajo el Arco de las Canonjías, que cerraba una de las zonas habitadas por los canónigos cuando la primitiva Catedral estaba frente al Alcázar, y al terminar la calle de Velarde, seguimos por la placita de Juan Guas y desembocamos en la plaza de la Reina Victoria Eugenia, cuyos jardines sirven de bienvenida a los visitantes de la regia e histórica fortaleza. En toda su longitud permite el jardín contemplar de nuevo el valle del Eresma, en cuyo fondo a la izquierda, sin iluminar, se adivinan el convento de los Padres Carmelitas y el santuario de la Patrona, la Virgen de la Fuencisla. Pasando “a la otra orilla”, el paisaje es también impresionante por la arboleda que “adorna” a lo largo el valle del cubierto Arroyo Clamores.

Para el regreso hay que enfilar la pendiente calle de Daoíz (Canonjía Nueva), con sus frecuentes portadas románicas, hasta la plaza de la Merced, que preside la iglesia de San Andrés. Por unos pocos escalones salimos a la calle de la Almuzara, desde la que, a la derecha, hay que bajar la larga escalinata, ya en pleno barrio judío, que nos lleva a la plaza del Socorro, con su magnífica y monumental puerta de San Andrés. Enfilamos luego la calle de Martínez Campos para, a su término, “meternos” a la derecha por el Corralillo del Rastrillo, y atravesando un paso abierto bajo una vivienda, desembocamos en la calle de Santa Ana (seguimos en el barrio judío) para llegar al Postigo del Sol, en plena muralla que da acceso al Paseo del Salón de Isabel II; por el citado Postigo del Sol subimos y vamos a desembocar en la Judería Vieja; nos vamos hacia la izquierda y siguiendo por San Jeroteo y Refitolería, rodeamos la Catedral hasta la calle del Doctor Castelo que nos devuelve a la del Marqués del Arco, donde termina nuestro recorrido nocturno porque ésta nos lleva hasta la puerta de San Frutos, de la Catedral y, por consiguiente, a nuestro punto de partida nocturna, la Plaza Mayor.

Personalmente me ha resultado grato y positivo el paseo, con una desagradable observación: el elevado número de viviendas deshabitadas que hemos contemplado. El Casco Viejo se va desalojando paulatinamente.

EMOTIVO RECUERDO. El miércoles de la semana pasada hemos dicho el último adiós a un vecino del barrio y buen amigo, el “minutero” Ángel Román, en la misma iglesia en la que participaba en la misa cada domingo, ocupando un espacio en el segundo banco del lado izquierdo. Seguiremos mirando allá para que no se vaya el recuerdo de Angelito, como yo le llamaba y a cuyo nombre, ya en sus últimos años y por culpa de la pérdida de visión, me reconocía por la voz en nuestros frecuentes encuentros. Descanse en paz el hombre bueno e infatigable fotógrafo.