La otra crónica del 120 | Un olvidado: Guillén Salaya

No goza Francisco Guillén Salaya del respeto intelectual de uno de los críticos más agudos de la literatura de la tercera y cuarta decena del siglo XX: José Carlos Mainer. Y, sin embargo, pienso, es uno de los animadores culturales más activos e interesantes de una de las épocas literaria y artísticamente más atractiva de nuestra historia.

El segoviano —Gómezserracín, 1900, Madrid, 1965— fue, junto con su hermano Mario, el editor de la neorregeneracionista y neorregionalista revista Castilla, que igual buscaba una nueva visión artística de lo castellano más allá de los tópicos del costumbrismo y del historicismo, que se involucraba en el análisis de los problemas económicos castellanos y de los “nuevos métodos de cultivo”. Se vivía en esa mitad de los años veinte entre el posmodernismo o modernismo castizo, la poesía de Antonio Machado, que no andaba lejos de dichos lares —y que siempre fue bien ponderada por Guillén Salaya—, y el inicio de un vanguardismo que nuestro autor intentó en Cartones de Castilla, allá cuando empezaba la cuarta década del siglo —1930—. Más interesante, sin duda, fue su aventura editorial con la revista Atlántico, también en Madrid.

Castilla conoció 61 números desde el 17 de febrero de 1924 al 31 de mayo de 1925. Atlántico sacó al mercado 18 números entre el 5 de junio de 1929 y marzo de 1933.

Números que en algunos casos sobrepasaron las 200 páginas, y que fueron testigo de la nueva sensibilidad artística que se habría de introducir en España en los primeros treinta. Una crisis que no solo afectó a la alteración de criterios culturales, sino también a los valores morales. La inevitabilidad de un cambio histórico se traslucía en un rechazo al sistema de representación política liberal y a la burguesía como clase social protagonista de la historia. No se puede entender el vanguardismo de la época fuera de estos condicionantes, como tampoco el fascismo y el comunismo. La interrelación entre política y cultura estaba a la orden del día. La Gaceta Literaria, de Ernesto Giménez Caballero, la había cuestionado a distintos protagonistas entre 1927 y 1928, cuando se derrumbaba la Dictadura. En Atlántico colaboraron firmas como Antonio Espina, Cesar M. Arconada o José Francisco Pastor, de clara significación política. El propio Guillén Salaya deambuló desde el anarquismo inicial hasta su adscripción a Ramiro Ledesma Ramos en la puesta de largo de las JONS, que después en 1934 habría de unirse a Falange Española. La idea de estos jóvenes, en todo caso, era “no contaminarse de facilidad y caducidad” burguesa.

Hoy traemos a esta sección Bajo la luna nueva, que se subtitula novela de una vida social moderna. La escribió Guillén Salaya en 1935, después de que fuera editada El diálogo de las pistolas (1932), un reflejo del anarquismo armado de la época. Bajo la luna nueva pretende ser la historia de un bohemio, mujeriego, anarquista, marqués, lacayo de un banquero, que se redime de su rufianismo apoyando la causa de la revolución y del amor mientras contempla el cambio histórico de España, con la caída de la monarquía tras derrumbarse el sistema político y moral que la amparaba. Es una novelita de escaso recorrido literario pero no por ello falta de interés. Entre reflexiones psicológicas y sociales de no muy alta estofa, destila imágenes bonitas muy del gusto vanguardista: “la calle posee caricias de amante para los que rizan su cabellera”; “Nosotros, los españoles (…) sufrimos verdadero pánico por las goteras del tiempo y aspiramos a matarle como si fuera un miura corneador del alma”.

Con todas las limitaciones que se quiera, se desarrolló en este campo de la trinchera literaria y política —llámese si se desea vanguardismo fascista—, escritores más interesantes que en el banco nacional católico. Sin duda.

Ficha técnica

Bajo la luna nueva
Francisco Guillen Salaya
Imprenta de Juan Pueyo – Madrid, 1935