Un calvinista en Valsaín

En algunas ocasiones resulta muy complicado entrar entre las líneas torcidas y garabateadas de los tesoros documentales que custodian nuestros archivos. Arrugados sus folios, los documentos tienden a languidecer en un oscuro sopor de incomprensión, confundiendo sus letras y alejando los puntos de las comas en arcana ortografía de imposible validación. A veces la letra se retuerce entre los renglones y alumbra un horizonte impío de incomprensión para quien quiere ver detrás de aquellas abreviaturas algo más de lo que el escribano quiso plasmar. Otras, nítida y prístina la caligrafía, las letras bailan acompasadas en un pentagrama imaginado de belleza sin igual, sometida su lectura al olvido de un contenido que, a medida que aflora, se intenta olvidar. Y, según la ocasión, más valdría plantearlo que razonar el torrente liberado por la simple e ingenua lectura.

En esas me vi hace unos meses descubriendo un viejo legajo judicial en el Archivo Histórico Nacional. Preso de la curiosidad que siempre acaba matando al historiador, terminé mi jornada de alumbramientos perdido en la sección dedicada al temido Consejo de la Santa Inquisición. Entre sus miles de causas y millones de diplomas, di con uno protagonizado por un desdichado vecino de este Paraíso, allá por el año de 1735. Afincado en Valsaín, aquel operario experto en plomos y fundiciones había alcanzado estos parajes al calor de los hornos que en los torreones reconstruidos por Felipe V del antaño fastuoso palacio serrano afanaban a las cuadrillas de escultores empeñadas en habitar de mármoles y plomos las calles y plazoletas de aquel jardín hoy inmortal. Nacido en las cercanías de Bearn, aquel paisano de nombre familiar se dedicó a la noble tarea encomendada sin caer en la cuenta de lo importante que la normalidad religiosa era en aquella España nuestra. De profesión protestante, este plomero bearnés seguía los preceptos impuestos al cristianismo por su paisano Jehan Cauvin en los terribles años que trajeron las guerras de religión a principios del siglo XVI y habrían de normalizar el fanatismo religioso, asociándolo a la territorialidad más insensata.

Uniendo, por tanto, religión y tradición cultural más territorio nacional, las regiones de Europa entraron en una vorágine sin sentido donde la asunción de la procedencia natal se unía irresolublemente a una confesión, convirtiéndose, desde aquel entonces, la religión en factor transversal de la nacionalidad. En ese panorama, un buen español habría de ser primero católico, mientras que un londinense partía desde el anglicanismo, los holandeses lo hacían desde el protestantismo más antiespañol y los franceses a media luz entre su cristianísima defensa del Vaticano y el hugonote rebelde que todos llevan dentro, siempre a la espera de una noche de San Bartolomé que los envíe a todos al averno más divino.

Qué ya se sabe de antemano lo que uno ha de ser, la cruz que debe arrostrar y los peajes que asume cuando da el paso hacia cualquiera que sea la maldita definición social

Y, aunque el tiempo haya pasado y las religiones hayan transmutado su empaque social, cultural y político en corporaciones gestoras de intereses más terrenales que espurios, la condenada transversalidad ha permanecido contingente, contaminando todo conato de diversidad que esta o cualquier sociedad haya intentado pergeñar en las últimas centurias. Qué ya se sabe de antemano lo que uno ha de ser, la cruz que debe arrostrar y los peajes que asume cuando da el paso hacia cualquiera que sea la maldita definición social. Llegados a este punto de insensatez, todos sabemos que cualquier ser humano que pretenda dedicarse a la política en Cataluña debe incorporar el lema catalanista a su ideario político si quiere asomar el hocico entre aquel follaje. Que toda acción, reacción y decisión tomada allí habrá de ser demócrata de partida por muy injusta, sediciosa y discriminatoria que resulte. Lo mismo que cualquier lucha contra la intolerancia, el racismo o el machismo, de partida se entiende nacida en la más pura democracia. Todos asumimos ya que ser antifascista se origina en el sentimiento demócrata más profundo y que el comunismo o el socialismo que empujaron a este santo País de la dictadura al denostado régimen que todos disfrutan debe ser anatemizado de la confesión demócrata sin importar la herejía que lo impela.

En este mundo transversal que extingue a los catalanes no nacionalistas y, por tanto, antidemocráticos, a los antifascistas autoritarios, comunistas demócratas, anarquistas pacifistas; a los conservadores inclusivos y feministas, a los políticos honrados y a los periodistas independientes; a los vascos de Zamora y gallegos de Almería, a los inteligentes madrileños benditos de bolsillo lleno y cabeza hueca; a los homosexuales católicos, socialistas creyentes, franquistas arrepentidos, capitalistas comprometidos con el bien común y, en definitiva, a los españoles sin bandera ni bagaje previo alguno, nada queda para la creatividad que nace de una diversidad perseguida desde siempre.

En este mundo de impostura, digo, aquel pobre plomero francés y calvinista, hubo de asumir un error incomprensible y entrar en el redil católico y español reconciliándose con el Consejo de la Santa Inquisición. Y este, transmutado en conciencia contingente de todo español que se precie de serlo, en réproba transversalidad herética del demonio, seguirá clasificándonos como el ganado ignorante que somos, temeroso de terminar relajado en un magnífico auto de fe que nos lleve a todos al infierno de una vez por todas.