Un año en blanco y negro

Calles vacías con toque de queda, que imploran bullicio y besos. Silencios que retumban y taladran con la música apagada, paseos con prisas, sueltos de la mano en una proximidad rechazada que nos ha transformado por fuera y por dentro.

Resilientes en espera, cribados, asintomáticos, inmunizados o vacunados, disecando un 2020 lleno dolor y cruces, de ataúdes en hilera a las puertas de los hospitales, de tristeza, soledad e impotencia, de resignación y hastío, de incertidumbre y paciencia infinita, ansiosos por finiquitar esta locura. Deshojando cumpleaños a los que muchos no llegaron. Un blanco y negro, a modo de burka kafkiano, secuestró y una parte de vida en un negativo velado.

Repasamos lo acaecido en ese antes de, cuando todo estaba a punto de estallar. Un año impreso en papel baritado, recuerdos de baúl y escenas de postguerra. El blanco y negro de la supervivencia, hacia el que no mostraremos nostalgia ni orgullo, fotos con un emblema, como las de épocas antiguas, marcadas también por una incómoda indumentaria y secuelas varias.

Dos años sin gabarreros y sin Semana Santa, recreando imágenes de los anteriores, convencidos en imaginar el siguiente. Despidiendo los meses en blanco, e intentando huir del negro del que se tiñe este calendario que se quiere almacenar en la papelera de la memoria. Un paréntesis en blanco y negro que entumece y congela emociones, soportando desgastes infructuosos que dejan cicatriz. Un recuerdo que tiembla con las ganas reservadas en un fotograma inventado condenado a no ser.