¿Tradiciones anacrónicas?

Me cuento entre los defensores de los valores tradicionales transmitidos de generación en generación como patrimonio cultural que estamos obligados a recibir y a entregar a los que vengan a sucedernos. Eso es ni más ni menos la tradición. Pero ¿todo debe ser obligatoriamente mantenido en el tiempo, porque así se haya venido haciendo desde siempre?, o ¿conviene adaptar las tradiciones a las nuevas realidades sociales, para evitar que resulten anacrónicas? Para responder a estas preguntas no estaría de más que intentáramos tener claro lo que debe entenderse por tradición. Para Miguel de Unamuno, no solo sería el sedimento del pasado, la herencia muerta de la historia y sí la tradición honda, la de la entraña humana; no la cáscara o la ganga del tiempo ido, esa, sigue diciendo, tiene que ser la tradición eterna, la tradición viva en la que puede sustentarse el progreso de los pueblos. Es decir, según don Miguel, debemos buscar en el pasado las claves que nos pueden llevar a configurar el futuro, pero solo una vez que nos hubiéramos desprendido antes del lastre de aquello que impida la constante evolución de las sociedades humanas.

Según este planteamiento, no constituirían tradiciones dignas de mantenerse aquellas que resulten contrarias a las nuevas realidades sociales, que ya no admiten, por ejemplo, conductas denigratorias hacia personas por cuestiones de raza, religión, condición social o sexual; e incluso tampoco el maltrato injustificado hacia los animales. Por fortuna, se han dejado de lanzar cabras desde campanarios; de lancear toros en las vegas y de descabezar gallinas por quintos aupados en caballerías, que hasta no hace mucho constituían celebraciones populares muy arraigadas en los lugares en donde se practicaban.

Sin la gravedad que los supuestos anteriores y siendo consciente que seguidamente pueda meterme en uno de esos hermosos jardines que nos viene mostrando cada domingo en estas páginas mi admirado Juan Manuel Santamaría, persisten entre nosotros otras costumbres y tradiciones que al menos deberían ser objeto de alguna que otra reflexión. En la escuela, en clase de matemáticas, nos enseñaban a realizar la prueba del nueve para comprobar si el resultado de la división era el correcto. Asimismo, en la de gramática debíamos volver la oración a pasiva, para demostrar que dominábamos el uso de la sintaxis. Pues bien, hagamos la prueba del nueve y convirtamos a pasiva la acción y comprobemos que pasaría si en una reunión pública y festiva de hombres se procediera a quemar una muñeca de trapo. Muñeca, que gramaticalmente no sería una pelela, puesto que el diccionario de la RAE, con pleno conocimiento de causa, solo admite pelele en género masculino y en una segunda acepción bastante significativa: persona que se deja manejar por otra. Quiere ello decir, que a lo mejor sin saberlo, las legiones de mujeres que estos días han salido a la calle a celebrar festivamente a su santa patrona, no han estado quemando la imagen del hombre que las domina y que tan injustamente las ha venido cerrando la puerta al empoderamiento a que tienen derecho en una relación libre de igualdad entre sexos, sino, paradójicamente, a aquel al que pueden manejar a su antojo, convertido semánticamente en un triste pelele. Y tanto desparrame para tan poco. Quemen simbólicamente en la pira de la justicia y con la ayuda de todos a los violadores, abusadores, maltratadores, machistas impenitentes y demás ralea, y a cuantos en la historia se han venido oponiendo a sus legítimos derechos, pero por favor tengan consideración con los que mansamente nos plegamos a su voluntad, que me parece que somos más de uno y que, a cambio, nos vemos injustamente chamuscados en la hoguera de una tradición que posiblemente resulte ya anacrónica. En cualquier caso y por la cuenta que me tiene, seguiré gritando con ellas: ¡Viva Santa Agueda!