Tontos pero felices

No he hecho ninguna estadística; pero tengo para mí que si se preguntara a una futura mamá qué escogería para su hijo, a punto de nacer, entre que fuera feliz o listo, una mayoría amplia optaría por la felicidad. En el caso de los padres sospecho que el porcentaje de los que desean la felicidad por encima de todo para sus vástagos se acerca al cien por cien. Y si se cumplieran los deseos de los “progenitores por la felicidad de sus hijos a costa de todo”, los primeros en aplaudir serían además los engendrados.

En realidad no hace falta recurrir a ninguna encuesta. Los profesores de todos los niveles educativos observan la marea creciente de padres que ponen la felicidad inmediata de sus hijos por encima de cualquier cosa en el colegio; por supuesto, muy por encima de una buena preparación.

Hay colas de padres ante los directores y ante los profesores de los centros que exigen sin más que no se pongan tantos deberes a sus vástagos, que no se les maltrate con exámenes, que no se les someta a estrés con calificaciones que no sean brillantes, con la exigencia de que atiendan en clase y no hagan tonterías… Todos ellos argumentan con convencimiento extraído de internet que el profesor que pone exámenes, “manda tareas”, dice que esta redacción está mal y ese dibujo es malo hasta decir basta, corrige modos bastos y erróneos de hablar, además de gritos que no vienen a cuento, que no está al día, que no está preparado… vaya: que no es buen profesor.

Tienen además la firme convicción de que saben más de educación que los profesores de sus hijos: estupidez sobre estupidez

En fin: hay un montón de gilipollas, que se tienen además por honrados padres de familia, que militan en la pedagogía del milagro en estos tiempos de ateísmo y que tienen además la firme convicción de que saben más de educación que los profesores de sus hijos: estupidez sobre estupidez.

Si algunos llegan a ministros se empeñarán en hacer felices a los hijos de sus amigos y quitarán importancia real a las calificaciones haciendo que esfuerzo y tontería valgan lo mismo. Todos pasan al curso siguiente. Es fácil imaginar lo que esto supone para estimular el esfuerzo, que lleva camino de convertirse en una peligrosa desviación social; que deberá, por lo menos, estudiarse por un comité de imbéciles nombrado al efecto.

Lo peor de esta oleada de consultores de las webes (y aquí emplearía gustoso y de los webos) es que ya ni siquiera acuden a la Wikipedia, que por lo menos suele recoger el saber de enciclopedias serias anteriores; a no ser que el equipo de producción de una película haya decidido “completar” alguna “información” de la wiki para dar más consistencia a su argumento y así recaudar más o conseguir más entradas en la plataforma que le recomiende.

El recomendador digital es un cariñoso ayudante que te anima con suaves golpes en el hombro reafirmándote en tus prejuicios y perjuicios y, sobre todo, en tu ignorancia

Estos padres expertos teclean en Google lo que les dice un avispado compañero de trabajo (o de bar, o de excursión, o de lo que sea), les sale una relación acorde con lo que ya han consultado antes, tamizado y orientado por sus anteriores búsquedas y lugares en los que más tiempo hayan permanecido. El resultado es que si comienzas a buscar como idiota no hay modo de salir de ese círculo vicioso: el algoritmo del buscador te hará feliz retozando cada vez más en el fango de tu propia estulticia. El recomendador digital es un cariñoso ayudante que te anima con suaves golpes en el hombro reafirmándote en tus prejuicios y perjuicios y, sobre todo, en tu ignorancia. Como no es correcto que estas Siris mudas nos arrullen al oído palabras dulces y halagüeñas que digan: “vas bien: sé cada vez más tonto”; estimulan nuestro ego de modo silencioso asegurándonos que hemos acertado en cada consulta, porque se suma a la opinión que ya preferíamos.

Y gracias a las presiones de estos padres, expertos de pacotilla, se va consiguiendo que las aulas se llenen de niños consentidos que hablan como sus padres, que hablan como la tele, que habla como el “pueblo” para que se la entienda, que habla como sus héroes y heroínas de la telerrealidad… y todo ello porque queremos que nuestros hijos sean felices en vez de correr el riesgo de que sean inteligentes y listos a base de esfuerzo y trabajo.

Esta ola de aspirantes a la felicidad integral ya va llegando a la universidad. Varios colegas amigos (y a mí mismo) nos ha sorprendido, ante la pregunta sobre qué quieres hacer al terminar la carrera (grado o máster), la respuesta: porque son muchos los que dicen que “solo” quieren ser felices. No hay manera de concretar más.

Supongo que en realidad quieren decir que aspiran a que no les falte dinero ni tiempo para hacer lo que les apetezca en cada momento. Quizá juzgue con dureza y lo que en realidad expresan, al decir que solo quieren ser felices, es un deseo ardiente y eficaz de realizar tareas sacrificadas que supongan una mejora para las gentes que tienen alrededor, para un mejor entendimiento, para una mejor comprensión de todas las posturas, para una tolerancia eficaz ante puntos de vista distintos de los propios. Quizá me equivoco. O quizá haya que cerrar esto como tantos padres terminan con la inteligencia de sus hijos: ¡ay pobrecitos!