Todos contra Mañueco, Mañueco contra Sánchez

En una interpretación que puede pecar de teórica, podríamos decir que el lenguaje político en tiempo electoral no solo busca expresar las creencias y proyectos de un candidato determinado, sino convencer al público sobre dichas ideas y dichos proyectos e inspirarlo para actuar en pro de ellos a través del voto. Es por esto que en el lenguaje abunden los signos, y de diversas clases. El discurso es uno de ellos, y se vehicula con un claro matiz apelativo: mensaje directo, conciso, casi convertido en un lema. Pero también adquieren relevancia las formas mediante las que se canaliza el discurso: los gestos, la ropa, el maquillaje del candidato. Los que ya peinamos canas recordamos como un referente el debate entre Kennedy y Nixon: la soltura del primero, su mirar directo a la cámara, su juventud aireada como virtud; en el otro lado, un Nixon sudoroso, nervioso, de mirada esquiva fijada en el contrincante con preocupación. Cerca de sesenta años después lamento que J.F. Kennedy se quedara en las formas, en el simple escaparate exterior. Pero inventó un modo de proyectarse ante el ciudadano en el que se perseguía que el receptor de su mensaje no reparase tanto en el significado de este sino sobre todo en su significante.

En el otro atril, en Luis Tudanca es defecto lo que en Mañueco es exceso

Alfonso Fernández Mañueco no cuidó bien las formas el lunes. Mal maquillado y con el botón del traje a punto de estallar, quienes quisieron proyectar de él la imagen de presidente —serio, soso y formal— se pasaron un pelín. En el otro atril, en Luis Tudanca es defecto lo que en Mañueco es exceso. Su lenguaje sereno, no crispado, no termina de casar con esa imagen de estar siempre a punto de coger una moto de gran cilindrada. Por último, Francisco Igea utilizando las formas que han conformado su personaje. Tiene una ventaja Igea: gana en las distancias. Lo que en el cara a cara se traduce en el retrato de un elefante a punto de entrar en una cacharrería, a distancia adopta un deje de excentricidad y de estar de vuelta de todo que le beneficia. Igea soporta mal los ataques, y desmesura sus respuestas. El lunes estuvo a punto de pasarse. El encaje de Mañueco, y quizá la distancia física, evitó males mayores. Males mayores para el propio Francisco Igea, quiero decir.

Comentado esto, voy con un principio que considero sagrado en cualquier pugna electoral: todo lo que ayuda a ganar unas elecciones al día siguiente es una carga para el ejercicio del gobierno. Creo que ninguno de los tres puede temer lo segundo porque nadie en el debate introdujo nada nuevo bajo el sol sobre lo primero. Si acaso Tudanca tendrá que estar ojo avizor sobre el comportamiento futuro del señor Sánchez para con Castilla y León. Mientras que en la financiación autonómica pondere más la variable población que el territorio, o al menos no exista un índice compensatorio, mal iremos. Sin embargo, el problema que tienen los dos partidos mayoritarios es otro: cómo garantizarán en el futuro por la vía de los hechos —no por blindaje legal, que son meras palabras— la atención médica en los consultorios rurales. En eso C’s no posee dificultad alguna, porque la anterior consejera, Verónica Casado, tenía claro que la racionalización de la atención primaria no pasaba por el aro de la presencialidad. Poco se ahondó en ello e Igea —nada afortunada la imagen de un cartel con los dos, Casado e Igea, en bata médica: esas cosas no se deben rentabilizar políticamente— hizo, en esto sí, mutis por el foro. No le convenía descender a la letra pequeña.

Luis Tundaca (PSOE) y Alfonso Fernández Mañueco, en el primer debate. / EFE
Luis Tundaca (PSOE) y Alfonso Fernández Mañueco (PP), en el primer debate. / EFE

Quien más se detuvo en los proyectos concretos fue el candidato del PP. Nada que objetar. Mientras que el resto de oponentes dibujaba una diana en su frente, él, en los ratos en que no tenía al señor Sánchez en la boca, se entregaba a una retahíla de iniciativas con —y esto es lo negativo del discurso— valoración económica incluida. ¿Alguien es capaz de recordar a esa hora de la noche alguna cifra concreta? Creo que no es conveniente la batería de números en un debate. Se consigue el efecto contrario al perseguido. Si Mañueco quería profundizar en su papel de presidente —que es lo que buscaba— le bastaba con impedir que Igea siguiera presentándose como el portavoz de la Junta, arrogándose incluso los éxitos que le corresponden a la eficiente consejera de Educación. Aunque no sea patrimonio particular, un presidente, sea de lo que sea, debe hacer suyo el éxito del órgano colegiado que preside. Y no consentir que nadie más lo haga. Y menos si ahora es contrincante.

El candidato de Ciudadanos, Francisco Igea, interviene en el debate desde casa, donde se encuentra confinado. / EFE - NACHO GALLEGO
El candidato de Ciudadanos, Francisco Igea, interviene en el debate desde casa, donde se encuentra confinado. / EFE – NACHO GALLEGO

Nada se habló de pactos poselectorales. Que si sigue la tendencia demoscópica que se está observando van a ser decisivos

Nada se habló de pactos poselectorales. Que si sigue la tendencia demoscópica que se está observando van a ser decisivos. El PP comenzó la campaña rozando en los sondeos la mayoría absoluta (41 escaños). La tendencia hoy es a la baja. Su límite son 35 procuradores. Si los supera, podrá plantearse incluso un gobierno en solitario. Si no, la única alternativa es el pacto con Vox. Con la misma legitimidad con que el PSOE pacta con Podemos. Es de una simpleza intelectual apabullante que una doctora en derecho constitucional —Carmen Calvo— califique a los de Vox de fascistas. Castilla y León puede suponer el inicio de un nuevo escenario político en España al poner negro sobre blanco la relación del PP con Vox, un partido de donde ha salido en años pasados muchos de los votos que le otorgaron a los populares la última mayoría absoluta en el Congreso. Mientras tanto, ¿qué hace el candidato de Vox? Lo que hacía Don Tancredo López allá en el tránsito del XIX al XX en las plazas de toros españolas —en Segovia estuvo en 1901—: quedarse quieto ante el toro, cuan si fuera una estatua. Casi ni se le escucha. Casi ni se le conoce. Un dato: es el único candidato que a día de hoy ha rehusado amablemente la propuesta de entrevista que le ofreció, como a todos los principales candidatos, este periódico.