Tiempo fluido busca líder sólido

El Instituto de Políticas Públicas de la Universidad de Cambridge ha publicado un estudio de tendencias globales con tres conclusiones: caída del apoyo al populismo, aumento de la valoración de los liderazgos fuertes y pérdida de confianza en la democracia. Por partes; la pandemia ha frenado la ola del populismo. Hace tres años dejábamos que los chavales Trump, Bolsonaro o Johnson “camelen como camelen y le pegaran un poquito a la lejía”, pero ahora se han convertido en payasos solitarios desmaquillándose delante del espejo. Con este dato se podría pensar que vamos a la tecnocracia y a sacar la ideología de la política y dejarla en manos de gestores. Ir a la política como quien va al dentista a que hagan su trabajo sin charlas ni dolor. Pues no. Ha crecido el anhelo de un líder fuerte y, por tanto, ideologizado. Alguien con las ideas claras que no vea su libertad de acción limitada por el sistema de contrapesos del sistema democrático. No vaya a ser que la Ley le convierta en un burócrata. Y, por último, baja la confianza en la democracia. Especialmente la fe en los partidos como herramienta para crear líderes y representar intereses populares. De esta ecuación de tecnocracia no democrática nos sale como resultado un gobierno tipo Rusia o China. De los que hablan con los hechos. Un murciélago bate las alas en Wuhan y occidente se flipa con el modelo chino.

España sigue esta tendencia de menos populismo y más fortaleza, pero además lideramos la polarización. No nos mola la moderación. Preferimos el exceso. Solo nos ponemos de acuerdo en lo que no queremos. Esta moda ha provocado ya una brecha en la convivencia tanto desde las instituciones (incapacidad para llegar a acuerdos, política posicional y discurso crispado) como en las calles (desafección, confrontación y radicalización). La moderación no vende en la época de las opiniones rápidas y rotundas. Se confunde con cobardía. La buena moderación no está en las ideas sino en los medios para llevarlas a cabo, en su explicación a la población no partidaria y su acomodo a la vigilancia legal. Ver los contrapesos del Estado y las sensibilidades distintas como una dificultad acaba siempre en autoritarismo y confundiendo el estado de ánimo con el Estado. Este problema español tiene como amenaza el crecimiento de Vox y como consecuencia, la radicalización del PP y, por tanto, la política de bloques izquierda-derecha que lleva al tribalismo; pero no al de Carlinhos Brown, de envolvernos en pañuelos y hacer música sino al de envolvernos en identidades y hacer ruido. La tentación de ceder la representación a los capaces de entrar en las instituciones preguntando: ¿quién es el dueño de esta pocilga?

La única vencedora de la pandemia es la desigualdad, que ha crecido más que en la crisis de 2008. La igualdad no es uniformidad ni comunismo. La desigualdad nos hace más rencorosos como individuos, más vengativos como sociedad y menos competitivos como economía. A ricos y a pobres. Impide el progreso. A la izquierda le convendría no despistarse exigiendo pedigrí moral a una sociedad desmoralizada de la que se alimenta Vox con su mensaje de orden y tradición. Tras él esconde su mayor debilidad: la imposibilidad de generar consensos de futuro. Volver atrás es de cobardes, aunque vayas en moto al gimnasio. El profesor Archie Brown (sin relación con Carlinhos) cierra su libro “El mito de líder fuerte” diciendo: “los errores de quienes se creen infalibles son más irreversibles”.