Teorías `Woke`: Una amenaza social

La ideología “woke” (“despierto” o “estar alerta”) promueve  modelos sociales. El movimiento nació en los años sesenta en universidades americanas y se difunde entre la población a ritmo de pandemia. Este “virus” afecta a la cultura, a la política  y a la conducta social. Esta “epidemia” se abre camino en la sociedad bajo la excusa de lograr mayor justicia social y lo hace recurriendo a diversas vías de contagio. Los efectos en personas e instituciones son inquietantes; graves en algunos casos. En nuestro país sufrimos las consecuencias desde hace años. Las vías de transmisión preferentes son las pantallas. En particular, las plataformas de “streaming” como Netflix o Disney que difunden modelos personales y conductas sociales al servicio de la ideología “woke”. En general, el negocio del entretenimiento está siendo un vehículo de transmisión de conductas sesgadas, contrarias a la familia y a la formación escolar.

Desde la cultura liberal, las “Teorías Woke” se consideran ideologías “contaminantes”. Entre otros, los escritores americanos, Helen Pluckrose y James Lindsay, autores de “Teorías Cínicas” (TC), explican “cómo el activismo académico hizo que todo girara en torno a la raza, al género y a la identidad… y por qué esto nos perjudica a todos”. El libro describe con detalle las teorías en cuestión y sus consecuencias, cuya peligrosidad no está sólo en las cuestiones teóricas, sino en la forma agresiva y coactiva en que se imponen. Siendo una de las ideologías menos tolerantes y más autoritarias desde el comunismo. La gravedad consiste en el particular modo de entender la sociedad, basado en un  conglomerado de ideas filosóficas poco conocidas, de procedencia francesa, que en el siglo pasado, surgieron de sombríos ingenios como, Foucault, Derrida y  Lyotard.

Tales ideas, pasaron a las universidades americanas y germinaron en algunos cerebros académicos convertidos en agitadores de conciencias.  El “wokismo” promueve la división radicalizando las relaciones entre individuos y relegando los derechos de la persona a favor del grupo. Así, por ejemplo, ensalzan las notas que identifican a grupos humanos (“trans”, mujeres, hombres, Lgtbi+, etc.), a los que consideran víctimas de quienes no pertenecen al grupo. Las notas definitorias, serán el color de la piel, el género, la obesidad, etc.  Por otro lado, rechazan la ciencia y el método de investigación utilizados desde hace siglos, por ser una “visión impuesta” por el hombre blanco; aseguran los ideólogos “despiertos”. Afirman que las matemáticas están contaminadas de violencia porque fueron utilizadas por propietarios de esclavos. Denuncian la biología porque enseña que hay dos sexos en la especie humana, etc. El “wokismo” distingue entre “género” y  “sexo”. Una de las teorías niega que el sexo esté decidido por la biología y asegura que es asignado por el individuo voluntariamente. Las consecuencias sociales de esta invención están siendo dramáticas para adolescentes irreflexivos que se someten a operaciones quirúrgicas para  cambiar de sexo (quizá, apropiadas en casos clínicos). Otro campo de acción en que se manifiesta la ideología es el  racismo, subrayando el color de la piel sobre el valor de la persona. Los activistas (con vocación de entomólogos) no se cansan en su afán de clasificar grupos humanos y señalar diferencias artificiales que rompen la cohesión de sociedades pacificas.  Resulta fastidioso el tono doctrinario que usan para imponer su ideología. Especialmente, cuando se incorpora a la acción política, como ocurre desde hace tiempo en este país.

Las consecuencias no son meramente teóricas. A título de ejemplo, citamos el caso de Google que despidió a varios empleados por las quejas de algunos usuarios influyentes que defendían la ideología “woke” (TC p. 270). Otro tanto ocurrió en la conocida empresa Gucci que retiró de su catálogo un jersey que, según ciertos clientes, no era consecuente con la cultura “woke” (TC p. 271).

¿Cómo se han producido tales afrentas al sentido común? en países con siglos de historia, cultura, ciencia, arte, legislación, tradición cristiana etc.  No es fácil dar una sola respuesta. Es posible que se deba a la rápida difusión y a la voracidad de las redes sociales, y a la pérdida galopante del sentido crítico de lectores sometidos al bombardeo implacable de los medios de difusión. Sin olvidar, el lamentable declive de las enseñanzas humanísticas.