Subir el bibliobús al tren

En un ataque de pedantería injustificada por mi parte, podía citar a Caliope, Talía y Erato, como alguna de las musas que por este orden, tenían a su cargo la protección de la épica, de la comedia y de la lírica, tres de los géneros más notables de la literatura. No creo que ello sea necesario porque aquí y ahora contamos con Esmeralda, Pilar y María Jesús, las tres encargadas de los bibliobuses de la Diputación que se preocupan de difundir el amor a la lectura por toda la provincia, como angelicales guardianas del saber encerrado en los libros, que con tanto cariño distribuyen.

Para fomentar el gusto por la satisfacción de leer, disponen además de un club que difunde, motiva y permite el intercambio de opiniones sobre la obra literaria que previamente hubiera sido seleccionada. Para el próximo encuentro virtual piensan diseccionar entre los participantes la celebérrima novela de Agatha Christie: “Asesinato en el Orient Expres”. La elección no es gratuita. La excusa es la conmemoración de la llegada del ferrocarril a Segovia, pero en el fondo se reivindica el placer que supone leer en el tren, disponiendo de un tiempo obligatoriamente perdido, pero luego ganado apaciblemente, con la lectura de aquella obra que no habíamos encontrado el momento propicio para atacarla. Sumergirse entre sus páginas, acunado por el traqueteo del vagón justifica en muchas ocasiones, la decisión de elegir el ferrocarril como medio de viaje. Cuando la prisa no forma parte del placer de viajar, puede servir incluso de excusa para decantarse por el tren. Confieso haberme inclinado en otros tiempos, a utilizar los servicios de RENFE para desplazarme entre nuestra ciudad y Madrid, en detrimento de los ofrecidos por la antigua Sepulvedana, porque el viaje duraba el doble y disponía de más tiempo para leer y por lo tanto de más tiempo también para disfrutar. Desde siempre el tren y la lectura han resultado consustanciales.

Cuando allá por 1888 quedó inaugurado el tramo entre Villalba y Segovia, que permitió comunicarnos directamente con la capital de España, el ingenio sarcástico de nuestros abuelos propició la siguiente coplilla: “Es tanta la violencia/que lleva el ferrocarril/que sólo tarda tres horas/de acercarnos a Madrid”. Es decir, en un par de viajes podían leerse La Regenta, la célebre novela de Alas Clarín publicada solo unos pocos años antes. No es mala la idea de reivindicar el tren como medio de lectura, lo malo son las ocasiones pérdidas en la historia de Segovia para haber podido disfrutar de más y mejores infraestructuras ferroviarias. Si no llega a ser por la decidida apuesta del editor de este periódico, Carlos Herranz, debidamente secundada por la mediación entre otros, del diputado segoviano Javier Gómez Darmendrail, hubiéramos contemplado el vuelo del AVE a su paso por Segovia sin paradas intermedias y lamentando la ocasión perdida. A cambio, tuvimos que asumir el peaje de apearnos en medio del campo. Nada ni nadie es perfecto.

A pesar del hándicap que supone la ubicación de la estación, no estamos ahora ante la peor de las situaciones, sobre todo si se comparan con las que existen en otras provincias vecinas, pero aprovechando la propuesta surgida desde el club de lectura citado y que el Pisuerga no ha pasado nunca por aquí, ni tenemos esperanza alguna de que lo haga, nos remontamos al pasado para lamentar que no llegaran a cuajar dos trascendentales iniciativas que hubieran vertebrado la provincia con nuevos caminos de hierro. Una, el proyecto de ley tramitado en el Senado en 1883, aprobando la construcción de un ferrocarril que partiendo del núcleo ferroviario de Villalba llegara hasta algún lugar no determinado de la cuenca del Duero y que hubiera transcurrido por la capital y por Sepúlveda, posiblemente con conexión a la línea de Ariza; y que pese a las gestiones realizadas por la Diputación y por el propio Conde de Sepúlveda, que incluso llegó a poner dinero de su bolsillo para este fin, el proyecto no pudo realizarse al imponerse los intereses burgaleses de conectar Madrid con Bilbao a través de aquella provincia.

La otra, fue la promulgación de la Ley de Ferrocarriles Secundarios y la Real Orden de 8 de agosto de 1904, que hubiera permitido dotar a la provincia de una red secundaria que comunicara la capital con los distintos partidos judiciales, a la vez que con otras provincias limítrofes. Para ello se llegó a aprobar en la Diputación, un plan provincial formado por las siguientes líneas: Segovia a Peñafiel, pasando por Cuéllar. Segovia a San Esteban de Gormaz, pasando por Sepúlveda y Riaza y Segovia a Bejar, por Villacastín y Ávila. Pero esto, como tantos otros proyectos, también se quedó en agua de borrajas.

En cualquier caso, concluyamos: aunque no haya habido ocasión de poder leer en los trenes que nunca llegaron a circular entre nosotros, hagan caso a las tres hadas madrinas citadas al principio y lean, lean todo lo que puedan, sin permitir que nadie se lo cuente y súbanse al tren de la lectura, permitiendo, si ello fuera necesario, que el autobús de los libros pase por la puerta de sus vidas.