Solidaridad mal entendida

Mal andaba nuestro nivel de autoestima eurovisiva a juzgar por el tsunami nacional que jalea la actuación de nuestra Chanel en Turín. Lógico, si tenemos en cuenta que el tercer puesto alcanzado por España no tenía precedentes tan altos desde 1995, año en el que quedó en segunda posición. Algo que celebrar. Bien por la remontada.

Lo de Chanel ha sido como un chute propio de la postpandemia. Sobre todo, por la potencia innovadora expresada en la arrolladora actuación de la cantante española nacida en Cuba. Moderna, atrevida, provocadora, profesional y muy trabajada.

A muchos críticos musicales la actuación de nuestra representante en Eurovisión 2022 les ha recordado a las puestas en escena propias de una Super Bowl americana. Y eso ya la coloca en los puestos altos del escalafón internacional de artistas que cantan y bailan a la vez en deslumbrantes escenarios futuristas.

La puesta en escena es otra. Me refiero, por ejemplo, a la feminización visual del macho en medio de un sincronizado derroche de impactantes efectos especiales, músicas electrónicas y disfraces robados a películas distópicas. No puedo quitarme de la cabeza a un atleta con femenino salto de cama por arriba y pantalón gris de chaqué por debajo, un King África con aires de minero sin vagoneta, la virilidad de un bailarín con encantos de odalisca o la ferretería en las orejas de algún actuante. Demasiado para los de mi generación, la del vinilo y el “la, la, la” de Massiel.

El acontecimiento se desvirtuó en parte por un factor emocional que se coló en el televoto de los espectadores, emitido desde el sofá de sus casas. El hecho es que los disfraces y la música quedaron finalmente subordinados a la solidaridad con Ucrania, cuyo país se aupó al primer puesto del certamen gracias a los que se ha llamado el “voto de la guerra”.

Me pareció una manera de malversar la justa solidaridad con el pueblo ucraniano

A mi juicio, es una forma de solidaridad mal entendida con la Ucrania ultrajada por Putin. Los telespectadores auparon a la orquesta Kalush por sentimentalismo, no porque la canción “Stefania” les pareciera la mejor del concurso. Me pareció una manera de malversar la justa solidaridad con el pueblo ucraniano que, por otra parte, ya cursa con eficiencia a escala europea y a escala española, sin que eso suponga descubrir de repente que en Ucrania se hace la mejor música, se juega mejor al fútbol, o se escriben los mejores libros.

Alguien ha dicho que prohibir a Dostoievski no sería la mejor represalia contra Putin. Estoy completamente de acuerdo. Por la misma razón también cuestionaría que el próximo premio Nobel de literatura se otorgara a un escritor o una escritora ucraniana, solo por enviar un compasivo mensaje de solidaridad y apoyo a ese pueblo ucraniano que sigue atenazado por la Rusia de Putin.