Sin árbitros no hay juego

En todo espectáculo deportivo –da igual categoría, edad o sexo de los participantes– es habitual comprobar cómo los hay que solo se acuerdan del equipo arbitral para mentar a la madre que los parió. Sin paliativos.

Pocas muestras de cariño recibe un colegiado – o colegiada – procedentes del público por resolver un conflicto entre contrarios. Quizá algún: “venga ‘arbi’, la próxima vez aciertas”, o ese alborozo postizo en forma de enfervorecidas palmas y alaridos cargados de sorna cuando, después de tres decisiones seguidas en contra de los intereses locales, por fin parece que el que se sabe el reglamento, recuerden, ‘endereza’ su criterio a favor del que debe.

No es buen material con el que trabajar la autoestima, pero con lo mismo Woody Allen te hace una peli de siete Oscars

No es buen material con el que trabajar la autoestima, pero con lo mismo Woody Allen te hace una peli de siete Oscars. ¿Recuerdan alguna ovación a un árbitro por parte de una afición? Ejemplos hay de reconocimientos a jugadores contrarios, pero a árbitros… ¿alguno? No se esfuercen.

Los del fútbol de Primera cobran un dineral y aunque no me leerán nunca justificar la violencia verbal, pueden pagarse un terapeuta. Pero los adolescentes que arbitran a niños sufren con los insultos. Son el futuro y sin árbitros, no hay deporte federado.

Si los insultos a los que empiezan proliferan, los vocingleros de grada tendrán que agarrar el silbato para pitar ellos mismos los partidos

Si los insultos a los que empiezan proliferan, los vocingleros de grada tendrán que agarrar el silbato para pitar ellos mismos los partidos de sus nenes y nenas. Y como también los insultarán, seguiremos en un bucle del que no saldremos hasta que nos demos cuenta de que en edad temprana es más importante los amigos que haces, que las canastas o los goles que metes.