Ser iguales por ser diferentes

Somos iguales porque somos diferentes. Esto parece contradictorio, pero es una gran verdad. Además lo es por partida doble. Primero, porque el gran mandamiento de la desigualdad empezó por una declaración entusiasta y falsa de igualdad. Según George Orwell, en su inventada “Granja Animal”, el mandamiento revolucionario crucial se transformó en otro que intentaba disimular lo indisimulable en una frase políticamente correcta: “todos los animales son iguales, pero algunos son más iguales que otros”. Y justamente ese empeño por convertir a todos en iguales, a toda costa, acababa por reconocer su falsedad insistiendo en la igualdad de manera parcial. Parece un galimatías y lo es efectivamente.

Gracias a que somos distintos y a que todo el mundo capta esta realidad sin mayor problema, los seres humanos en bastantes latitudes —aunque no en todas desde luego— han intentado establecer unos principios de igualdad para favorecer en términos sociales la justicia. La justicia se basa igualmente en la desigualdad: consiste en dar a cada uno lo que le corresponde. Lo igual es que en caso de conflicto de intereses se trate con la misma imparcialidad a los recurrentes y se establezca una sola vara de medir para todos los que viven en sociedad; y que esa vara, la de hacer las medidas, la maneje gente independiente de los contendientes. Así, en principio, es más fácil que lo de cada uno acabe con quien le corresponda y no con el más poderoso y se cumpla la justicia.

En fin, que porque somos desiguales hay situaciones en las que todos nos igualamos. La mayor parte tienen que ver con nuestra vida en sociedad, que exige pactos para no dejar que campe a sus anchas la violencia en sus diversas formas. Las mismas leyes, los mismos tribunales, para todos. Y a efectos de organizarnos cada uno un voto, porque todos hemos de tener una puerta de entrada a la participación política.

La desigualdad es el gran valor de las sociedades. Primero, por lo que tiene de personal en la realización de cada uno. La posibilidad de construir, aunque sea solo en una pequeña parte tu proyecto de vida en lo familiar, profesional, creativo, de amistades… constituye un aliciente para vivir y para hacerlo de un modo más pleno, y eso incluso sin conseguirlo. Podría decirse, en broma, que es como jugar al mus para uno que empieza, lo mejor… y no te digo ya si gana alguna partida.

Nos libra del aburrimiento mayúsculo y mortal de escuchar solo ecos de lo que decimos

Pero la desigualdad es estupenda, mejor aún, en su dimensión social. No solo en su sentido negativo, en los males que evita, pero también por eso. De entrada, nos libra del aburrimiento mayúsculo y mortal de escuchar solo ecos de lo que decimos; o , peor aún, si solo pudiéramos pronunciar los ecos de otros.

En sentido positivo, la desigualdad entre los seres humanos enriquece la vida social. Es más, hace posible la vida social más allá del oficio o tarea que nos asigne la comunidad. No somos abejas condenadas biológicamente a ser reinas (una sola); zánganos que dedican su vida a participar en una única carrera en la que solo uno “gana” y muere a continuación igualmente; ni obreras que se afanan en mantener a los otros dos grupos para poder sobrevivir con los aportes de la reina.

Convivir con personas de gustos diferentes a los nuestros enriquece el conjunto. Hace posible que se pongan en marcha iniciativas muy diferentes que dan una variedad grande a las ciudades. Unas nos gustarán y otras no; pero sobre todo la mayor parte ni se nos hubieran pasado por la cabeza y todos se hubieran perdido la aportación original que hace mejor el conjunto.

La diversidad, y para mi es lo más importante, favorece el diálogo. En realidad lo hace posible, porque ver que todos coinciden en lo mismo es aburridísmo, aunque puede desde luego reconfortar inicialmente y más si uno se siente parte de una minoría marginada y maltratada. Pero a medio plazo aquello no tiene sentido. Tenemos ideas diferentes sobre muchas cosas y dialogar sobre ellas ayuda primero a entendernos y a socializar más fuertemente al grupo. El diálogo se basa en la racionalidad del ser humano, aunque hay que procurar no herir susceptibilidades; pero no cabe si uno va solo a exponer su punto de vista y marcharse tan convencido o más de lo suyo. En realidad no es cuestión de cambiar de parecer sino de entender el parecer de los otros, aunque no se asuma desde luego.

Es verdad que la razón con frecuencia se pone al servicio del sentir y no pasa nada; pero en el fondo hay una aceptación recíproca del poco calado de los argumentos.

Se tolera por facilitar la convivencia. Hasta ahí llega a nivel social lo que en ámbito personal supone la llamada inteligencia emocional. No hay que mentir nunca, pero no hace falta decir la verdad siempre.

En este diálogo cultural y social los sentimientos suelen estropearlo todo. No porque sean malos; sino porque con frecuencia empiezan por ponerse por encima de la razón; siguen queriendo negar la realidad después y acaban inventándosela. En fin, cuando uno está enamorado da igual lo mala que sea tu novia y lo evidente e impepinable que esto resulte. Ante las pruebas patentes, todo se cierra en un ”pues yo la quiero así”. Y a partir de ahí la familia y los amigos solo tienen un camino: tener paciencia, procurar que no haya tragedias inevitables y morderse la lengua para al final, cuando todo se haya estropeado ya, para no soltar el inevitable “ya te lo decía yo”… y sujetarse los brazos para no darle un par de guantazos; porque aunque todos somos desiguales no hay nadie que sea más desigual que los demás.