Santiago Sanz Sanz – “Temple y castigo”

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Ya han pasado ciento setenta y cinco años desde la fundación del Cuerpo de la Guardia Civil. A principios de 2019, los resultados de los estudios realizados por Socio-métrica, entre otros, posicionaron a este Cuerpo, a la Policía y al Ejército, como las instituciones mejor valoradas por los españoles. Una vez más, la sociedad mantuvo ese reconocimiento a pesar de que en la actualidad ciertos sectores ideológicos manifiesten una clara animadversión contra quienes han decidido asumir la encomienda del orden como servidores públicos. Este verano, por ejemplo, se ha seguido tolerando el vilipendio sistemático perpetrado contra estos funcionarios, por parte de los grupos de militancia radical de siempre y sus novedosas “réplicas pijas” mediterráneas, muy aplicados todos ellos en la ejecución de las campañas de desprestigio permanentes y los aquelarres puntuales de odio; véase Alsasua, donde escenifican sus “performances” auspiciados por el lamentable beneplácito de sectores políticos y algunas instituciones regionales. Al mismo tiempo y no muy lejos de allí, se volvía a perfilar cierta apología del homenaje a criminales, exhibiendo impúdicamente por las calles, la simbología del escarnio de las víctimas, pero… dejando atrás todo ese empeño de generar un “apartheid” con los servidores públicos y sus familias en algunos lugares de España, donde por cierto, ya sólo ellos representan a las instituciones de ámbito nacional, consuela saber que es la propia sociedad española la que año tras año ha venido reivindicando esa conjunción inseparable entre todos sus miembros y es justo esa la línea, la del reconocimiento y homenaje a todos estos Cuerpos, la vía para contar ciertos detalles desde el anecdotario y su óptica más amable, que nos pueda servir para descifrar parte de la idiosincrasia de estos y entender el temple que les caracteriza.

Un sencillo suceso acaecido en el Congreso de los Diputados los pasados días del debate de la fallida investidura, hizo que recordase algún que otro episodio anterior de circunstancias o protagonistas parecidos y una anécdota de carácter histórico acompañada de cierta moraleja con su correspondiente contenido pedagógico. Contaba la periodista Antía André en su cuenta de Twitter la conversación entre una diputada y la policía. Relataba que estando en el Congreso, se dirigió una policía a una señora diciéndole: “por favor, no bloquee el paso”, obteniendo como única respuesta un rotundo “soy diputada”, que a su vez fue respondido por la funcionaria con un sereno “muy bien, no bloquee el paso”, quedando de esta manera exquisita y concisa la conversación finiquitada. Automáticamente, recordé aquella otra diputada que apelando a sus mal entendidos privilegios, protagonizó un agrio y polémico episodio de enfrentamiento, con los Guardias Civiles encargados de la seguridad del aeropuerto y del resto de viajeros. Pero de “esta” no voy a hablar para poder continuar por el lado más amable de la anécdota; así que sin más preámbulos, paso a relatar la primera y la más significativa de todas ellas.

Corría el año 1850 y la Guardia Civil llevaba sólo unos pocos años sufriendo las emboscadas por los peligrosos caminos de su naciente currículum de servicio, cuando le fue adjudicado al Cuerpo la coordinación del dispositivo de seguridad el día de la inauguración del Teatro Real con la asistencia de la Reina. Se movilizó entonces una sección de caballería completa con la encomienda de cortar las calles adyacentes, quedando un cabo como responsable de evitar el paso por una de ellas. Al llegar un carruaje hasta su altura, este informó de la imposibilidad de continuar por esa calle y el conductor, haciendo caso omiso, le observó enérgicamente que dejase el paso franco al carruaje debido a la altura “del personaje”. Una vez informado de quién era el interesado, nada menos que Narváez, presidente del Gobierno, el Guardia Civil no cedió por ello, replicando con buen temple, que solo se debía a las órdenes que le habían encomendado y que el paso estaba cerrado.

Narváez, debió de ver muy claro que no le quedaba más remedio que ajustarse al protocolo de seguridad para llegar hasta el teatro, y hacerlo además sin más privilegios que el resto, que retrocedió muy enojado con la intención de corresponderle al Guardia Civil con una buena revancha. Una vez dentro del teatro, localizó personalmente al Duque de Ahumada, fundador y responsable por entonces del Cuerpo, para comunicarle su deseo explícito de aplicar al Guardia una buena represalia. El Duque, después de haberse informado del suceso y en consecuencia con el rigor del Cuerpo, le hizo saber a Narváez con el mismo temple del cabo, cuál era la orden y lo correcto que se había actuado en su cumplimiento. Ahí no debió quedar la cosa, porque al cabo de un momento, ya le habían ordenado al Director del Cuerpo el inmediato traslado del cabo fuera de la capital del Reino. Al día siguiente, entró el Duque de Ahumada en el despacho de Narváez con dos documentos; la orden de traslado del Guardia Civil y su propia dimisión en el cargo.

Seguramente que Narváez, impresionado por el gesto, destruyó ambos escritos comprendiendo el objetivo de máxima integridad para el servicio, con el que la Institución se había erigido, evitándose así, que el incipiente prestigio del Cuerpo se viese pisoteado a las primeras de cambio, por aquellos que deben de dar ejemplo de lealtad y de respeto… y justo por ahí, 169 años después, deberían seguir yendo los tiros y ojalá que más de un@, de vez en cuando, se diese por aludido.