Santiago Sanz Sanz – “Quien a buen árbol se arrima”

Uno nunca siente que está en la edad de recibir malas noticias. Ningún momento es el más adecuado para ello y aunque hay procesos de la vida en los que por los tiempos marcados y lo que estos llevan de acarreo, podemos caer en el pensamiento equivocado de estar más o mejor preparados para recibirlas, no es así. Incluso en aquellos trágicos finales que desde la racionalidad y la terrible resignación deban esperarse o pudieran sentirse probables, nunca habrá pérdida y sentimiento con matices para el momento del trágico desenlace. Como en todas aquellas ocasiones en las que tras una titánica batalla contra diagnósticos fatales y aferrándose a esperanzas imprecisas, nos han ido abandonando algunos buenos amigos, dejándonos como legado toda una lección de vida.

En uno de esos procesos encadenados de comunicación con los que suelen difundirse las malas noticias, tuve una conversación telefónica con una amiga de la infancia que vive en medio “del Camino” y que suele recibir la visita y la compañía de los peregrinos. Después de mantener una plática bastante emotiva, mi amiga, que tiene una conciencia especial con la naturaleza y observo que vive en un coherente proyecto de integración en ella, me transmitió la idea de plantar árboles como recuerdo por los amigos desaparecidos. Imaginé después, que quizás con unas características que pudiesen sugerir ciertos rasgos de la personalidad, la apariencia o simplemente como elementos vivos para recordar a aquellos de cuya compañía nos hemos visto privados por las circunstancias trágicas de la vida. Al cabo de un rato, eran muchas las analogías que me rondaban por la cabeza. Imaginaba “robles colosales” con la enorme fortaleza de aquellos que pese a su salud maltrecha, fueron siempre y son un recuerdo de cariño, alegría y que sin pretenderlo, nos enseñaron la manera de entender la vida con una actitud positiva… también visualicé mentalmente los paisajes del monte de mi pueblo y pensando en la dureza y prestaciones de algunas de sus “magníficas” encinas, quiero pensar, que cabe la posibilidad de que en alguna de ellas hubiese podido terminar mimetizándose el espíritu de algún hombre que encontró en el monte una relación de apego y en el día a día parte de su sustento… y es que no va nada desencaminada mi amiga con su pensamiento y sensibilidad acerca de que hombre y árbol mantienen una especial sintonía que a veces se pone de manifiesto como en la ciudad de Ámsterdam, por ejemplo, donde no hace muchos días se comprometieron a plantar un árbol por cada nuevo nacimiento. Más allá de pensar que la conciencia natural y la búsqueda imperiosa de sostenimiento es algo acorde con los nuevos tiempos, deberíamos recordar que la fascinación por los árboles y el compromiso con ellos es una esencia olvidada que heredamos de nuestros ancestros y hemos apartado durante cientos de años por esa inercia de un mal entendido progreso. Los pueblos antiguos, independientemente de su escaso ejercicio destructivo, mantenían un especial equilibrio trasladando a los árboles cierto carácter divino como morada de deidades y lógicamente por el aporte práctico y utilidad generosa que les brindaban. Incluso el reflejo interpretativo que muchos de esos pueblos podían tener a la hora de percibir su cosmos particular, quedaba simbolizado en los propios árboles como conectores dimensionales desde sus copas con lo aéreo y celestial hasta el suelo, con un inframundo desconocido por donde extender sus raíces. Todas esas creencias culturales pudieron ir dejando su huella arbórea explícita en sociedades posteriores y también de la mano de las nuevas creencias. “El árbol de la vida” refleja la universalidad de todas ellas con sutiles diferencias interpretativas acerca de su simbología, pero coincidiendo en una metáfora de la propia vida desde el nacimiento, pasando por el crecimiento, hasta el desarrollo personal o impregnando de significación religiosa y naturaleza con la presencia totémica de algunos de ellos en el escenario de encuentro y reunión social; los árboles junteros: olmas, álamos, encinas y robles viejos, se convirtieron en marcos naturales donde impartir justicia, hacer tratos y llegar a acuerdos. “Quienes cortan o destruyen árboles, facen maldad conocida” rezaban “las siete partidas” de Alfonso X el Sabio, quizás entendiendo que al igual que las personas, los árboles puedan suscitar algún tipo de sentimiento con el consiguiente vínculo emocional que lleva impreso… por ejemplo ¿quiénes no van a sentir la necesidad de abrazarlos -o de verlos- si nos vemos encaminados a un nuevo confinamiento? Echando de menos a ambos, me refiero, a los árboles y a los amigos… sobre todo a los “buenos”.