Santiago Sanz Sanz – “Grados en intolerancia”

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Las universidades pueden ser un buen reflejo del verdadero estado de las relaciones entre los individuos de una sociedad. Podría entenderse un panorama saludable para esta, cuando desde los campus surgiesen iniciativas humanistas y vanguardistas en todos los ámbitos; propuestas solidarias, socialmente transformadoras y siempre desde un contexto participativo, plural, libre e incluyente, con vocación de hacerse extensivo al resto de la sociedad, para subsanar con ello, algunos defectos y carencias del sistema democrático, mientras que este, a su vez, debería velar por la independencia de las instituciones universitarias, de manera que se garantice la formación en libertad de los individuos, su espíritu crítico y su conciencia ciudadana… pero no siempre es así. Son muchos los ejemplos de la historia moderna en los que una sombra de intolerancia ha oscurecido el ámbito universitario. Podemos ver algunos ejemplos, empezando por los foráneos, antes de darle a la retrospectiva un toque más doméstico:

Viena, Finales de 1938, grupos de jóvenes uniformados del partido nazi se apoderan de las calles y de las instituciones impidiendo la entrada en la universidad de Viena a los alumnos judíos. En Arkansas, más de diez años después del final de una guerra mundial que Hollywood nos mostró a lo largo del siglo, como la lucha contra la intolerancia del fascismo, sucede un episodio de segregación similar, cuando los reservistas de la Guardia Nacional fueron movilizados por el Gobernador del Estado para impedir el acceso a la universidad de nueve alumnos negros. Lo mismo sucedería años más tarde en Alabama, en aquella famosa y mediática “parada en la puerta de la escuela”.

Años 80´s, España ya es un Estado pleno de Derecho, pero en el País Vasco empieza el éxodo y la “docencia en el exilio” para muchos profesores y alumnos de las universidades que por su ideología o simplemente por no permanecer callados ante el pensamiento único nacionalista, empiezan a ser acosados por el activismo abertzale y amenazados de muerte por la banda terrorista ETA. Finales de los 90´s, profesores como Francisco Tomás y Valiente en Madrid y Ernest Lluch en Barcelona, son asesinados por esta banda terrorista.

Hoy, en la España del siglo XXI, la intolerancia está violentando los campus catalanes y presiona a la docencia. Actúa con las consignas de la irracionalidad que se manifiestan manejando discursos de tintes supremacistas, que agitan el cóctel explosivo de la independencia al servicio de causas espurias perversas. Y esta “distorsión de la normalidad democrática de la vida académica”, hace muchos años ya que la llevan padeciendo jóvenes y docentes del mundo universitario, y públicamente lo denunciaron el pasado martes en Bruselas. Como ya sucedió en el País Vasco, hoy en Cataluña a un grupo de valientes sin mucho respaldo público, porque el miedo es libre, pero con una superioridad aplastante cuando se exponen los argumentos, los valores y se ponen los atributos encima de la mesa, les toca defenderse a diario de la intolerancia del pensamiento único y del acoso que desde hace tiempo vienen padeciendo por culpa de esos mismos encapuchados que de vez en cuando bloquean los accesos de los campus. Este activismo de “capucha y camisa parda” empecinado en su esfuerzo de cercenar los derechos y libertades del resto de estudiantes, recibe la complacencia de los órganos de dirección de las universidades, culminándose así el propio secuestro de las instituciones mientras se aprietan las filas de la uniformidad de pensamiento. Sin el previo consenso de los claustros, las rectorías y administraciones académicas no han tardado en emitir sus comunicados de apoyo al “procés”, cuestionando con ellos las sentencias judiciales, la separación de poderes y el propio Estado de Derecho (las desafortunadas declaraciones del presidente están facilitando eso). Mientras, por afinidad ideológica con la causa secesionista, por cobardía o por falta de empatía con los miles de estudiantes y profesores afectados en sus derechos, las instituciones académicas se doblegan a la presiones políticas, a la propaganda de medios como TV3 (que ya parece tele-Otegui) y a la presencia de todos esos colectivos independentistas, sean o no violentos. Ceden hasta el extremo de facilitar escenarios escolares de máxima flexibilidad para que quienes participen en revueltas de odio o escraches furibundos, como el que sufrieron algunos de los invitados a los actos de la Fundación Princesa de Gerona, consigan así la disponibilidad y las primeras compensaciones por servir en las fuerzas de choque de la causa. Esto, de alguna manera recuerda a aquella polémica sobre la Universidad Pública Vasca, en la que presuntamente se falsificaron o se facilitaron las matrículas universitarias para los etarras, y que estos así redujeran las condenas.

Seguimos pagando las consecuencias de la dejadez de los gobiernos y del paraguas permisivo de una sociedad durante décadas contemplativa, aletargada y dispuesta a normalizarlo todo con el aliño desdramatizado del progresismo y el enfoque templado de muchos medios informativos. Empeñados todos en ponernos del perfil de lo políticamente correcto, observamos cómo la brisa espesa de la intolerancia circula por los pasillos de algunas universidades sin freno, sabiendo que con el tiempo, traerán “grados en odio” sin remedio. Porque no olvidemos que la Universidad siempre será un reflejo de la propia sociedad que la integra; de su pluralidad de pensamiento o del pensamiento único y perverso, de su bienestar social o de su realidad enferma.