Santiago Sanz Sanz – El agostado corazón del nordeste

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De manera inconsciente solemos retener postales o instantáneas de algunos lugares en nuestros particulares álbumes mentales. Permanecer cautivado por la contemplación de un paisaje y dedicarle de esa forma un instante pausado, le propiciará un espacio de cierta relevancia en nuestra memoria. Muchos de estos espacios evocados no tienen necesariamente que corresponderse con lugares exóticos o alejados, en ocasiones responden simplemente a lugares más cercanos y por lo tanto susceptibles de volver a ser contemplados fácilmente; en este caso y ya que estamos en verano, podríamos hacerlo aprovechando “la ineludible cita con nuestros respectivos pueblos” para recorrer y visitar, por ejemplo, el nordeste segoviano y alguno de sus bellos parajes.

Hay zonas de la provincia muy conocidas y frecuentadas, sin embargo otras que no están tan alejadas de los primeras, no lo son tanto. La peculiaridad de la extensa comarca del Nordeste, favorece con su variada orografía la exhibición de diferentes paisajes que podemos disfrutar en alternancia, de ese modo nos alejamos de la previsible monotonía que puede suponer el llano pincelado por los cultivos agostados, o los verdes atenuados de los frondosos bosques de roble y encina aptos para monterías y antiguamente frecuentados por afanados carboneros.

Las intercaladas estampas del Nordeste se van sucediendo desde la venteada Serrezuela de Pradales hasta las sierras de Ayllón, Somosierra y las últimas estribaciones del Guadarrama. Todo ese espacio a su vez está flanqueado por dos de los ríos segovianos que cada año fluyen horadando profundas cicatrices en la caliza de sus cuencas, que no son otro escenario que los conocidos enclaves de los ríos Duratón y Riaza, espacios naturales y paisajísticos referencia de la provincia. Pero algo más que todo eso abarca la comarca; me refiero a los enfoques subjetivos de esas instantáneas acumuladas mentalmente y que en mi caso sucede de manera recurrente con una campiña situada en el Nordeste, exactamente en lo que podría considerarse “su corazón geográfico”.

Desde los términos de monte y piedra de Moral o de Carabias, aprovechando la pendiente favorable de la Serrezuela, se atraviesa el término completo de Cedillo de la Torre; un monte espeso y extenso hasta llegar casi al mismo pueblo y después, al final de tan larga cuesta, toca una pequeña remontada hasta encumbrar el cerro de San Juan, donde las ruinas de la ermita del mismo nombre, se han convertido en un improvisado mirador de privilegio. Desde allí se domina toda esa campiña y se disfruta de una panorámica de cuadrícula irregular; como una especie de tablero donde las fichas, en este caso “pacas” o “alpacas”, que en Segovia se admiten los dos términos, permanecen apiladas sobre las parcelas recién segadas como dorados baluartes estratégicamente situados. Algunas tierras esgrafiadas con surcos de arado, nos muestran los ocres terrosos del lienzo vivo, junto a otras que lucen un verde intenso punteado de girasol amarillo, antes de que este, agote su ciclo cabizbajo y resignado. Alguna chopera alta y entre las lindes, las marcadas líneas de los extenuados arroyos que siguen verdeando hileras de arbustos y puntuales árboles de rivera. Todo, “ordenadamente diseminado” a ambos lados de una larga recta, tramo final de la comarcal SG-V-9161, que propicia los caminos que conectan entre otros, los campos de cultivo de Cedillo, Pajarejos, Bercimuel, Fresno y Grajera, mientras señala hacia el sur los verdes tupidos del pie de monte, que desde la vista de San Juan, parecen estar enmarcados por los verdes azulados de la sierra. Un horizonte en el que por momentos, se podría sentir la coherencia mágica de una España casi vacía sin la masiva y estacional afluencia veraniega, donde se pueden ver todavía las bandadas de jilgueros pimpolleando por las cunetas o algún corzo, estático y curioso, oteando precavido en función de la dirección de los vientos que delaten nuestra presencia.

Una bucólica y habitual estampa de verano de un paisaje certificado desde hace siglos por la huella del trabajo del hombre y explícito por sí mismo. Un paisaje característico, como muchos otros enclaves castellanos, que forman parte de nuestros recuerdos y que en ocasiones, puede que los tengamos en nuestra retentiva un poco idealizados pero solo con visualizarlos, nos traerán a la memoria muchas de las personas, momentos y pensamientos que de igual manera permanecen ligados a ellos. Paisajes en definitiva, que como recuerdos que son, forman parte de nuestra propia esencia o de nuestros propios vínculos que a su vez, son el argumento de que somos todo aquello que hemos vivido y al contemplar esos lugares de nuevo, por qué no, estaremos reencontrándonos con una parte de nosotros mismos.