Santiago Sanz Sanz – 30 minutos

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Quedémonos simplemente con lo bueno de una sencilla historia de los primeros días de confinamiento…

Al vecino del ático le parecía que hacía ya un siglo del inicio del confinamiento y en ocasiones, había dejado de utilizar el ascensor para subir o bajar de casa. En general, no se crean que eran muchas las salidas alternadas que realizaba a la calle para poder comprar algunas cosas que se necesitasen. Era su turno, decía y cuando estaba bajando el primer tramo de escalera, se encontró con “Chispi”, el perro de los vecinos, que estaba tumbado al fresco en uno de los rellanos. Estaba el animal totalmente “despatarrado” y con la lengua fuera, jadeando, mientras alguien de la familia le llamaba a voces desde la puerta… “pobre”, pensó; son siete en esa casa y él se ha convertido en “el testigo” de una especie de prueba de relevos. La coartada perfecta para el paseo diario de cada uno de ellos. Con los años de “Chispi” y con el dinamismo y energía de esos chavales, ya le estaba compadeciendo. Antes de esquivarlo, se agachó y le frotó el entrecejo con dos dedos mientras le fue rogando a San Antón, patrón de los perros, que de los hermanos que quedasen en la peculiar “prueba” de relevos, no fuese el “runner” de la familia alguno de ellos ¡Pobres animalejos! Terminó de bajar las escaleras y pasó frente a los buzones y la verdad, ni esperaba carta, ni la quería, así que ni miró el correo, para “lo que nos queda en el convento”, pensaría. Sé que parece derrotista el planteamiento, pero es que hay momentos en que con el bombardeo de “fakes news”, memes, noticias imprecisas y tanto desconcierto, al del ático la perspectiva se le tuerce un poco y de cada cien palabras que dice, ochenta y pico, suelen ser lamentos, o si no, que le pregunten a la mujer que pacientemente le aguanta, mucho más precisa en todo eso del recuento. En el umbral del portal, y no precisamente saliendo, estaba el grupo de amigas, que habían trasladado la tertulia habitual de la “caña del aperitivo”, a un rutinario encuentro en el portal, justo en medio. Sin decir ni buenos días, pasó a través de ellas tosiendo tras su pañuelo y claro: de todo le dijeron. Se alejó murmurándoles y la verdad, no muy directo, “si es que no tenían casa para tener que estar dándole al pico ahí en medio”. Ya era la tercera vez que se las encontraba desde que había empezado el confinamiento.

Las aceras de la calle seguían manteniendo un tránsito de vecinos numeroso, aunque ahora, todas y todos, llevaban un nuevo complemento: el carro de la compra o la bolsa de plástico con la barra de pan de “attrezzo”. Se quedó mirando a uno de ellos. Ya son casi las doce y a las diez, que se asomó a la ventana del ático para fumarse un cigarrillo con la escusa de “ventilar un poco”, ya le estuvo viendo pasear. “Anda…Tira, tira”, le dijo al cruzársele, “que se te va a quedar el pan duro”, murmuró otra vez un poco para dentro.

Parado frente a una tienda, sacó la lista de la compra del bolsillo, la revisó y definió así cual iba a ser el recorrido: farmacia y súper. Las dos tenían cola en la puerta. Se fue entonces a la del súper, que le pareció más llevadera y desde el final de esta, escuchó la bronca de los Policías Urbanos a un tipo que iba en bicicleta. Con toda la parafernalia, no se crean: casco, gafas, guantes y pantalón ajustado, de la ONCE para más señas. La gente estuvo diciéndole de todo y el del ático sin girar siquiera la cabeza, repasaba la lista de nuevo pensando que “lo del carro” no hubiese sido tan mala idea. Una vez dentro del súper actúo con diligencia: caminado por los pasillos, ajustándose a lo apuntado y cogiendo dos “de cada”, bueno, depende de qué, cuatro. Después, pagando con la tarjeta a distancia, claro, nada de cash por el medio y finalmente, repartió la compra en dos bolsas de carga gemelas, una colgando de cada mano. De camino a la farmacia paró en la prensa, dejó un momento las bolsas en el suelo e introdujo un periódico en una de ellas, aquí sí pagó con unas monedas. A dos pasos estaba la puerta de la farmacia donde, desde lejos, preguntó si había mascarillas y la dependienta le hizo una negación de oreja a oreja. Pues nada, se fue de vuelta a casa. Ya en el portal, vio que ahí seguían las vecinas. Cuando se dispuso a pasar por el medio, cada una se fue rápidamente a un extremo. “Madre mía, qué reflejos” pensó y escaleras para arriba encaró el primer tramo con paso lento. En uno de los rellanos, se detuvo frente a una puerta tras la que se oía una radio a todo volumen, colgó una de las bolsas de la compra en el tirador de la puerta, la que llevaba también el periódico en concreto y llamó varias veces al timbre. Esperó a que entre el ruido de la radio, se oyese acercarse por el pasillo algún seco y acompasado golpeo. Cuando ese compás se hizo audible y se percibió con claridad al otro lado de la puerta, se giró y tiró de nuevo para la escalera. Mientras, la puerta se abrió y un anciano de los que rondan los noventa, le gritó cogiendo la bolsa y levantando una muleta “¡pero dónde vas, a ver qué se te adeuda! y el del ático, subiendo despacio la escalera, le exclamó, “tranquilo vecino, ya tendremos tiempo de hacer cuentas.