San Lorenzo o la exaltación de la juventud

Cuando yo contaba con apenas 18 años, tuve el privilegio de asistir a dos conferencias impartidas en Madrid por Julio Caro Baroja, uno de los mayores sabios que ha dado el siglo XX español. Un hombre independiente como pocos intelectuales lo han sido, que hizo su carrera al margen del oficialismo de la universidad. Una reflexión vertida por el etnólogo configura el recuerdo más vivido en el poso de mi memoria, junto a la ilusión que me hizo la dedicatoria estampada en mi ejemplar del libro titulado “Los vascos”, editado por Istmo, un sello editorial de culto.

Muchas veces he recordado aquel comentario, relativo a la desconfianza del sobrino de Pío Baroja frente a la exaltación de la juventud. Este miembro ilustre de la dinastía barojiana mostraba su inquietud respecto a cómo muchos partidos y movimientos políticos, incluidos aquellos de corte autoritario en el violento siglo XX, reservaban una sección autónoma, dentro de la militancia, a sus juventudes.

La escasez de recursos realza el precio de los mismos. Tema principal como objeto de estudio de la Economía, disciplina aspirante a cierto rigor intelectual. De esta forma, una bajísima densidad de población en el territorio más vasto del planeta explica la tardanza de la Rusia zarista en abolir la servidumbre. La cuestión estaba clara: unos siervos escasos eran demasiado valiosos para la aristocracia terrateniente.

La escasez de jóvenes, criados como niños ultraprotegidos, bajo lo que en China denominan el “síndrome del pequeño emperador”, explica la exaltación de la juventud hasta límites insospechados en aquellos países más envejecidos, como son Japón y Corea del Sur, que comparten dicha condición demográfica con España. La calle de la Juventud es una arteria muy importante en Busán, la segunda metrópolis coreana; mientras, los barrios universitarios tienen una centralidad desbordante en Seúl.

En torno a un templo vinculado a la ancianidad, existe un barrio de Tokio donde se concentran establecimientos orientados a las personas mayores, desde pequeñas clínicas de rehabilitación hasta sombrererías en las que venden unos modelos muy característicos que portan tantas señoras niponas con una edad provecta.

Antes de visitar aquel enclave, le pregunté por el mismo a mi amiga Madoka, gran conocedora de su ciudad. Curiosa respuesta: “se trata del Harajuku de los viejos”. Harajuku es un barrio muy de moda entre los adolescentes. Por estas fechas, los muchachos pasean en grupitos, ataviados con disfraces para la fiesta de Halloween.

La existencia de un barrio de adolescentes refleja una singularidad extrema en una ciudad donde los distritos para jóvenes de Shinjuku y Shibuya adquieren preminencia casi absoluta en el mapa urbanita de Tokio.

Sí. El “Harajuku de los viejos”. El barrio vibrante de los adolescentes como vara de medir y explicar lo que era el barrio de los ancianos, mucho más decadente. En realidad, llama la atención la ausencia de los mayores en los principales centros urbanos de Tokio, donde quedan demasiadas escaleras no mecánicas en las estaciones de metro y tren de cercanías.

La celebración de la Fiesta de la Juventud en la Plaza de San Lorenzo, durante el pasado sábado 16 de octubre, me hizo recordar las palabras de Julio Caro Baroja, pronunciadas hace 35 años. Comparto sus temores ante la exaltación de la juventud.

Hordas de adolescentes y postadolescentes se encaminaban hacia el arrabal más populoso de la ciudad. Mozas en cuclillas que orinaban en el cruce de las calles de Antonio Coronel y Novillos. El estruendo de la música verbenera más allá de las dos de la mañana.

Todo un anticipo de las fiestas de San Lorenzo, propio de una cultura de pan y circo. Como el “hombre masa” de Ortega y Gasset, ¿no recordamos de dónde venimos? Con la que ha caído, ¿no se podía haber aplazado dicho festejo? ¿Era necesaria una catarsis atávica como la representada por la noche de San Juan para los antiguos celtas?

Las danzas de la muerte se burlaban de la parca en una Europa medieval diezmada por la Peste Negra. ¿La historia se repite? ¿Ya nos hemos olvidado de la “época enmascarada” en la que nos desenvolvemos? Los tapabocas que todavía condicionan nuestra cotidianeidad; el cierre perimetral de Castilla y León; y la prohibición de acceder al interior de bares y restaurantes hasta hace unos meses. ¿Dónde queda el respeto por el dolor y estrés postraumático de los perdedores de esa guerra llamada pandemia?

Han pasado unos días. Me cruzo con una joven segoviana. Y escucho el titular que centra la conversación que mantiene con una amiga por teléfono móvil. Le dice: “tengo ganas de salir, reír, bailar y emborracharme”. Sí; la fiesta y los botellones continuarán. Ya lo dice el refrán: “el muerto al hoyo; y el vivo al bollo”.