El extraño caso del Dr. Sánchez y Mr. Illa

Lo del gobierno Frankenstein, esa descripción tan expresiva de la amalgama forzada de muchos partidos, algunos insignificantes, fue una genial ocurrencia del astuto, para unos, o, inteligente, para otros, Rubalcaba, y, quizá, su mejor aportación al acervo cultural de nuestro país. Hay a quien le gusta valerse de tecnicismos psiquiátricos para aplicarlos a la política o para diagnosticar tal o cual enfermedad execrable de los líderes de los partidos. Es mucho más interesante y menos malintencionado este otro estilo que echa mano de recursos literarios, artísticos o historiográficos.

Alertados por el acierto de Rubalcaba, hay que reconocer que la mitología literaria decimonónica da mucho juego si se pretende caracterizar los planes, los comportamientos y las ocurrencias de esta generación de políticos. Por ejemplo, vayamos a Sánchez. Dejémonos de psicopatologías y de trastornos de personalidad: donde esté Stevenson que se quite lo demás. Nuestro Presidente no es ni narcisista, ni mentiroso. Lo que le pasa es que bebió hace ya tiempo del mejunje del doctor Jekyll y ahora vive disociado, es de día una cosa y de noche otra. Él, como Jekyll, ha intentado luchar contra su Hyde, el que no le dejaba dormir por las noches, pero ha acabado trabado por su encanto y sale con él y sus divertidos amigos en cuanto oscurece. Ahora, a su lado, duerme y gobierna tan a gusto, aunque el día y la noche equivalgan, en este caso, al antes y al después electoral. Le ofrecieron otras amistades, pero eran menos estupendas, más serias y aburridas. Qué vertiginoso y excitante jugar a modificar leyes para agrado de sus socios o a poner en tela de juicio el valor de las instituciones democráticas o a insinuar reformas constitucionales e indultos sin sentido, o a contar con ministros y vicepresidentes que reman a su aire, como si la barca no tuviera patrón o como si ellos, al tiempo, fueran y no fueran miembros del Gobierno. No hay nada como el botellón nocturno de los políticos Jekyll.

Pero la más delicada ocurrencia del doctor Sánchez, en el paroxismo de su pasión por lo escabroso, ha sido el nombramiento como ministro de Sanidad de un político catalán en el que ha debido ver la reproducción de su misma naturaleza. A Mr. Illa, venido de la oscuridad, le faltaba el doctorado, pero su ilustre mentor quiso dárselo por rebasamiento al hacerle doctor sobre doctores, es decir, Ministro de Sanidad. Había sido la titular hasta entonces María Luisa Carcedo, que, además de ser médico, acumulaba la experiencia de dos años en el ejercicio del cargo, al que había llegado tras desempeñar otros de importancia en la sanidad asturiana y en la política social general. Incluso, el Dr. Sánchez, al que a veces orienta su lado bueno, había roto con la tradición de confiar la Sanidad a ministros que no procedían de ella. Pero Sánchez, que mantuvo a otros muchos miembros de su primer gabinete, prefirió sustituirla por este nuevo e iluminado Dr.

¿Quién era el señor Illa? Probablemente, bien pocos lo sabían, pero, en cualquier caso, todos hemos ido sabiendo de qué va. Y es que también él es de los que han probado la pócima de la disociación. No me atengo estrictamente en esto a Stevenson. Aquí la maldad puede ser equivalente de la inoperancia. Mr. Illa tiene un lado amable, respetado por todos, que ha dado cierta legitimidad a su desconcertante doctorado: es, según dicen, educado y dialogante. Pero su lado oscuro le convierte en un ministro de sanidad esclarecedoramente incompetente. Por supuesto que no ha sido sólo él el que no ha sabido hacer frente a los retos de la pandemia y que de nada pueden presumir consejeros de sanidad como el de Madrid. Pero, ciñéndonos a su caso, ¿cómo puede haber desempeñado tan mal su cometido ministerial para que España, a mediados de enero de este año, fuera el décimo país del mundo en fallecidos y, lo que es aún peor, el cuarto de estos diez si se considera en proporción a su población?

Sin embargo, nada de esto parece haber perjudicado la carrera política de Illa. Bien al contrario, su maestría para desdoblarse se ha consolidado hasta tal punto que le permite ahora continuar siendo Ministro de Sanidad a la vez que iniciarse como candidato a la Presidencia de la Generalidad de Cataluña. ¿Debemos suponer que Cataluña va a tener la suerte de disfrutar de su lado bueno, ya que su Hyde se halla enredado en los vericuetos de la sanidad española? En eso parece que se basa la pretendida excelencia de su candidatura: allí, entre los catalanes, promete ser dialogante y abierto, un verdadero Dr. Jekyll, querido y respetado por todos. Pero, realmente, ¿será así? ¿No se esconderá detrás de esa imagen benévola alguna otra asechanza del hombrecillo inoperante que le habita? Porque no sólo de diálogo vive el hombre, sino también de los resultados y de la eficacia. Dialogar o hablar amigablemente puede ser un bien en sí mismo cuando no se espera de su ejercicio un resultado externo. Pero, si del diálogo se debe extraer una conclusión operativa, su papel es de medio o instrumento y exige que se deriven de él actuaciones que eviten daños mayores y que, ciertamente, hayan integrado y comprometido a todos y no sólo a los de la cuerda propia.

El Dr. Sánchez y Mr. Illa o, al revés, el Dr. Illa y Mr. Sánchez son el paradigma encarnado de esta España desnortada que nos ha tocado vivir, en la que lo mejor que se puede esperar de un político es que sea aparentemente conciliador, aunque los que hablan entre sí no estén a la altura de lo que se traen entre manos o no sepan en qué consiste la dinámica de los acuerdos. No se suele reparar en que Stevenson, al final del relato del que me he servido, desplaza su interés desde la dualidad hacia la multiplicidad de las identidades. Y, quizá, esa dispersión de la identidad nacional y social que caracteriza a nuestro país sea lo que explique el éxito de los políticos personalmente dispersos y contradictorios. Sánchez e Illa no son sólo hombres de dos caras, sino que sobre ellos se proyectan todas las caras que resultan de las fracturas de nuestra convivencia.