San Frutos y sincretismo cultural

La fiesta de san Frutos justifica hacer dos consideraciones: la primera relacionada con sus orígenes y sentido y la segunda sólo comprensible desde la historia cultural; la primera es una visión religiosa del santo segoviano contemplada por los católicos; y en cuanto a la segunda, se trata de una mirada sincretista y cultural que puede ser estudiada desde ámbitos culturales y políticos.

Ejemplo de esta distinción entre una y otra visión puede contemplarse este año con la celebración del villancico de san Frutos fuera de un entorno religioso. Durante los años pasados el villancico se rezaba en la catedral; este año se canta en un ámbito de sincretismo cultural, organizado por el poder político.

San Frutos abandonó la comodidad de su ciudad y de su ambiente familiar y se retiró al éremo del Duratón, movido por la inspiración religiosa y poder contemplar a Dios desde el silencio y una vida enraizada en la naturaleza. Para Frutos, siervo fiel y prudente, Dios, la creación y la humanidad estaban interrelacionados. Todo lo entendía desde Dios y ayuda a los pobres.

Sin embargo, el sincretismo cultural es un proceso, generalmente espontáneo y en ocasiones nacido por intereses, consecuencia de los intercambios culturales entre los diversas culturas. En algunos casos, se debe a una intervención oficial, ayuntamientos o poderes ideológicos, como sucedió con el dios Serapis.

Es una tendencia con la que se intenta superar una situación de crisis cultural o religiosa producida por la colisión de dos o más concepciones de un acontecimiento religioso o por dos tradiciones diferentes: una religiosa y otra atea propia del laicismo de la sociedad actual. Es un intento por conseguir que dos o más tradiciones culturales diferentes sean capaces de crear un ámbito de cohabitación en armonía: esto sucede, por ejemplo, cuando una autoridad civil quiere presidir la misa del pueblo, dirigir la procesión del santo o protagonizar el canto religioso del villancico de san Frutos.

Para entender su profundidad debemos distinguir previamente entre la experiencia religiosa de los católicos y la experiencia cultural del pueblo. Se sabe que la esencia de una religión no se encuentra en la forma de un rito o en su ornamentación, sino en su significación: en no confundir los gestos con lo que significan.

De esta manera, el sincretismo no es un proceso automático fruto del diálogo o de una puesta en común. La realización del sincretismo religioso no surge del acuerdo entre una entidad religiosa y otra social o política, sino de la cohabitación y a veces de la imposición por parte del poder. El momento en el que dos culturas diferentes se encuentran cara a cara nacen continuos conflictos.

Durante la acomodación de la postura religiosa y la laica no se producen cambios en ninguna de las tradiciones: la religiosa y la política. Se produce un ajuste exterior, que se puede efectuar de forma rápida, ordinariamente impuesta por el poder político, pero no supone un paso sólido. Se pueden producir cambios exteriores, pero los individuos intentarán conservar los valores de su cultura y tradición originales.

Pero, el objetivo último del sincretismo es alcanzar la asimilación religiosa, y por ello siempre es necesaria la acomodación. La acomodación permite al individuo vivir dentro de un nuevo mundo plural como en un ámbito propio. Se podría decir que la asimilación necesita de una convivencia natural con las nuevas culturas.

El sincretismo cultural y religioso es uno de los grandes enemigos de la religión, sea cristiana, judía o islámica. Es más, el mundo islámico no permite ningún tipo de sincretismo como puede observarse en su relación con cualquier tipo de caricatura que se quiera hacer de sus signos sagrados. En las otras religiones, el sincretismo religioso y cultural desdibuja la identidad y pureza del cristianismo y del judaísmo.

La imagen y la fiesta de san Frutos serán desdibujadas y ajadas si solamente se queda en ‘el paso de la hoja’, en la cata de ‘las sopas de ajo’ o en ‘la caza de gorriones’. Saber distinguir y relacionar estas tradiciones y la fiesta de san Frutos engrandece la tradición; pero utilizarla por razones turísticas, políticas o de otra índole es el comienzo de la desaparición de la esencia de la fiesta de san Frutos.