Saltarse una generación

En una España escolar en la que los años se contaban por cursos, ellos habían nacido casi todos durante el 1957-58. Eran la mayoría hijos de emigrantes andaluces, manchegos, extremeños y algunos de León, Zamora, Palencia y Asturias. Incluso algún que otro le había dado tiempo a nacer allí. La vida les juntó en un barrio con otros centenares de miles y no se sabe bien qué motivo común, probablemente ninguno, les puso en la misma aula, del mismo colegio, en un cerro (el de Pío Felipe) que pasó de ser extremo de las afueras de Vallecas a punto intermedio entre este barrio y el ‘moderno’ Moratalaz, que se levantaba al otro lado de lo que luego sería la Autopista de Valencia.

Ahora comienza a jubilarse una parte. Incluso lo ponen en su Facebook sin vergüenza. Otros aguantan a pie de cañón. Son resistentes forzados, unos felices, otros no tanto. A unos pocos les parece dar vergüenza una parte de su pasado: como si algunos de los ‘dóndes’ de los que partieron, o transitaron, pesara demasiado en su presente más o menos triunfante. La vanidad es el origen más común del sentirse menos en algo.

No sé si lo saben, si son conscientes de ello, pero ese curso, esa generación que representa, ha sido protagonista del mayor salto biológico y mental que se ha producido en el pasado próximo de nuestro país. Nada más y nada menos que se saltaron a la torera una generación. Se encontraron de golpe y porrazo (que de todo hubo), mientras cumplían sus veinte y sus treinta años, ocupando puestos y responsabilidades que, al ritmo que seguía hasta entonces la vida, hubiera correspondido a sus hijos. Dicho de otro modo: vivieron la vida que hubieran tenido sus vástagos si ellos no hubieran acelerado la historia.

Para ser alguien en España, hasta los años treinta, tenías que haber nacido en el reducido círculo de unas cinco mil familias (con alguna excepción como siempre): la aristocracia de la sangre, del dinero y de la cultura. En los años cuarenta nacieron los que incorporaron al protagonismo histórico las clases medias. Los hijos de las clases bajas que nacieron en los cincuenta en alguna de las grandes ciudades españolas decididas a modernizarse (Madrid, Barcelona, Valencia y Bilbao) tuvieron la oportunidad de los chicos de aquella promoción de Tajamar.

En algunos casos sus padres ya mostraban trazas de inquietud. Pluriempleados en jornadas agotadoras que permitían sacar a su familia de cuchitriles a pisos modestos; albañiles que se ponían al frente de una cuadrilla que transformaron en pequeña constructora; madres que completaban con trabajos en el hogar los sueldos magros de sus maridos para que los hijos pudieran evitar el trabajar por ir a la universidad al cumplir los 17 años; ropas heredadas…

La diferencia entre los que dieron el brinco y los que siguieron el ritmo del transcurrir trotón de aquellos tiempos dependió, en buena parte, de que acudieran a un buen centro educativo. Y para los pobres, que necesitaban que fueran gratis o casi, esos centros eran pocos. En Vallecas, con trescientos mil habitantes, un instituto estatal (el Tirso de Molina) y Tajamar. Y el empeño empezaba enseguida: con largas caminatas hacia los descampados, que se iban llenando de casas, o viajes en metro que acababan en la línea 1 de manera indefectible.

La educación ha sido probablemente el sector que más ha crecido en nuestro país desde aquellos tiempos de analfabetismo e incultura galopantes

Al repasar la lista incompleta que me he hecho de aquella clase me llama la atención que salgan varios profesores: de enseñanza media y de universidad. A eso se dedican Antonio (en la Escuela de Montes), Joseja (en Comunicación), Mariano (en Geológicas), Vidal, Pedro, Maxi, Andrés, Serafín, Nacho (antes de ordenarse sacerdote con cincuenta bien cumplidos) y el otro Antonio (que murió de cáncer hace ya algunos años). No es extraño: la educación ha sido probablemente el sector que más ha crecido en nuestro país desde aquellos tiempos de analfabetismo e incultura galopantes.

El otro factor diferenciador ha sido el crecimiento empresarial y el establecimiento de una capa amplia de directivos capaces, bien en grandes empresas (de las del IBEX) o de las medianas que generan empleo a manos llenas con muchos sumandos, aunque no sean grandes. En las primeras se situaron Alfonso, Rufo, Raúl, El Lobo, Alfredo; en las otras Félix, El Checa, Julián y Jorge antes de hacerse cura (también con cincuenta más o menos).

Y en medio profesionales, unos nuevos y otros viejos: psiquiatras como Antonio; controlador aéreo como Manolo (ya fallecido de cáncer también); jugador profesional de balonmano como Rafa (luego entrenador y profesor también); especialista en juguetes antiguos y belenes como Juan Pablo; traductores de la Unión Europea, pero sobre todo novelista y antes dirigente verde en Alemania (como José Ramón, ahora Pepe de nombre artístico); Juan Carlos, excelente fotógrafo… y vaya usted a saber cuantos y quienes más. La memoria no da para tanta exactitud y amplitud, por mucho que digan que los viejos recordamos bien el pasado y no nos acabamos de situar en el presente.

A su alrededor sus compañeros de generación no se quedaban atrás. Sencillamente no crecían a su ritmo. No fueron, no son, unos ‘desclasados’ como un pobre idiota me dijo una vez. Me gusta pensar que tenían una visión más amplia de las cosas, de la vida, del país. Quizá eso les permitió prever mejor sus trayectorias, vivir con mayor intensidad en sus entornos.. y espero que disfrutar al mirar atrás. No por nostalgia bobalicona, sino por ser protagonistas de modestas, pero reales, hazañas vitales. Y por seguir en ello claro.


(*) Catedrático de Universidad.