Saber perder y saber cambiar a tiempo

Las elecciones de 1960 fueron extraordinariamente reñidas. No se había conocido nada igual desde 1916; fueron mínimas las diferencias en voto popular y en delegados; todavía hoy no está claro si la mano o el bolsillo de Joe Kennedy hicieron de las suyas. Es en lo que confiaba la editora del New York Times, Turner Catledge, ante el anuncio de su periódico de que era John F. Kennedy frente a Nixon el presidente elegido. Temía Catledge repetir el bochorno del Chicago Tribune, que hacía unos años había publicado el equivocado titular proclamando la victoria de Thomas E. Dewey ante el entonces presidente Truman. Por eso confiaba en que papá Kennedy hubiera hecho de las suyas en algún distrito dudoso. Todo fuera por no desperdiciar un titular. La realidad parece indicar que si se hubieran contado todos los votos, sobre todo en California, las cosas podrían haber sido distintas. El caso es que Nixon no reconoció la victoria de JFK hasta la tarde del miércoles 9 de noviembre. Pero la reconoció. A partir de ahí, nadie discutió la legitimidad de Kennedy. Hoy solo se pueden realizar especulaciones históricas sobre lo que pudo haber pasado de investigarse todo el proceso electoral.

A raíz de lo sucedido ese año, Theodore White escribe un libro muy significativo: The making of a president. Es muy interesante lo que cuenta sobre la figura de Kennedy y su predestinado camino hacia la Casa Blanca. Me quedo, sin embargo, con su reseña sobre la transición pacífica que hicieron esos dos animales políticos, típicamente americanos, pero tan distintos, que fueron JFK y Nixon. A pesar de lo poco que congeniaban personalmente; a pesar de lo ajustado del resultado; a pesar de las sombras que el patriarca irlandés había dejado en el proceso. Estas son sus palabras: “Héroes y filósofos; hombres valientes y viles, desde Roma y Atenas han intentado que este particular traspaso de poder funcione de manera efectiva; ningún pueblo lo ha hecho con más éxito o durante más tiempo que los estadounidenses”.

El tiempo pasa de una manera inevitable y parece que White no contaba con la existencia futura de Donald Trump. La verdad es que este hombre tiene la virtud de trastocar todos los lugares comunes. Sean cuales sean. Cuando escribo estas líneas la CNN anuncia que los jueces acaban de rechazar las primeras demandas de Trump para detener el escrutinio en aquellos Estados con alto porcentaje de voto por correo. Los partidarios del presidente no cejan en su presencia en las calles, sin tener en cuenta que en una democracia madura la calle nunca tienen razón. La calle adquiere legitimidad en las dictaduras y en las autocracias, no en un Estado de Derecho. Y lo que digo vale para estos casos como para adjetivar a aquellos manifestantes que no quisieron aceptar el resultado del 2016, y que incluso pretendieron boicotear la toma de posesión del nuevo presidente una tarde de enero del 2017.

Dicho esto, EE.UU. requiere una meditada pero inexcusable reforma de su proceso electoral. Es un caos difícilmente comprensible incluso para los ciudadanos americanos. Ya no me refiero solo al hecho de que un candidato —Hillary Clinton— pueda obtener tres millones más de votos que otro —Donald Trump— y perder las elecciones, sino a la absoluta diversidad que existe entre Estados a la hora de establecer unos procedimientos con que acudir a las urnas. Como ciudadanos que beben de la tradición anglosajona, son reacios al cambio en materia política. Pero hay unas reliquias que en época de tribulaciones acentúan la inseguridad. La más destacada es el colegio electoral. El presidente no es elegido por los votos populares sino por los votos electorales de cada Estado. El vencedor, aunque lo sea por una papeleta, se lleva el total de votos de cada colegio, salvo en dos Estados, Maine y Nebraska, cuyo sistema no es el mayoritario sino el proporcional.

Pero si ese proceso es el más conocido, el que verdaderamente es significativo a efectos prácticos es el que permite a cada Estado libertad casi absoluta para establecer el procedimiento electoral: desde las características de las papeletas hasta el dibujo interno de las circunscripciones electorales y distritos o la eliminación del censo de aquellos votantes que no hayan ejercido su derecho en un determinado tiempo. O sobre el voto por correo y el momento de su recuento, que es en donde estamos. De esos polvos vienen parte de los lodos que estos momentos afean a la más antigua democracia del planeta. El resto del barro ya se sabe quién lo amasa. Es muy difícil, no obstante, que las cosas cambien. El país sufre una fractura social y política enorme, y los Estados no querrán perder el poder que han acumulado durante cerca de dos siglos y medio de democracia. En todos los sitios cuecen habas.