Remembranzas

Aunque hayan transcurrido más de 85 años, los acontecimientos de aquel día 19 de julio de 1936 están guardados en el archivo de mi memoria con bastante nitidez y hoy día aún me parece que unos sucesos tan lejanos ocurrieron ayer mismo.

Es el caso que las semanas anteriores a la citada fecha, el ambiente de la juventud de Segovia estaba bastante desasosegado; yo desde el privilegiado balcón de la calle Real a la altura de la Confitería de la Viuda de Casimiro Fernández (ya desaparecida) donde vivíamos, veía pasar calle abajo camionetas cargadas con personas jóvenes al descubierto semiuniformadas, con camisas variopintas particularmente de colores azules y rojas. Pero lo que era general era que todos los ocupantes, sin distinción de colores, de las cajas de las camionetas iban vociferando consignas más o menos ofensivas. Pero aunque sus actitudes eran hostiles, no se preveía, ni mucho menos, la tragedia, que como espada de Damocles, se cernía sobre el pueblo.

El día 18 de julio aunque se dé este día como el comienzo de la Guerra Civil por su levantamento en África, a Segovia, que prácticamente estaba desguarnecida, no hubo pronuncimiento a favor de los sublevados ya que se demoró hasta el día 19 que precisamente era domingo.

Ese día, como otro domingo cualquiera de verano, por aquel tiempo mis padres conmigo de 6 años y mi hermano Jesús Simeón, Chuchi, menor de 6 meses, teníamos por costumbre pasar el día, generalmente, en la Huerta Grande que tiene su entrada por la Alameda del Parral o Santa Ana, ya que tenían gran amistad con los hortelanos que la regentaban: el «Tío Paco» y la «Seña» Adela. Así que mi madre Teodora nos acicaló, porque siempre nos llevaba ataviados de punta en blanco, hizo la comida (siempre eran una tortilla de patata, pescadilla rebozada y filetes de ternera empanados, que servían también para la merienda) y a eso de las 12 de la mañana iniciamos la marcha.

Mi padre Lorenzo había pedido prestada a Tomás Velasco, el de la perfumería (c/Isabel la Católica, 2) una máquina de fotografía Kodak, que también las vendía, con cuyas fotos nos inmortalizó ese día. Puestos en camino, como es natural andando, hacía la Huerta Grande, ya en la Terraza del Café Columba hizo las primeras fotos: una con mi madre teniendo en brazos a mi hermano y yo de pie y otra con una vecina llamada Carmen, hija del sastre del barrio Mariano Román (hoy ya no hay sastres) y continuamos la partida. Al llegar al Hospicio hizo otra foto del mismo tenor ante la fachada de la iglesia de la Santa Cruz y luego otra semejante en los altos de de la Huerta Grande donde nos establecimos para la comida; previamente mi padre compró vino y una ensalada a los titulares de la huerta como era costumbre. El agua la tomamos de la Fuente de la Teja.

Yo, al igual que la ocurre a una de mis hijas, cuando no tengo nada que hacer me entretengo con cualquier simpleza, así que estuve correteando yo solo, ya que no tuve ningún amigo, por la huerta arriba y la huerta abajo.

Mi padre hizo algunas fotos más que no hacen al caso y a la caída de la tarde regresamos pasando por la Terraza del Café Columba. El ambiente estaba muy enrarecido. Se habían formado multitud de corrillos sospechosos en la misma terraza y en el Azoguejo. El personal comentaba en voz baja como con misterio, los acontecimientos del día con evidente temor. En Segovia se había proclamado la revolución mediante un piquete de soldados en formación del Regimiento 41, que leyeron la proclama en lugares estratégicos (Azoguejo, Canaleja, Plaza de San Martín, Plaza Mayor, etc.), colocando pasquínes a favor de los sublevados, declarando zona nacional a Segovia (es decir que había triunfado el golpe militar en Segovia).

Mientras mis padres cuchicheaban en un grupúsculo, a mí unos niños y niñas que estaban jugando en la terraza me invitaron a compartir el juego de la gallinita ciega, lo que acepté con gran júbilo por mi parte. Para iniciarme en el juego tenía que hacer primero de gallina ciega, así que me vendaron los ojos dejándome sin visión por lo que no veía absolutamente nada. Buscando, buscando a algún jugador que me reemplazara, tropecé con el borde de la terraza y me precipite sobre la barandilla de hierro, dándome en ella con mi barbilla. Como me hice un corte, allí fue ella, yo inconsolable sangrando como un cochino. Mi padre sin más miramientos me cogió y a toda carrera me llevó a la casa socorro que entonces estaba en la Alhondiga. Allí Arturo Merino (tiene una calle en Segovia), estaba de practicante de guardia (así se llamaban a los enfermeros) me aplicó dos puntos de sutura vendándome la herida, que naturalmente curó con facilidad pero que me dejaron la huella de la cicatriz que al día de hoy todavía es visible.

Estos son los recuerdos imperecederos que tengo de ese día.

Y aquí termina la triste remembranza que tengo yo de ese domingo que prácticamente es el día que comenzó la Guerra Civil en Segovia. Las auténticas calamidades vendrían después.