Regalo de aniversario

El pasado jueves se daban a conocer los resultados de la “Encuesta del CIS sobre la salud mental de los/as españoles/as durante la pandemia de la Covid 19”. Entre otros aspectos, refleja que un 28,7 por ciento admite que «muchos o bastantes días» se ha encontrado «mal por tener poco interés o placer en hacer cosas». Un 21,5 por ciento considera que está «decaído, deprimido o sin esperanza», otro 21,8 por ciento se describe como «nervioso, ansioso o muy alterado», y un 14,2 por ciento asegura sentirse «incapaz de parar o controlar las preocupaciones». Un 53 por ciento sospecha que la sociedad ya no volverá a ser la misma y un 33 por ciento teme la posibilidad de quedar aislado socialmente. Un 27 por ciento teme perder su empleo y a un 61 por ciento que eso le ocurra a algún familiar. Además la población se siente vulnerable frente al virus y un 68,9 por ciento teme el contagio, en su persona o entorno más íntimo. El 66,7 por ciento de los afectados dice que ha cambiado su vida habitual.
En medio de esto me llega lo que considero un regalo de aniversario de mi buen amigo Antonio García Ramírez, Consiliario General de la Fraternidad Cristiana de Personas con Discapacidad –Frater España-, que lo titula “DE LA SOLEDAD A LA COMUNIDAD”. Lo comparto, porque lo compartido sabe mejor:

“En este mes de marzo se cumple el año desde el inicio del estado de alarma donde se decretó el confinamiento estricto. Para frenar los contagios, los ingresos hospitalarios, los fallecimientos… tuvimos que encerrarnos en nuestras casas. Así, experimentamos en carne propia la sensación de soledad con la que muchas personas viven sus días. En cierto modo fue una soledad buscada y razonada, para sobrevivir teníamos que aislarnos.

Desgraciadamente la soledad no deseada ya era una realidad en los países occidentales. En una encuesta reciente a la sociedad española, más de la mitad de la población responde que siente algún tipo de soledad o tiene algún riesgo de aislamiento social. Es verdad que en España todavía sigue siendo importante la red familiar y la red de la amistad. Sin embargo, dichas redes se están rompiendo a pasos agigantados, especialmente en el sector poblacional de las personas mayores de ochenta años.

La sociedad actual valora en demasía la independencia de los individuos. Estamos influenciados por el falso mito del hombre y la mujer que se hacen a sí mismos. Digo falso porque no es verdad que nos hagamos a nosotros mismos en soledad. Somos seres sociales, crecemos como personas en contacto directo con los demás seres humanos que nos rodean. Estamos vinculados con ellos, aprendemos, amamos, escuchamos y somos acogidos por los demás.

Ante el reto del aumento de personas solas y sin vínculos, hemos de trabajar para formar comunidades acogedoras. Para ello nos viene bien hacer memoria de cómo era la vida de nuestros barrios, vecindarios, pueblos y aldeas. Quedémonos con el desarrollo sanitario, educativo y tecnológico. Pero retornemos al sentimiento de pertenencia. Al “nosotros” cuando hablábamos de nuestro barrio, de nuestro pueblo, de nuestro vecindario. Si os dais cuenta casi nunca hablamos ya así. Señal de que las relaciones comunitarias son prácticamente inexistentes. Convencen más las voces y el griterío de la exclusión, de acentuar las diferencias.

Aunque no será fácil, pues los vientos soplan en otras direcciones, vivamos el valor de la hospitalidad. Volvamos a decir “te invito a mi casa”, “siéntete como en tu casa” o mejor: “esta es tu casa”. Esta será la mejor expresión de la verdadera acogida. Los otros serán un “nosotros”. No serán extraños llamando a la puerta”.

Como dice el jesuita Alvaro Lobo “debemos reconocer con humildad que el individualismo exacerbado, el consumismo y el materialismo radical han propiciado que las personas dejen de mirar más allá de su ombligo y se centren solo en ellas mismas. Esta dinámica vital no lleva a otra cosa que al aislacionismo y a olvidar que aunque no lo queramos, somos seres sociales y necesitamos de otros, y no solo para tener lo básico para sobrevivir, sino para dar identidad, amor y sentido a nuestra propia existencia”. Manos a la obra.