Recuerdo de una escuela taller

Teniendo yo 8 años, en plena Guerra Civil, me gustaba el fútbol como a todos los niños. Para ver jugar al equipo de la Gimnástica Segoviana (Lázaro de portero), que ya existía, y al equipo de mi barrio que se llamaba el Columba, C.F. (Quinito, Manín, Pepote) si mal no recuerdo, subíamos los muchachos al campo de fútbol de Chamberí. Éste subsistió durante muchos años hasta que por los años 70 una urbanización de grandes bloques de viviendas acabó con él. Entonces por el lateral izquierdo del campo se asomaba uno y se veía colindante una extensa parcela que servía de depósito de vehículos destrozados consecuencia de haber sufrido los embates de la Guerra. Todo aquel cementerio de vehículos desapareció ya que fueron destinados a chatarra.

En un primer replanteo aquel extenso terreno que iba desde el campo de Chamberí hacia abajo hasta el Peñascal que era casi todo tierras de cultivo y campo, la parcela a que nos referimos se salvaguardó para instalar en ella una escuela-taller. Se iniciaron las obras de ésta, pero una vez construidos algunos paramentos verticales, la obra se abandonó dejándola al albur de los tiempos llenándose el solar de vegetación espontánea. Así permaneció muchos años hasta que por el año 55 (aproximadamente) llega a Segovia el Gobernador Civil Pascual Marín Pérez, que implantó en primer lugar la llamada Colonia Pascual Marín de casitas unifamiliares de tipo rural con una o dos plantas, y se retomaron con ímpetu las obras de la escuela-taller hasta su terminación para inaugurase el 21 de octubre de 1957. Se le dio el nombre del «El Ángel el Alcázar», en recuerdo y homenaje a la heroica figura en la defensa del Alcázar de Toledo llamado Antonio Rivera natural de Riaguas de San Bartolomé (Segovia) muerto a consecuencia de las heridas recibidas en el asedio.

El Consejo Provincial del Movimiento nombró primer director al falangista de corazón Casimiro Jiménez, quien se tuvo que encargar de buscar la plantilla del profesorado.

Tenía yo ya 27 años y era propietario y director del «Centro de Estudios Acueducto», situado en la célebre «Casa Amarilla». Pues bien, tranquilo estaba en mi academia una mañana de octubre cuando se presentaron Casimiro Jiménez acompañado de mi buen amigo Juan Valero a ofrecerme el puesto de profesor de Aritmética de la Escuela-taller que se iba a inaugurar. Acepté la oferta que consistía en dar clases por la mañana a tres grupos de unos 40 discípulos cada uno. No hablándose de emolumentos porque entonces no se conocían todavía.

Se inauguró la escuela-taller juntándonos un grupo de profesores, que ya fuimos amigos para siempre, de los que recuerdo a Juan Valero, Ángel Muñoz de Pablos (hermano del Vitralista), Rufino Rodríguez, Cebrián, Barreno, Domiciano Monjas, Manuel del Prado y otros que mi memoria se niega a recordar.

Este contrato verbal a mí realmente me resultaba oneroso, ya que desaprovechaba la mañana de trabajar en mi academia pero la idea, en principio, me fue atractiva.

Fue un invierno infernal y la mayoría de los días tenía que tomar un taxi para llegar a la escuela. Por otra parte se pasaba frio en las clases, ya que un sistema centralizado de calefacción por aire caliente iba a las clases a través de conductos subterráneos que enfriaban el aire y llegaba a las aulas más frio que el de la misma calle y no sabiendo lo que se iba a cobrar, creo que eran suficientes causas para no estar a gusto en el trabajo.

Por fin en diciembre o principios de enero nos pagaron y al hacer cuentas con lo que había pagado de taxi resulta que había perdido dinero, así que rotundamente me despedí con harto dolor de mi corazón y de Casimiro Jiménez el director que me sustituyó por Evaristo Barrero.

Como teníamos cuarto de hora para almorzar, nos juntábamos todos los profesores en el ventorro de Chamberí. Realmente hicimos una piña y nos compenetramos bastante bien por lo que recuerdo que el día de mi despedida, Cebrián lloraba desconsoladamente por nuestra separación, pero qué iba a hacer yo, trabajar y perder dinero no era justo.

Y así terminó mi breve paso por la Escuela-taller Ángel del Alcázar. En fin que me cabe el honor de haber sido un pionero de los que inauguramos como profesores «El Ángel del Alcázar», que desgraciadamente ya vamos quedando pocos, aunque mi paso por la Escuela-taller sindical de Formación Profesional fue efímero. De esto solo hace 64 años.

Hoy día el nombre «El Ángel del Alcázar» se ha considerado que tiene connotaciones franquistas por lo que fue anulado en el año 2002 pasando a ser el IES La Albuera con más de 800 alumnos de FP, ESO y Bachillerato pero permanece entre los recuerdos más queridos de quienes aprendieron un oficio en sus aulas.