¿Qué culpa tiene el arte?

Que el cambio climático es una evidencia, que ya está aquí, que pone en peligro la vida de las nuevas generaciones y es la mayor catástrofe para el planeta, no tiene discusión. Pero una cosa es la concienciación ciudadana y otra las actuaciones folclóricas y lesivas contra las obras de arte.

Siguiendo la tendencia actual a crear performances que atraigan a las cámaras de televisión y creen impacto en las redes sociales, unos jóvenes, que se describen como activistas contra el cambio climático, se están dedicando a arrojar diferentes productos culinarios contra destacados cuadros, que, de momento, están protegidos por un cristal, con lo que no han llegado a dañar las pinturas. El último el bellísimo retrato de ‘La joven de la perla’ de Vermeer.

Dirán que también Greenpeace, la organización internacional ecologista, llevaba a cabo campañas de defensa del medio ambiente con golpes de efecto para llamar la atención. Y es cierto, pero sus activistas se descolgaban con grandes pancartas de las centrales nucleares, jugándose la vida, y sin causar daño. O cruzaban sus lanchas neumáticas delante de los barcos balleneros para evitar la desaparición de los grandes cetáceos.

La pintura, como la escultura, o la arquitectura, forma parte del legado histórico del que gozarán las generaciones venideras y es parte, imprescindible, del patrimonio de la humanidad. Nada tiene que ver con el cambio climático, ni tiene porque pagar los platos rotos de la pésima gestión del uso de los combustibles fósiles.

Mucho más eficaz, en esa defensa urgente del futuro del planeta, se antoja la denuncia implacable contra aquellos dirigentes políticos, en su gran mayoría de claro cariz populista, que, negando el cambio climático, contribuyen con sus acciones a arrasar el medio ambiente.

Los Trump o los Bolsonaro, el primero pretendiendo convertir Alaska en un campo de extracción petrolífera y el segundo devastando la selva amazónica, han hecho un daño tan considerable a la humanidad que sí merecerían el castigo de los activistas radicales. ¿Por qué no se hace una campaña contra ellos? ¿Por qué no se arroja salsa de tomate o puré de patatas contra sus fotografías?

Cuando la lucha por unos objetivos justos y necesarios, como los derechos humanos, el respeto a las minorías, la lucha contra la pobreza o el calentamiento global, equivoca la estrategia, se dan pasos atrás en un combate que es preciso ganar porque está en juego, nada menos, que la supervivencia del ser humano y su planeta.