Prohibido callar

Inhalo, exhalo, trato de sumergirme bajo la piel de una viuda, de una madre, de una novia, de unos huérfanos pequeñitos… ¡Me ahogo! Me veo obligado a emerger. Lo que allí existe, resulta inenarrable, aterrador. Ante ese dolor, que el ser humano no está diseñado para soportar, es necesario morir para poderlo sobrevivir.

Que, con alevosía, premeditación, nocturnidad y saña te asesinen al amado, es el acto más ignominioso que se pueda cometer y, para quien lo sufre, la experiencia más angustiosa que se pueda vivir, el sufrimiento más terrible que se pueda sentir.

No existe mayor dignidad sobre la faz de tierra, que la de una mujer a quien le han asesinado a su amado o le han matado a su hijo. De esa rabia resurge el poder, la presencia, la valentía; porque, cuando te han quitado lo más querido, ya no queda nada que perder. Ante esas mujeres que custodian la honorabilidad del féretro de su esposo frente al tirano, salutaciones.

Los autores del delito, los narcotraficantes. El responsable último, junto al el autor material, quien ha permitido que ocurra lo que se sabía que algún día pasaría. Él es el más indigno en su cargo, el mayor farsante, el inventor de tormentas inexistentes para justificar su irresponsabilidad, el jefe de la banda de asaltantes de caminos que vacían los bolsillos de sus gobernados para vivir como un jeque. Él es ese que no se va ni aunque lo echen. No quiero ni pensar lo que sabrá, para que nadie ose a moverlo de su cartera. Y, en última instancia, el pavito real, de frac y pajarita, que precisa de puma, falcom, séquito de cuarenta vehículos de lujo y un despliegue policial sin parangón, repartiendo leña para poder asistir a una fiesta el día en el que los muertos callan y sus mujeres lloran su ausencia. Ese que paga cincuenta mil euros de fijo, 200 por sesión, más gastos y dietas, a una estaticen que maquilla una cara para que no se caiga a trozos de vergüenza. Y es que, como dijo Noam Chomsky, “para los poderosos, los crímenes son los que otros cometen”.

Ellos son los que encarcelan a los de aquí por tener unas plantitas, mientras instalan el regadío en extensos campos de cultivo de hachís a los de allí. Ellos son los que fríen a tasas, exámenes, reciclajes y controles sanitarios a los conductores y pequeños agricultores de aquí y permiten transitar por nuestras carreteras, con carnets comprados en el mercado negro, sin control sanitario alguno, a los de allí. Ellos son los que ordenan lanzarse al mar a morir a los de aquí, mientras abren las puertas a los de allí. Los mismos que mandan dar mamporros “pa” aburrir, para después condenar a los mandados por repartir los porrazos que les han ordenado dar. Ellos son los que envían a una patrulla a una playa a sabiendas de que el alijo entrará por otra distinta, a cambio de un puñado de monedas.

Pero, su ansia de dinero y poder, su flagrante ignorancia (no podemos dejar de lado el hecho de que nos gobiernan los más tontos de la clase y sus asesores, porteros de puticlubs), les hace olvidar que, aquellos a quienes han ordenado lanzarse de cabeza a la muerte, son los mismos que investigan sus trapos sucios. Los que sacan a la luz esas manos llenas de podredumbre ganada a costa de engañarnos, jugando con nuestra salud. Y esto es sólo el inicio. La trama “mascaril” es solo la puntita de un pastel que se va a caer por su propia diabólica endeblez, de una farsa que ya ni se sostiene por su absurdez. Todo este teatro de encierros, agendas, fondos, tipos de intereses, impuestos y demás pamplinas con las que nos mantienen entretenidos, se va a deshacer como una caca de vaca esparcida por el potente ventilador de la marca “Darse Cuenta”. Lo que ocurre es que la mentira que nos han contado es tan inimaginable, que su descubrimiento no va a resultar para muchos fácil de asimilar.

Ha llovido mucha mierda desde aquel desgraciado nueve de febrero. Como en los estercoleros, una palada de basura oculta la que se encuentra debajo. Es tanta la inmundicia que ha emergido estas semanas de ese mundo oculto en el que juegan sus cartas estos corruptos, que mucha gente se ha olvidado ya de aquel crimen. La memoria humana no puede asimilar tanta porquería en tan poco tiempo.
Y, mientras estos desalmados, que ni siquiera son capaces de dar el pésame, empiezan a jugar a “sálvese quien pueda”, a huir como ratas del barco que comienza su naufragio, las mujeres de los muertos sacan a sus hijos adelante, se enfrentan a su nuevo estado con fuerza, valentía, decisión, pagando sus impuestos. Y por las noches lloran calladamente esa ausencia tan inmensa que las ha dejado vacías. Muy pronto, el mundo las habrá olvidado y ellas vivirán la vida lastradas por el peso de una muerte anunciada por la incompetencia y dejadez de los que, desde su sillón, les enviaron a su propio entierro. Y, a la par que ellas lloran, los barcos que deberían haber utilizado sus muertos, continúan varados en los muelles, porque el presupuesto para arreglarlos, se ha gastado en pagar sus vicios y se lo han llevado ya a sus paraísos.

Hace unos años, el profesor Tierno Galván dijo a sus alumnos de clase, en la universidad: “Esta libertad que ustedes disfrutan ahora, se ha logrado a base de muchos años de esfuerzo y ha costado muchas muertes. Pero estén atentos porque, en un chasquido de dedos, se la pueden volver a quitar”.

No es casual que haya dejado pasar los días para escribir este artículo, porque, en honor a estas mujeres, en memoria de sus muertos, aunque el tiempo discurra inexorablemente, está prohibido callar.