Profesionales de vocación

Me parece a mí que en el amplio espectro de las profesiones o dedicaciones en la sociedad hay tres —sobre todo— que requieren un profundo sentido de la vocación para un brillante ejercicio responsable en el fuero de la conciencia y de la ética. Son profesiones cuyo sentido se enraiza en lo más íntimo de su ser mismo. Profesiones que sin esa carga no serían otra cosa que el ejercicio de un trabajo más del abanico de los oficios. Me refiero a los profesionales del sacerdocio, de la sanidad y de la docencia (sobre todo, en este caso, a la de las primeras edades de la infancia). En estos tres casos es bien notorio el rostro vocacional del ejercicio profesional que requieren la práctica de su misión. Y en los tres casos la evidencia de que éste se enfrenta muy directamente con el prójimo y de las consecuencias, siempre enjuiciables, de la práctica diaria.

El primero por lo que tiene por un lado de renuncia a aspectos sociales bien definidos y al mismo tiempo su implicación decisiva en el recorrido de los caminos de la fe y de la salvación del alma. No hay que olvidar la promesa del arrepentimiento en el último momento vital. Pero es que, además, el ejercicio del sacerdocio ha cobrado en estos tiempos una dimensión mayor, mezcla de espiritualidad y pragmatismo, que sale al paso de necesidades (no sólo espirituales) de una sociedad cada vez más vulnerable a las que un sacerdote de hoy no puede permanecer ausente.

El segundo, frente al primero, que tenía el cuidado del alma, aparece el de la sanidad que lo posee en cuanto al cuerpo. También es bien sabido que, aparte de la terapia farmacológica con que cuentan estos profesionales gracias a unas líneas de investigación cada vez más diversas, debe saber aplicar otros tratamientos ciertamente más próximos como el saber escuchar al paciente cuya salud aparece quebrantada y aplicarle una vacuna emocional que rescate al enfermo de su dolencia y, en muchos casos, de su soledad. Muchas veces es más terapéutica una sonrisa a tiempo que cualquier pauta hospitalaria. Y si a eso unimos la inquietud y preocupación que debe sentir algunas veces el profesional que no acaba de focalizar el mal, llevándole a un riguroso estudio de aquellos casos más complicados incluso restándole tiempo de su ocio, convendremos en que si no hay auténtica vocación se esfumará el mérito de la dedicación. Sin margen para el desmayo ni al decaimiento. Sólo hay que mirar su esfuerzo inaudito ante la actual pandemia.

Y por último el de la docencia. La vocación exigida a los maestros nacionales (de siempre) ahora tan vituperados y tan escasamente valorados. He intentado comprender la dimensión de la vocación de estos profesionales (cuyo ejercicio he conocido muy de cerca) para poder llegar a modelar esas predisposiciones infantiles que ,si permeables a las influencias externas, se impregnan fácilmente también con el ejemplo. Y he comprendido igualmente que al margen del aula, el profesor (antes maestro a secas) debe recorrer un camino para que, expedito de los abrojos del lenguaje, puedan ser recorridos emocionalmente de forma muy positiva por el mundo infantil que se modela. Es indudable que para eso se tienen que dar dos condiciones: una que el educador disponga de un tiempo y un sosiego suficientes en un marco estable y deseablemente acogedor; dos, que el mundillo menudo permanezca ajeno a cualquier inquietud o desasosiego que le distraiga.

Y es evidente que en la actualidad ni uno ni otro aspecto se producen en el marco pedagógico: imprecisiones de una nueva ley de la educación, protocolos de funcionamiento de las escuelas, mascarillas, distancias, juegos al aire libre, gel, provisionalidad, temores, etc. que obviamente distraen y abruman al docente y desasosiegan al alumno de su verdadera misión que es la de enseñar uno y aprender el otro en un marco acogedor, sin crisis de ansiedad o estados de depresión. Cuando el docente (también los otros profesionales) no encuentran eso y piensa —en su frustración— abandonar la enseñanza, no cabe la menor duda de que se ha asesinado una vocación. Y que cuando el alumno no va emocionalmente feliz a su aula es evidente también que se han puesto puertas a la modelación de su futuro.