¿Por qué vienticinco?

Ninguna objeción a cuantas normas y consejas eviten o reduzcan, o minimicen posibilidad de propagación o contagio del coronavirus, pero se andan dando normas que, al tiempo que inoperantes, son absolutamente absurdas o ridículas; en cierto modo justificables en los primeros días de explosiva aparición del bichito, fruto de la sorpresa y la improvisación, como el juego de la voluntariedad, obligación o contraindicación de uso de mascarillas, según las hubiese, faltasen o sobrasen; ponérselas, o no, en vehículos; horario de paseos en que en vez de espaciados se aglomeraban en determinados momentos; reuniones familiares de diversos hogares; separación de dos metros, pero sí chocar codos… En fin, todo válido para aislar al virus, unas propuestas más eficaces o contundentes que otras, pero si son razonadas, razonables, todas válidas y respetables.

Hoy me ha sorprendido la nueva normativa de la Junta de C.y L. Propone a las once diócesis de la Comunidad recomendar o exigir que la asistencia a los cultos no pase de un tercio de la capacidad del templo, y nunca sobrepasar el número de 25, norma que, como todas las conducentes a preservar de contagios, se ha cumplido en los templos de la Comunidad con exactitud, aunque no ajena de perplejidad.

Tal vez la Iglesia sea la máxima cumplidora de cuanta normativa se ha ido dando en este tema sanitario: se han señalado en los bancos de cada templo los sitios hábiles y evitables de acuerdo con el porcentaje ordenado, se han contado número de asistentes y cerrado puertas por templo completo, se han colocado a la entrada de los templos frascos con alcohol hidroalcohólico, todos con la mascarilla puesta, se ha evitado todo contacto o comunicación verbal entre asistentes, se han vaciado las pilas de agua bendita, se da la comunión en la mano, se va a comulgar con la recomendable separación, las salidas se procuran hacer evitando la masificación, se amplía el horario de misas, y estas se adecuan al horario establecido según momentos de la pandemia, pero lo del “númerus clausus”…raya en lo ridículo y absurdo. Poner el mismo límite a una capilla que a un templo catedralicio, es el camarero que tras hacer el pedido vacio lleva café para todos.

No hay que ser un Pitágoras, Kepler o Descartes para ver lo absurdo de asignar el mismo aforo máximo para cualquiera de nuestras parroquias de barrio y que para las más amplias parroquias o incluso para la S.I.Catedral. La densidad de población de 25 fieles es la misma en las parroquias pequeñas de barrios: Santa Teresa, Cristo del Mercado; en las de aforo medio: San Millán, San Martín, San Miguel que en nuestra Iglesia Catedral.

En la misa de los niños de la parroquia de Santo Tomás Apóstol del domingo 17 de enero, primer día en que se ejecutaba tan absurda norma, he visto la desagradable escena de tener que cerrar la puerta de la iglesia, dar explicaciones de lo ordenado por la autoridad, y ver cómo, unos con mejor temple que otros, feligreses habituales de esta misa marchaban a sus casas desorientados y malhumorados, no solo por no participar en la Eucaristía, sino por lo inaudito de la norma, de no poder entrar en un templo que tenía tres cuartas partes de su capacidad vacías.

Creo que tan peregrina medida no sólo es arbitraria y aleatoria, desequilibrada e injusta, sino que margina el derecho constitucional de la práctica de cultos religiosos, que en el art.16 de la Carta Magna dice: “Se garantiza la libertad ideológica y religiosa y de culto de los individuos y las comunidades sin más limitación en sus manifestaciones que la necesaria para el mantenimiento del orden público protegido por la ley”.

En muchos de nuestros templos con el cura oficiante, los monaguillos, catequistas, señoras y señores del coro y dos familias…ya hacen esa cifra, imagino que sacada con tirada de dados, con lo bien que salen las cuentas para evitar contagios admitiendo al tercio del aforo de cada templo…

¿Por qué esa ridícula cifra de 25?