Política para niños

En un reino cercano, vivían dos países tan alejados entre ellos que nadie conseguía ponerles de acuerdo. De la guerra de sus abuelos heredaron la división y el odio. Tenían creencias y banderas distintas y ni siquiera compartían un pan y un circo común. Cuentan que una vez se abrazaron por la hazaña de un chaval níveo en el sur de África, pero duró poco. Unos creían en la unidad y la Ley y los otros, en la diversidad y el diálogo. Tenían un Rey, pero había oído tantos excesos en palacio que se expresarse solo con palabras grandes y huecas para que todos tuvieran cabida.

Hace ya un lustro apareció un galán con una rosa que aspiró a gobernar ese reino desunido. En su viaje al poder se le sumaron las tribus más hostiles, con el objetivo común de echar al administrador de las cuentas públicas. Nadie odiaba a aquel buen contable, pero había rumores de que quienes le rodeaban vaciaban parte de los diezmos. Nietos de los ganadores de la guerra que sentían que ese reino les pertenecía por razón de las armas y el dinero y disculpaban la corrupción como un mal menor. En cambio, no perdonaron que el nuevo pretendiente llegara apoyado por esos bárbaros que hablaban lenguas regionales y llevaban cabelleras nunca vistas en sus alfombras, ni que cuestionaran sus privilegios y tradiciones. Luego resultó que ellos también tenían prácticas cuestionables, pero eso es otro cuento.

Otro joven ciudadano, menos sereno que el líder de la rosa, trató de unir ambos bandos, pero pronto enloqueció creyéndose capaz de echar a su nuevo examigo. Le acusó de cabecilla de una banda de traidores y se sumó al resto de enemigos de nuestro protagonista, que se conjuraron para echar al conquistador-impostor en medio de la plaza de otro antiguo conquistador. Nuestro nuevo gobernante llamó a votar no una, sino dos veces, y ganó ambas, pero esto no era suficiente para sus rivales. Las cuentas públicas salían, las regiones ya no se sublevaban, hablaba extranjero y no se escondió ante una peste mundial que encerró a todos en sus casas. Y aun así el odio siguió creciendo.

El joven príncipe popular, heredero del contable, le acusó de felón nada más llegar para seducir así a todos los odiadores, pero no encontraba ni el tono ni el momento y sus propios gobernadores regionales le tachaban de tibio. Tanta desconfianza y frialdad despertaba, que algunos de los señores más aguerridos descubrieron un nuevo héroe, con una barba y un discurso más contundente. Creyeron ver al líder perfecto para desalojar al intruso y devolver, por fin, a aquel reino a su destino del pasado. Ambos, el tibio príncipe y el profeta del pasado se despreciaban tanto como se necesitaban para echar al intruso y sus amigos enemigos del país, pero ambos anhelaban el mismo sillón. El caballero barbudo despertaba tanta pasión como miedo porque en su idea del reino no cabían mujeres, homosexuales o extranjeros…

El señor de la rosa, conocedor de las debilidades de sus enemigos y sabedor de que estos dos países estaban separados por sus ideas, pero unidos por sus lazos familiares o afectivos, decidió que nadie le echaría y que sería él mismo su propio sucesor. Antes de convocar de nuevo al pueblo, expulsó del castillo a las tribus oscuras y a los mercenarios, cambió de confidentes, rebajó su altivez y pisó sus calles. Ya lo había hecho antes y le salía de forma natural. Repartió dineros venidos del norte y se proclamó vencedor de la peste. Y fueron felices y comieron perdices de granjas extensivas.