Perros guardianes

En este continuo cambio de papeles tan propio de nuestro mundo ‘trans’, en el que hoy eres algo que aborreces mañana, proviniendo de otra cosa que se sintió auténtica unos meses antes pero luego se comprobó circunstancial, hay asuntos que una vez probados se convierten no solo en esenciales, sino en adictivos. Y por lo que tienen de eso, de descontrol en su ejercicio o consumo, son patológicos; aunque en dosis más reducidas y sin exigencias en ‘inyectárselo’ podrían ser hasta buenos.

No son pocos esos productos o acciones, pero hoy quiero referirme a esa enfermedad social de sentirse ‘perro guardián’, la última línea de trincheras de resistencia, el definitivo recurso para mantener lo que se considera esencial para nuestras formas de vida.

Esta enfermedad es peligrosa no tanto para quienes la padecen (que también), sino para sus próximos, especialmente para sus vecinos; porque el perro guardián típico se centra en su vecindario próximo, en su comunidad de conocidos o cohabitantes. Se empeña en que todo se haga bien, que significa habitualmente que todo se haga según quiere el perro (o los perros porque suelen actuar en jauría) que se autoproclama defensor de las esencias claves: la limpieza, el orden, la puntualidad, el mantenimiento de las tradiciones (inventadas claro), la selección de canales que pueden verse desde la antena colectiva, la decoración de la entrada, etc., etc., etc.

Tener un perro guardián convencional en tu puerta, si es del género canino, tiene pocas ventajas. Desde luego no deja pasar a los extraños; pero lo malo es que todo lo ajeno se considera automáticamente sospechoso como poco y habitualmente se califica como malo. Pero si los guardianes son del género homo la cosa empeora muy notablemente, porque no se conformará con no dejar pasar a los que no son de la casa, sino que querrá extirpar el mal que percibe en los de dentro: y aquí comienzan los totalitarismos más enfermizos para quienes se encuentran (sin comerlo, ni beberlo) en el bando enemigo de los ‘perros guardianes’.

Son invasiones patentes e ilegales de la intimidad; pero no es lo más grave

Es frecuente que el perro guardián número uno, al sentirse responsable del bienestar de la comunidad, decida visionar tres veces a la semana los videos que se situaron en el portal como elemento disuasorio para ladrones en épocas veraniegas. La consecuencia es una vigilancia de sus convecinos que nadie le ha solicitado y que llega a convertirse en una obsesión. Primero, se ven sin más: solo para comprobar que todos cumplen las normas de limpieza, que nadie tira papeles fuera de la papelera, que todos llevan mascarilla en las instalaciones comunes, que los perros de verdad van con su cadena, etc. Son invasiones patentes e ilegales de la intimidad; pero no es lo más grave. El perro guardián presidente de comunidad necesita colaboradores sumisos. Y con él visiona y ‘revisiona’ los videos: y se comienza a tomar notas sobre las horas de entrada y salida de cada vecino; sobre si se mira o no (y durante cuanto tiempo) en el espejo grande de la entrada; sobre si viene sobrio o un poco (o mucho) colocado); sobre si viene solo o acompañado (y en ese caso de quién)…

Y sobre las notas comienzan los comentarios con la jauría amiga de la misma planta: que si tal, que si cual; que si mira ese o esa, que parece lo de más allá; que si que bruto es este o que hortera aquella; que si mira aquel o aquella siempre con la misma ropa y lo que aparentan; que si el otro tan culto, es tan vulgar; que si este siempre en taxi a la ida para que le vean y siempre en metro a la vuelta (¡qué se creerá!); que si esa tanto a misa y que mala es…

Y los comentarios los extienden por el vecindario en conversaciones cínicas, oportunas y preparadas. En fin: primero ver; luego, vigilar; más tarde, anotar; sobre eso se suponen falsedades, basadas en deducciones de mentes calenturientas; se continúa con comentando en el círculo próximo con patologías similares; se extienden convertidas en calumnias por las plantas y escaleras, como la pandemia; a la vez, por el circuito de resentidos, se desbordan a quienes trabajan en los hogares… Y la paranoia se transforma en estupidez y se establece que si dos personas usan el mismo ascensor (solo si una exige acompañamiento por orden superior) no deben hablar entre ellas para evitar contagios.

En fin: todos parecen tener acusaciones no manifestadas contra los demás. Sin llegar a saber nada exactamente son frecuentes las desconfianzas y si te descuidas los odios infundados. No es extraño que dejemos de hablarnos en el ascensor; porque todos parecen haber asumido que cualquier cosa que digas puede ser tomada en tu contra. Tampoco que al cruzarnos en el portal, o al coincidir entrando o saliendo de casa, miremos hacia otro lado para no cruzar nuestra mirada con la del vecino.

El ambiente en el edificio se envenena y los perros guardianes se sienten entonces mejor que nunca; porque en ese momento se sienten absolutamente necesarios para evitar la disolución que ellos mismos han causado. Llaman al orden, escogen mentiras, que originaron ellos, y se presentan como defensores de la verdad que dicen conocer muy bien (eso lo resaltan siempre: no hay nadie mejor enterados que ellos) y recalcan lo importante que resulta vigilar para evitar estos desmanes. En fin, los sociópatas se mueven mejor que nadie en niveles de desconfianza y de locura altos, porque así pasa inadvertida su patología. Incluso, los incautos los prefieren, porque los confunden con los responsables.

Les encanta ser legisladores, intérpretes, jueces, jurado, policía y verdugo: todo en una pieza, para ahorrar

Y con la pandemia, el radio de acción de estos locos se ha desbordado. Han llevado a las calles las paranoias de sus edificios. Miran con desconfianza a todos para ver si la mascarilla está convenientemente ajustada y en caso contrario la mirada se torna en soldador eléctrico que aspira a fundir al incumplidor. Eso sí: como medida ejemplar y terapéutica. Y enseguida se organizan para vigilar y denunciar. Ya hablan en la tele pidiendo mano dura para los infractores. En fin: les encanta ser legisladores, intérpretes, jueces, jurado, policía y verdugo: todo en una pieza, para ahorrar.

Lo malo será qué haremos con ellos. En realidad lo peor es qué harán ellos con nosotros. Por eso, hay que empeñarse en que la ‘nueva normalidad’ no sea ‘nueva’, sea la de antes. Y procuremos empezar a vivir ya como si el COVID solo fuera lo que es: una enfermedad contagiosa y peligrosa más: con prudencia, pero con la libertad que nos toca… y meter a los perros guardianes en la perrera (por si alguien los quisiera adoptar).


(*) Catedrático de Universidad.