Pedro Emilio Espinar de Andrés – ¡No vaya Vd. a comparar!

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Estrenamos la recién remodelada calle de San Juan, con un adoquinado digno de los mejores picapedreros y asentadores de losas que acompañaban a los ingenieros de las legiones romanas, proyectando y construyendo calzadas y demás obras de esa naturaleza según las prescripciones técnicas del insigne Vitrubio, cuando sale nuestra ínclita Concejala de Obras y demás Servicios, Sra. Maroto, a darnos la buena nueva de su inminente apertura total a todo tipo de tráfico y espectáculos varios. Y dada la cercanía de las fiestas navideñas, nos asegura que la calle estará perfectamente limpia y en estado de revista para el momento en que la Cabalgata de Reyes desfile por tan singular enclave viario, al lado mismo de esa otra obra de ingeniería civil, de factura igualmente romana, que es el célebre Acueducto -por antonomasia, o sea, casi el definidor de nuestra ciudad- y que sirve como espléndido escenario donde ambos “actos culturales”, el mitológico-histórico y el creador-materialista, por un momento, han de confluir y con ellos se podría decir que casi hasta su génesis también, pues ambos datan de una época relativamente cercana, esos dos milenios, más o menos, que solemos barajar cuando hablamos de lo divino y de lo humano en relación con estos “hechos”.

Pero no van a ir los tiros, a partir de ahora, por esos lados de la Historia sino que, aprovechando que tengo una pequeña historia que contar en la que entra de lleno la calle en cuestión y otras vías de la urbe, me gustaría que leyesen lo que voy a relatar como si de un cuento breve se tratase; una especie de ficción adscrita al campo de la absurdidad y que, por lo mismo, ha de ser tomada en ese sentido… si no fuese porque, para mi desgracia, las cosas que voy a narrar fueron tan reales como puedan serlo la puente romana y su calle adyacente. Y dicho lo dicho, entro en harina hasta mancharme y dejar las cosas, al final y según mi idea al respecto, como pastel bien horneado para que guste, aun siendo algo ácido, a cualquiera y no deje mal regusto.

El asunto sucedió hace algún tiempo, en unos momentos en que una parte de la ciudadanía de Segovia y provincia cuestionaba, con más o menos empuje, la privatización de parte de las aguas públicas de que se sigue surtiendo la ciudad y todos los pueblos de su alfoz. Como medida de presión —entre otras—, quienes estábamos en el lío decidimos convocar una “manifestación ciudadana” ad hoc, fijando itinerario, fecha y hora del evento. El trayecto lo proyectamos para que, saliendo de la Plaza Oriental, ascendiese por la calle de San Juan —sin adoquinar todavía, con sus baches ancestrales como seña de identidad— y llegase, por San Agustín, hasta la Plaza Mayor, sede de nuestra representación municipal —o eso es lo que quieren hacernos creer, no pocas veces—, y todo ello al amparo de los Derechos de Manifestación y Reunión constitucionales. Pero hete aquí que, después de haber pasado por la oficina correspondiente para comunicar la “marcha a pie”, nos llega un papelito del Ayto. local —Policía Municipal en calidad de “asesora de tráficos rodado y a pie en la ciudad” era su firmante— en que se nos dice, bien clarito, que no va a ser posible marchar por el itinerario previsto debido a la “posible alteración de las condiciones de seguridad vial por el mismo”. Es decir, que si cien o ciento cincuenta ciudadanos “invadiéramos” la calle San Juan, por ejemplo, en una tarde cualquiera y, además, armados de pancartas, altavoces y demás adminículos de los empleados en este tipo de “concentraciones cívicas”, podríamos poner en riesgo el paso de vehículos de servicios de emergencia en caso de eso, de una situación posible de “alteración de la normalidad social por causa de sucesos imprevistos”. De modo que, visto el “argumentario denegatorio”, se decidió intentar su impugnación a partir de otra “lógica” basada menos en los riesgos catastróficos y más en el día a día de la “normalidad democrática” aplicada a este tipo de cuestiones.

Quien suscribe fue el encargado de llegar hasta las oficinas de la Policía Local con intención de hablar con el responsable del “informe denegatorio de itinerario”, y efectivamente lo hice, sin alharaca alguna ni aspaviento que denotase que la intención que llevaba, como mandato asambleario, no era otra que hacer ver al funcionario que a veces los Derechos de Ciudadanía son perfectamente compatibles con la existencia de tráfico rodado e incluso con la coexistencia entre aquéllos que ni siquiera admiten su vigencia en las leyes actuales. El interlocutor que tenía delante fue dinamitando todos los puentes por los que podría ir pasando la argumentación en contra del sentir de los “manifestantes en potencia”. Y la sorpresa de un servidor fue mayúscula cuando le puse en antecedentes de que por esa calle de San Juan, cíclicamente y en diversos momentos del año, sí pasaban “manifestaciones” igualmente ciudadanas y con un número de asistentes doscientas veces mayor de los previstos por “nosotros”, y probablemente con un visto bueno oficial muy somero, dado el caso. Le cité varios ejemplos sobre el particular: la Cabalgata de los Reyes Magos, las procesiones de Semana Santa, la masiva manifestación popular que se produjo después del asesinato de Miguel Ángel Blanco, etc. El interlocutor, viéndose cazado en su propia trampa, no acertó a contestarme con otro argumento que no fuese el que da lugar al título de este texto: o sea ¡¡NO VAYA Vd. A COMPARAR!! Es decir, que en los casos mencionados, a mayor número de espectadores, viandantes, carrozas, animales vivos montados, bandas de trompetas y tambores y gentes portantes de adminículos variados, menor riesgo de que los “servicios públicos de emergencia” —bomberos, policías, sanitarios, etc.— vean comprometida su eficacia a través del viario urbano; porque por el aire, por encima de las cabezas de la masa humana congregada masivamente en determinados lugares, nada hay que pueda detener el paso de helicópteros y demás medios de transporte aéreo… en caso de emergencia. O eso entendí que quería decirme el “responsable” con que mantuve la entrevista. U otra cosa tal vez, que nada tiene que ver con lo expuesto.

Pero es que, y ya hablo de hace unos pocos meses, “paseando” —es un decir, no vayan a tomarlo al pie de la letra— por el Polígono del Cerro —su topónimo completo incluye un muy explicativo “de la Horca”, dicho sea de paso—, iba un servidor a la búsqueda de un objeto determinado, y allí, cuando vas a pie y entras por la calle principal que da al Parque de la Dehesa, siendo día laboral y en jornada de lo mismo, lo “normal” es que vayas más tiempo por la calzada para tráfico rodado que por las aceras destinadas a los viandantes, habida cuenta del gran número de vehículos que las invaden, rompiendo en mil pedazos el “proyecto de coexistencia viaria” con que, en su día, nació este espacio urbano dedicado a los negocios de toda índole. Y en una de esas circunvoluciones alrededor de los coches aparcados y buscando la acera de nuevo estaba, cuando y casi sin verlo, un salvaje montado en un vehículo casi me arrolla, eludiendo parar a continuación para disculparse por la trope-lía o para ver si “había pasado algo”. Salí del trance cagándome en los muertos del neandertal con volante, y al poco, la casualidad hizo que me cruzara con un policía local que andaba por allí como “observando la calle”. Fui a él, le expliqué el incidente y le dije a continuación que “podría ir haciendo algo para que la calle en la que estábamos quedase expedita de coches, de manera que la gente de a pie pudiésemos transitar por allí sin problemas: por ejemplo, poniendo la multa correspondiente y, consecuentemente, retirando el vehículo, por estar situado en zona de estacionamiento prohibido, como en el resto de la ciudad”. Pero, ¡ay, amigo!, con la norma no escrita hemos topado. Y como en el caso anterior, nuestro funcionario me espetó algo así como que “… eso aquí, en el Polígono, no rige. Aquí hay otra norma de funcionamiento para el caso”. No me dijo lo de su colega -lo de “¡No vaya Vd. a comparar!”- pero me indicó que a veinte metros estaba el cuartelillo de la Policía Local, para que fuese allí a “denunciar”… si creía que debía hacerlo. Visto lo que vi, he optado por ir con más atención cuando voy por el Polígono y, si es posible, intentar evitar a este tipo de “interpretadores del Código de Circulación”. Salud, que llega el invierno.