Parejas y personajes

Erase una vez una pareja que se llevaba muy pero que muy bien, hacían planes, lo decidían todo juntos y estaban en casi todo de acuerdo. Fueron felices y acabaron hasta las narices. Me atrevo a pensar que no hay pareja de la índole que sea que antes o después no confronten y si no fuera así, lo más seguro es que habrá algo de hartazgo por puro aburrimiento. En la discusión, en ese puntito de tensión, es donde parece que está la esencia de los cariños.

Ahora bien, cuando las parejas funcionan, pensemos en algún matrimonio o unión de conveniencia de cualquier tipo, hay que reconocer que los dos esfuerzos coordinados dan como resultado “más de dos”. Es como si fueran dos y medio o más empujando en la misma dirección. El caso opuesto, muy común, el más común me atrevería a decir, es el de que se juntan dos y como mucho llegan a la fuerza que dan uno más uno. Con frecuencia la eficacia baja al uno o medio o menos por culpa de discusiones, celos, arrogancias varias, etc. Y es que es muy difícil dejar los pecados capitales a la puerta de casa, a la puerta de un negocio, o a la puerta de una sociedad hípica de la que uno es miembro.

Con gran expectación se recibieron los partidos nuevos; eran agua fresca y con mucha ilusión empezaron conversaciones de unos con otros para dar lugar a coaliciones, espectros políticos amplios, gobiernos multicolor, gobiernos en pareja, en suma.

Pero lo cierto es que pasando el tiempo lo que empezó con fotos – muy unidos – en plazas públicas, abrazos, etc. se ha ido desvaneciendo. La pareja se va hartando uno del otro, porque roba cámara, porque tiene propuestas más audaces, porque no fue invitado al aeropuerto… Mucha gente dice que eso es por culpa de los personalismos ya que en las parejas hay que saber ceder y renunciar.

“Personajes que en su casa son personas, pero que echan mano del alter ego en cuanto ponen un pie en la calle”

Y el problema de los personalismos, cuando hay una vertiente pública, es que esas personas se acaban convirtiendo en personajes que interpretan un papel que consiste, simplemente, en decir lo que los tuyos quieren oír y que, por supuesto, se va adaptando según el momento. Personajes que en su casa son personas, pero que echan mano del alter ego en cuanto ponen un pie en la calle, ya que les van los garbanzos en ello. Y como son personajes, se pueden permitir cualquier clase de extravagancia porque para eso son personajes y si ocurre una gran metedura de pata parece que queda más difusa. No dejan de ser personajes en el gran teatro del mundo.

La rendición de las personas a ser personajes parece algo ya asumido e inexorable. Y aceptado por contribuyente y votante. No deja ser curioso que Ángel Gabilondo, candidato por Madrid, establecía su diferencia con respecto a otros diciendo que era soso, serio y formal, cosa esperable en cualquier cargo público (sobre todo lo de serio y formal) por lo que comporta de promesa de honesta gestión, pero que en los tiempos que corren se buscan otras formas de comunicar, a lo mejor con iguales resultados, pero con más show.

Al respecto recordaba una conversación agradable con mi amigo Jorge Molist, novelista de éxito desde hace tiempo, en la que comentaba que la creación de personajes en la ficción afronta el que una vez creados los personajes tienen vida propia, echan a andar y pueden llevar un proyecto literario inicial hasta lugares insospechados. En el caso de Molist le sujeta bastante el rigor histórico al que se debe. Pero los personajes que crea la política tienen mayor capacidad de movimiento.

Da por pensar que estos personajes creados pueden no tener vuelta atrás, se los quiere por lo que son y como son y en el exceso está su razón de ser. Es ese exceso lo que hace las diferencias con los socios de gobierno (las parejas) y con oponentes en estos tiempos de diferencias estrechas. A lo mejor no tienen un sitio claro cuando acaben estos tiempos de turbulencia, si algún día acaban.