Pablo Zavala – El mundo en sus manos

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Después de una estancia en el Belfer Center de la Harvard Kennedy School, el embajador Fidel Sendagorta ha publicado un trabajo sobre las relaciones entre China, Estados Unidos y Europa en el largo plazo y el peso que en ellas tiene el acceso a la tecnología y su influencia en la guerra –aparentemente- comercial entre los dos primeros. Recientemente tuve la oportunidad de asistir a un debate entre el diplomático y el profesor de Relaciones Internacionales Manuel Muñiz sobre este tema en la Fundación Rafael del Pino y además de estimulante en las ideas, lo encontré poco alentador para nosotros los europeos.

China se encuentra en un momento crucial más en sus 5.000 años de historia, en el que tiene que cambiar sus estructuras para adaptarlas a la revolución tecnológica que está protagonizando. Protagonismo que les permite –dicen ellos- conocer las necesidades de la población a través de la vigilancia que sus autoridades hacen de internet, eximiéndoles –de nuevo, según ellos-de las consultas electorales. Asimismo el Estado dirige las inversiones del país (nada menos que el 40% del PIB) en función de sus necesidades estratégicas.

Al mismo tiempo está desafiando el axioma de ‘abrir y converger’ (abrir los mercados y converger en lo político), es decir, a más desarrollo y más renta, más democracia. ¿Hasta cuándo? ¿hasta qué renta?

Así como en la antigüedad los imperios se forjaban por el control de los metales preciosos, de los minerales o de las fuentes de producción de alimentos, en la edad moderna ha sido el control del comercio y de los combustibles que ha permitido a las sociedades industrializadas vender sus productos.

Ahora, estamos viviendo el inicio de una batalla entre dos grandes potencias -China y EEUU- en que se dirime el acceso a la tecnología, porque el que la controle y domine tendrá durante mucho tiempo una ventaja muy importante frente al resto de las naciones.

¿Oiga, y a mí que más me da?, ¡que inventen ellos! Usted verá pero entre las 20 primeras empresas de internet del mundo no hay ninguna europea, por lo que el futuro de la tecnología en esta parte del mundo pasa por el control foráneo y eso como mínimo crea cierta desconfianza: la tecnología está colonizando todos los aspectos de nuestra vida, y por supuesto la administración de un Estado. Así que recordando a Raoul Walsh y al capitán de la goleta La peregrina que tan acertadamente caracterizó Gregory Peck ¿vamos a dejarles el mundo en sus manos?

Pero si nos alejamos un poco e intentamos ver con perspectiva estamos jugándonos más que la tecnología, nos estamos jugando nuestro ethos, nuestra forma de vida en común, que vincula a las personas que vivimos juntos.

El modelo autoritario capitalista (no tan ajeno a la España de la segunda mitad del siglo pasado) tiene adeptos, no solo en los países en vías de desarrollo, sino en los del primer mundo.

La implosión de modelos iliberales que ponen en cuestión los valores sobre los que se ha construido Europa –democracia, respeto a la ley y derechos fundamentales- confluyen en intereses con el modelo Chino y se aprovechan de las debilidades que estamos sufriendo: menos cohesión europea, menos relación trasatlántica y menor peso en el mundo.

No es aceptable que porque se tenga la mayoría se pueda ir contra la ley. Tampoco es aceptable que porque se tenga la mayoría se puedan vulnerar los derechos fundamentales, especialmente de las minorías. La democracia, la de verdad, la única, es un difícil equilibrio entre el mandato de la mayoría y el respeto a las minorías.

Si dejamos que el populismo imponga el modelo iliberal Chino (autoritarismo y capitalismo tecnológico) dejaremos de nuevo a merced del nacionalismo los valores sobre los que los europeos hemos reconstruido Europa de las cenizas de la guerra.


(*) Director de la Fundación Transición Española.