Pablo Martñin Cantalejo – La vieja estación

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Parece que una pequeña luz, luz aunque pequeña, acaba de encenderse en torno a un posible destino de la vieja estación de tren de Segovia, nuestra vieja estación, prácticamente muerta desde hace años, pero a la que muchos segovianos debemos recuerdos imperecederos.

Producto de las gestiones, según leo, de la Asociación de Vecinos de Santa Teresa-Puente de Hierro, la Asociación de Amigos del Camino de Santiago de Segovia y la Asociación de Amigos del Ferrocarril “Ciudad y Tierra de Segovia”, parece que el Adif (o sea, el Administrador de Infraestructuras Ferroviarias) ha dado una primera muestra de interés hacia ese futuro de la vieja estación. Y es que el proyecto que se ha presentado, gracias a iniciativas privadas –esperemos que las oficiales “se produzcan” algún día, si tienen algún interés en el tema- me parece interesante al ofrecer una serie de posibles soluciones y destinos de cara a restaurar y reutilizar las distintas estancias de lo que un día fue una estación férrea de mucha actividad, antes de que acaben todas en la ruina. Centro cívico y cultural, albergue para peregrinos, museo del ferrocarril, etc., son opciones aparentemente muy positivas y que, de aceptarse, podrían devolver la utilidad a estos añejos edificios de los que solo uno tiene algo de vida para acoger en sus taquillas a los viajeros, creo que no muchos, que hoy tienen necesidad de utilizar los pocos trenes de cercanías que salen y llegan a Segovia, aunque obligando al transbordo para poder alcanzar la meta que antes era directa, es decir, las estación de Madrid.

Decía anteriormente que la vieja estación conserva, silenciosa y calladamente, recuerdos para muchos segovianos que antaño la frecuentaban. Varias veces se ha recordado aquí, a través de algunos escritos, a aquellos trenes nocturnos que llegaban a nuestra ciudad y, después de cambiar sus máquinas de posición a través de un ingenioso puente giratorio, y de cargar su depósito con agua, continuaban viaje hacia Santander o hacia Vigo. Trenes de los que pretendíamos adivinar si iba a llover pronto considerando si sus pitidos llegaban a la ciudad con mayor o menos intensidad y frecuencia.

Los andenes de la vieja estación tenían vida viaria y a varias horas. Les llenaban los vecinos que esperaban la llegada de familiares o amigos, o iban a despedirles al iniciar sus viajes una vez que el jefe de estación diera la señal de salida, con su silbato, a cada convoy. Y tenía vida la fonda a la que solían acudir los viajeros “de larga distancia” mientras se efectuaba el cambio de máquinas, y el bar frecuentado por viajeros y por paseantes… ¡Ah! Y las muchas personas que utilizaban los largos andenes para caminar reposadamente, a veces en solitario pero en la mayoría de los casos emparejadas dos o tres, en animada charla.

Las taquillas, entonces, siempre contaban con largas colas para solicitar el correspondiente billete con destino a las varias estaciones de nuestra provincia o, una vez pasado el túnel, a las de la vertiente de Madrid.

La llegada –o más bien paso rápido- de los trenes de alta velocidad vino a ahogar definitivamente a nuestra vieja estación, ante la indignación y el disgusto de los segovianos a los que con mucha frecuencia se nos hace poco caso por parte de las administraciones central y comunitaria.

Gracias a la iniciativa de ese ingenioso e imparable personaje que es Paco del Caño, tenemos, al menos una vez al año, una modesta pero muy representativa y pintoresca, y en movimiento, escena de lo que fue nuestra vieja estación y de algunos de los muchos personajes, de abolengo o de la mayor modestia, que pisaron estos andenes y utilizaron aquellos viejos trenes de madera que, durante muchos años, fueron portadores también de la ilusión, de la alegría, de la tristeza, del dolor o de cualesquiera otra de las emociones y sensaciones que pueda vivir una persona.