Pablo Martín Cantalejo – Las lecturas hacen recordar

Dos artículos publicados el domingo último en la página 2 de este periódico, me han valido para traer al presente algunos recuerdos que indirectamente ellos tratan en sus redacciones. Son artículos de Ángel González Pieras y de mi buen amigo José María López. Ambos, en el fondo, vienen a coincidir sobre aspectos humanos que tanto interesan, y más hoy que en estos difíciles e incluso extraños momentos, nos está tocando vivir. La solidaridad, la comprensión hacia los problemas de los demás, que muchos también son de cada uno de nosotros, están presentes en ambos escritos, y siempre, lo que es verdaderamente estimulante, con un sentido constructivo y esperanzador, con cuyas intenciones nos animan a los demás a mirar el futuro con firme confianza y esperanza.

Me impactan muy directamente estos contenidos porque me hacen rememorar vivencias aludidas en ellos, vivencias muy del pasado, de hace varias décadas, casi olvidadas pero que estas alusiones animan a reavivarlas y actualizarlas.

Allá por las también dolorosas épocas de la llamada “incivil” guerra nuestra, la carencia de alimentos no se debía al deseo de acumular ante un peligro próximo, que es lo que está ocurriendo ahora con las compras masivas en los grandes almacenes, sino que la escasez de alimentos, ropas, etc. provenían del aislamiento de poblaciones y provincias enteras sin distinguir si estaban bajo el dominio de unas u otras tropas. Por eso se impuso la cartilla de racionamiento (que recordaba Ángel González), hasta para el consumo de tabaco, que obligaba a seguir unas normas estrictas por la carencia de existencias. Entre esta carencia estaba la de receptores del único medio de comunicación de que entonces se disponía, la radio, receptores que estaban presentes en pocos hogares. Recuerdo haber manejado una llamada “radio-galena” que yo mismo preparaba, pero no los materiales que utilizaba para ello. Había que buscar pacientemente en una piedra especial la sintonía con la emisora local -que ya funcionaba- y escuchar a través de unos elementales auriculares, buscando continuamente la mejor posición para poder oír algo.

Muy malos aquellos años de guerra, y no digamos de la postguerra donde se acentuaban todos los problemas. Las madres tenían que “volver” las prendas de vestir para que pudieran seguir valiendo, los chicos jugábamos con tapones de botellines o simplemente con chapas, y se llenaban los bolsillos con bolas de mazarrón y, “los más pudientes”, con alguna de cristal; las niñas a sus juegos de comba y muñecos…aunque no faltaban las buenas carreras conjuntas de ellos y ellas jugando al escondite o al “rescate”.

Recuerdos que me han continuado con la lectura de los oportunos consejos de José María López, ante su experiencia vivida hace pocas semanas en Cuba. Una Cuba que, por lo que compruebo, sigue igual que hace muchos años, cuando la visité en un par de ocasiones, allá por el 1988 cuando –como ahora-“ya” se carecía de comestibles, de ropa, de pintura y de otros muchos objetos ante cuya carencia, también como ahora cuenta José María, las gentes no dejaban de mostrar su sonrisa ni olvidaban cantar. Apenas circulaban automóviles y los que eran particulares estaban autorizados por causa de la profesión de su propietario. Un cubano nos contaba que él tenía coche porque era mecánico, especialmente de chapuzas, pero muy necesario. Y con respecto a alimentación, decía; “Anoche salimos de cena mi mujer y yo”. Ante nuestro asombro, agregaba: “Pero, no creáis, no pudimos tomar nada más que arroz, porque no había otra cosa”.

Las estanterías de los comercios medio vacías, y solo en los destinados a los turistas, que pagaban en dólares, se permitía la entrada, prohibida a los cubanos. Un compañero precisaba tomar unas medicinas, porque su maleta no llegó, y en una furgoneta recorrimos toda La Habana para poder encontrar alguna que le sirviera, porque sólo existían en determinadas farmacias.

Gracias, pues, a ambos colaboradores citados, porque me han traído a la memoria recuerdos que impulsan a insistir en la necesidad de contar con la máxima colaboración entre todos para poder llegar a la mejor solución posible de los problemas comunes, que ahora encarnan, lamentablemente, la rápida dispersión del virus.