Pablo Martín Cantalejo – Desolación y desorientación

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No hay otro remedio, ante las circunstancias presentes, que volver a referirse al repelente virus, que nos está produciendo desolación y desorientación. Y una cosa creo que muchos tenemos clara: que este problema no nos va a dejar volver a la vida de antes y que, desgraciadamente, nos vamos a tener que ir acostumbrando a nuevas formas de comportarnos, de actuar, de trabajar, de practicar el ocio en casa y en el exterior. Incluyo, por supuesto, en estas alteraciones, ese deseo de todos de poder viajar, cerca o lejos, pero de poder disfrutar de unos días de descanso o aventura, según los gustos de cada uno. Hay algunos antropólogos que dicen lo contrario de esta opinión. Cada cual es libre a la hora de pensar.

Menciono la palabra desolación porque es lo que observamos, los que tenemos marcadas determinadas horas, dos matutinas y una vespertina, de “escape” del hogar, en esos momentos de nuestra “libertad”. La ciudad, en distintas zonas, se nos muestra como desértica, como si absolutamente nadie viviera en ella, y eso paseando por determinados espacios o contemplando el panorama desde lo alto del Postigo, por ejemplo. Contadas personas se cruzan con nosotros y, eso sí, obedientes por la edad, todas cumpliendo rigurosamente con lo mandado, guardando distancias y “luciendo” mascarillas, cuestión ésta que no suelen cumplir algunos transeúntes que parece que “pasan” de todo y que para ellos no cuenta la cosa, como si no pudieran contagiar ni ser contagiados. Claro que, a escala de “los de arriba”, no parece que haya mucho interés por los mayores, dado que ahora se quejan los representantes de las residencias de que no han sido convocados para participar en ese “Consejo de Reconstrucción económica y social”, del que se les ha olvidado por completo.

No puede extrañar que las autoridades tengan que ser a veces intransigentes y sancionar a los que no cumplan con unas normas que, estemos o no conformes, han de respetarse por el bien de todos.

Añadía también desorientación, porque aún no podemos imaginar por dónde vamos a tener que encaminarnos para tratar de normalizar nuestra vida futura, pues los mismos máximos dirigentes me dan la sensación de que aun “están en mantillas” sobre el tema. Tanto que ni siquiera, ante el impresionante número de fallecidos, han sido capaces de declarar luto nacional; y si las banderas ondean a media asta, es únicamente en los edificios dependientes de la Junta de Castilla y León.

Claro que, a la vista del análisis publicado en “El Mundo” el pasado día 10, no hay que extrañarse. Dice que en once discursos pronunciados por el presidente desde Moncloa, entre el 23 de marzo que anunció el estado de alarma y el 2 de mayo, cuando comunicó el comienzo de la “desescalada”, en un total de nueve horas y media y 69.682 palabras, en “su lenguaje bélico: sólo tres veces dijo muerte o muertos”.

Sin dejar de contabilizarse contagiados, víctimas y altas, lo cierto es que los asesores sanitarios han empezado a autorizar la “desescalada”, palabra que no figura todavía en el Diccionario de la RAE y que bien podría haber sido “lanzada” por el finado Paco Umbral, tan aficionado a incrementar las palabras de nuestra lengua. Claro que, al ir siendo cada vez más frecuente su uso día a día, es posible que pronto sea admitida en el diccionario, según declaraciones del ex director de la RAE, Darío Villanueva, porque es un neologismo “perfectamente construido y que se ajusta a lo que quiere decir” (lo contrario de escalada, que sí está admitida).

De lo que sí podemos estar todos seguros es de que, en adelante, la informática va a tener una influencia decisiva, y los móviles y tabletas de todo tipo van a tener que ser utilizados para infinidad de actuaciones, incluso, según dicen, para llegar a un bar y, acoplando una aplicación, aparecerá la carta de aperitivos y bebidas, marcándose en el móvil lo deseado…y a esperar a que nos los sirvan, cosa que también podría hacer un robot, pues ya en alguna cervecería sevillana se encarga de echar la cerveza y ponerla en manos del cliente, sin intervención de camareros.

Frente a todo esto, un problema de suma gravedad: el aumento del paro de forma alarmante y de las familias que tienen que acudir a centros de asistencia para recibir comida, dado que sus ahorros se van terminando y la dificultad para conseguir trabajo es cada día mayor. Sin olvidar a cuantos ya tienen que acudir a los Montes de Piedad para dejar alguna cosa de valor a cambio de un dinero que permita “ir mal tirando”. La solidaridad se estás haciendo efectiva de forma excepcional. Muchos vecinos acuden con alimentos a los almacenes de auxilio, y, como ejemplo, el presidente de una de las principales cadenas de alimentación ha renunciado a su sueldo en favor de los necesitados. A ver si los políticos, empezando por los de mayor rango, aprenden y también ellos siguen este ejemplo, cuestión no probable porque “una cosa es predicar y otra dar trigo”, sobre todo por parte de los que han ascendido más rápidamente en cargos y en ganancias. Aunque algunos dicen que sí dan algo de sus sueldos…Y es que en esta España nuestra la Justicia está casi paralizada, la industria a medio gas, el pequeño comercio, tan necesario, cerrado…eso sí, lo único que “funciona puntualmente” es la Agencia Tributaria.

Vamos, que todavía ni se puede adivinar lo que vamos a ver…y a sufrir y vivir.